Capítulo 8
Así pasaron los días y las semanas, hasta que una tarde llamaron a mi puerta.
Cuando abrí, estaba ella frente a mí. O, al menos, el cuerpo y el rostro que recordaba.
Su mirada, en cambio, era completamente distinta.
También la forma de hablar, de caminar, de sostenerse frente a mí.
Sentí que estaba mirando a una mujer que ya no conocía.
Aun así, decidí irme con ella sin preguntar a dónde. Tenía la certeza de que cualquier cosa que ocurriera estaría bien. Al final no fui un gran hombre.