Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 1
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Capítulo 1

Pablo pasó la hoja con cuidado. La primera fotografía mostraba la fachada de una casa familiar al final de una calle estrecha. Las ventanas habían estallado. El techo estaba hundido en varios puntos y las paredes, ennegrecidas, parecían que se derrumbarían en cualquier momento.

En la siguiente imagen, los bomberos trabajaban entre humo y escombros. Detrás de la cinta de seguridad, varios vecinos observaban en silencio. Algunos tenían las manos sobre la boca. Otros miraban con esa mezcla de horror y curiosidad que suele aparecer frente a una tragedia ajena.

Pablo siguió revisando. El interior de la casa estaba ennegrecido. Los pasillos cubiertos de ceniza, una habitación reducida a vigas quemadas, un colchón convertido en una estructura de resortes retorcidos.

Después apareció la fotografía del dormitorio principal. Pablo se detuvo en la imagen que mostraba dos cuerpos sobre la cama, un hombre y una mujer, abrazados, carbonizados hasta volverse irreconocibles.

Pasó la página. La siguiente fotografía mostraba a un joven sentado en la parte trasera de una ambulancia. Tenía una manta sobre los hombros y una mascarilla de oxígeno que le cubría la mitad del rostro. Quince años, sin lesiones graves.

Pablo acercó la imagen y el muchacho miraba fijamente la casa en llamas.

Se detuvo en su expresión, no tenía lágrimas, no parecía confundido y tampoco asustado.

Volvió a mirar la fotografía anterior y luego regresó al rostro del joven. Parecía que tenía una leve sonrisa, casi imperceptible.

Dejó el expediente a un lado y tomó el siguiente. Código Violeta 08745. Camila Fuentes. Abrió la carpeta y cada fotografía parecía más impactante que la anterior. Un labio partido, doce puntos en la ceja derecha, el torso cubierto de hematomas, el costado inflamado y tres costillas fracturadas.

En una de las imágenes, la sangre deformaba tanto el contorno de su oreja que Pablo no pudo distinguir si la lesión era superficial o si había perdido parte de ella.

Pasó varias hojas hasta llegar a las fotografías del agresor. Al verlas quedó anonadado. Era el mismo joven del incendio, un poco mayor, con los rasgos más definidos y la mirada más clara, pero con la misma expresión. Una leve sonrisa que parecía de satisfacción.

Pablo cerró la carpeta durante unos segundos, apoyó ambas manos sobre el escritorio y respiró hondo. Después abrió el siguiente expediente.

Pasaba y pasaba las imágenes mientras sus manos le temblaban. No lo podía creer, ahí estaba, su pequeña Amalia en los brazos del hombre que… Amalia y Esteban sonriendo, él con el mismo gesto, la misma sonrisa de satisfacción. El mismo hombre del incendio y del caso de Camila Fuentes.

Pablo cerró los ojos e intentó recordar la última vez que había visto a su hija, y no pudo verla con claridad. El día que abandonó su hogar, Amalia estaba dormida. Los ojos se le aguaron y cada extremidad de su cuerpo fue atravesada por un dolor intenso.

No estuvo para cuidarla y ahora su nombre aparecía en una escena de muerte, escrito con el labial de su madre.

El labial. Volvió a mirar la fotografía de Amalia y después la de Esteban.

—¿Encontraste algo interesante en el caso de Esteban Cardona?

La voz de Sofía lo hizo volver al presente. Pablo cerró el expediente de golpe. Ella se detuvo frente al escritorio.

—¿Pablo?

Él levantó la mirada. Sofía no dijo nada más. Hacía años que no veía ese destello e interés en él y por unos segundos, pudo recordar al hombre que había conocido antes de que la vida terminara de quebrarlo.

Pablo tragó saliva.

—Necesito tu ayuda.

Sofía no supo qué responder por unos instantes, pero enseguida asintió.

—Lo que sea.

Pablo sostuvo su mirada.

—¿Incluso si implica mentir?

La sonrisa leve que había empezado a formarse en el rostro de Sofía desapareció.

—¿Mentir sobre qué?

Pablo bajó la vista hacia el expediente cerrado. Sus dedos seguían apoyados sobre la carpeta.

—Sobre lo que acabo de encontrar.

Sofía miró la carpeta y luego volvió a mirarlo a él.

—Pablo...

Él la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.

—Mi hija fue la última pareja de Esteban Cardona.

—¿Amalia?

Pablo asintió. La voz le salió más baja.

—Y creo que intentó comunicarse conmigo.

Pablo abrió de nuevo la carpeta y giró una de las fotografías hacia ella. Amalia apareció en la imagen.

—¿Qué necesitas que haga?

Pablo respiró hondo.

—Que me ayudes a descubrir la verdad antes de que alguien más entienda por qué mi nombre apareció en ese cuerpo.

—Por ahora solo sabemos una cosa —dijo ella mientras volvía a mirar las fotografías—. No sabemos si ese mensaje lo escribió Amalia. Ni siquiera sabemos si está involucrada.

—Eso mismo pienso.

Sofía cerró la carpeta.

—Entonces vamos a hablar con ellas.

Se puso de pie, pero Pablo no se movió.

—¿Qué pasa?

Él respiró hondo.

—No.

—¿No qué?

—Todavía no.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué estamos esperando? Si Laura o Amalia saben algo, nos lo dirán. Es mucho más fácil hacer una llamada que intentar resolver un acertijo escrito con un labial.

Pablo bajó la mirada. Sus dedos empezaron a jugar con el borde del expediente y durante unos segundos fue incapaz de hablar. Cuando por fin lo hizo, apenas levantó la voz.

—Hace veinticinco años que no hablo con ellas.

—¿Veinticinco años?