Capítulo 3
Dejó la libreta donde la encontró y bajó las escaleras rumbo a la salida, como quien es espectador de su propia vida.
Todo le parecía lejano, pero al mismo tiempo, era como si entre la última vez que estuvo allí y este momento, no hubieran pasado veinticinco años. Qué fuerte y devastador era el tiempo.
¿Quién era la mujer con la que se había casado?¿Qué derecho tenía a juzgarla? Él había hecho cosas mucho peores. Antes de llegar a la puerta, miró sus manos y se detuvo un momento en sus pensamientos. No quería irse. Mientras dudaba, la puerta se abrió.
Intentó encontrar una salida, pero mientras buscaba, su mirada se cruzó con la de Laura.
Al mismo tiempo que ella giraba la cerradura y movía la puerta para adentrarse en su casa, se instauraba un silencio absoluto en el que solo se percibía el terror de Pablo al enfrentarse con su pasado y la mezcla de molestia y alivio de Laura al ver allí a la única persona que podía ayudarle a salvar a su hija.
La puja parecía ser sobre quién sería el primero en decir algo o en hacer algún movimiento. Pablo sabía que era un intruso y además estaba allí sin permiso. Laura, de alguna manera, lo estaba esperando, pero por más que pensó en qué decir, las palabras no salían de su boca.
Y, por puro instinto e inercia, Pablo caminó hacia Laura hasta quedar a solo unos centímetros de distancia. La miró a los ojos y se entregó a un abrazo que ninguno de los dos esperaba.
Las lágrimas comenzaron a brotar por las mejillas de Pablo sin que pudiera detenerlas. Ninguno de los dos quería separarse, pero ambos sabían que debían hablar antes de que Amalia llegara.
Cuando al fin se separaron, Pablo se enjugó las lágrimas y Laura se acomodó la blusa.
—Sé que tengo mucho que explicar, pero…
—Déjate de bobadas, Pablo.
Pablo se quedó atónito ante semejante respuesta. Esperaba que le reclamara, que al menos se molestara por haber entrado a la casa sin permiso.
—Sé lo que estás pensando —continuó Laura— y no tenemos tiempo para dramas de pareja ni reclamos inútiles. Te dejé el mensaje porque Amalia y yo necesitamos algo de ti, y como nunca te hemos pedido nada, creo que no puedes negarte.
Al menos ya no tenía dudas de quién había escrito su nombre en el cuerpo.
La voz de Laura se quebró cuando intentó continuar. Tomó aire y lo soltó muy despacio, como dándose valor para hacer lo que debía.
—Como no hay una forma fácil de decirlo, lo voy a hacer y punto. Creo que nuestra hija mató a su novio, la maltrataba.
Pablo se quedó atónito. Se negaba a creer que su pequeña…
—¿Y por qué estás tan segura de eso?
—Desde hace meses sospechaba lo que estaba pasando y estaba dispuesta a hacerlo yo misma.
Ese hombre es toda una joya. Además, no ha sido la única mujer con la que se ha sobrepasado.
Hace unos días Amalia terminó la relación y tuve la esperanza de que todo se resolviera, que Esteban se alejara y ella siguiera con su vida.
Pero hace dos días el tipo no hizo sino llamarla.
Tuvo el descaro de hablar conmigo como si fuéramos amigos.
Busqué a Amalia donde estaba, sí, la he estado siguiendo, pero solo para asegurarme de que estuviera bien.
Vi cómo rechazaba una y otra vez sus llamadas mientras estaba con su amiga, hasta que, de la nada, no sé por qué, contestó, se despidió y se fue.
Yo ya la había notado extraña. Salía todos los días hasta tarde, estaba más silenciosa que nunca y parecía concentrada en algo.
Me enfoqué tanto en que Esteban se alejara que no me preocupé por cómo estaba ella ni por lo que pasaba por su mente.
Cuando la seguí hasta esa casa abandonada y la vi con Victoria, supe que entre las dos habían planeado algo para deshacerse de Esteban.
Lo que encontré allí no pudo haber sido obra de una sola persona, y mucho menos algo impulsivo.
Llevaban meses planeándolo. Primero estaban Victoria y Esteban solos.
Luego llegó Amalia. Se bajó del carro como si fuera al supermercado, entró, y pasaron varios minutos antes de que Victoria saliera.
Amalia se quedó sola con Esteban. No sé cuánto tiempo, pero sí el suficiente para matarlo.
Después la vi salir con la misma tranquilidad con la que había llegado, y supe que tenía que hacer algo para evitar que pasara el resto de su vida en la cárcel.
Todo estaba tan impecable, tan perfecto, que lo único que se me ocurrió fue tomar el labial que siempre llevo en el bolso y escribir tu nombre.
Pablo, por favor. Solo te pido que hagas algo por nuestra hija. Sálvala.
—¿Has hablado con ella?
—No viene a la casa desde hace dos días. La llamé, pero no contestó. Lo único que recibí fue un mensaje diciéndome que necesitaba tiempo para estar sola y pensar las cosas. —No saquemos conclusiones apresuradas. Vamos a buscarla.
—¿Qué más pruebas necesitas? La vi en el lugar. La vi salir de allí minutos después de que asesinaran a Esteban.
Pablo soltó el aire, como señal de que se daba por vencido, y recordó aquel día, en esa misma sala, cuando se encontraba con Laura organizando las últimas compras para el cuarto de la bebé. Entonces sintió su llamado y escuchó su voz:
—Ya es hora, Pablo, ya viene.
Su corazón se desbocó y, aunque lo habían hablado cientos de veces, todo lo que iban a hacer cuando llegara el momento se le olvidó. No sabía para dónde coger. Fue Laura quien empezó a guiarlo paso a paso:
—Ve por la maleta que está en el cuarto. Las llaves del carro están sobre la mesa del pasillo. Llama al hospital para avisar que vamos en camino. No olvides…
El parto de Amalia fue rápido. Cuando el médico la examinó, sonrió.
—Ya está en nueve. Este bebé no quiere esperar más.
Pablo apenas entendía lo que ocurría a su alrededor.
Solo recordaba la mano de Laura apretando la suya cada vez que llegaba una contracción.
Y luego…, un llanto que pareció detener el tiempo.
La enfermera se acercó y le puso a la bebé entre los brazos.
Era tan pequeña que sintió miedo de sostenerla.
La miró durante unos segundos, incapaz de apartar la vista. Sus dedos eran apenas del tamaño de la punta de los suyos y en ese instante comprendió que haría cualquier cosa por protegerla.
—Hay algo que no encaja; acabas de decirlo sin darte cuenta.
Laura levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Esto no pudo ser un asesinato planeado de un día para otro —guardó silencio unos segundos—. ¿Cuánto tiempo estuvo Esteban con Amalia?
Laura intentó recordar.
—No estoy segura..., unos seis, ocho meses.
Pablo asintió despacio.
—Exacto —la miró fijamente—. Antes de eso, Amalia no conocía ni a Esteban ni a Victoria.
—Que yo sepa, no. Aunque... Tampoco puedo decir que haya sido la madre más presente en su vida.
Pablo se acercó despacio y le apoyó una mano en la espalda.
—Ninguno de los dos ha sido el padre que Amalia necesitaba —esperó un instante antes de continuar—, pero algo me dice que nuestra hija no empezó esta historia. Solo tenemos que demostrarlo.