Capítulo 7
Tres días después de lo ocurrido en el restaurante, la invité al cine. Quedamos en que la recogería afuera de su trabajo y pasaríamos una noche agradable, solo los dos. Ya me imaginaba durmiendo en su casa, haciendo el amor y despertando juntos al día siguiente.
Llegué quince minutos antes. Apagué el motor y me quedé esperándola frente al edificio. Cinco minutos antes de la hora acordada sonó el celular. “Mi jefe acaba de pedirme una osa de última hora. Voy a demorarme un poco”.
Cuando por fin apareció, venía corriendo. Abrió la puerta del carro.
—Perdón, no pude salir antes.
Arranqué sin responder mientras ella seguía hablando. No quería gritarle y conté hasta diez pero no funcionó. Dejé de prestar atención a la conversación y en un momento le dije:
—Bájate.
Abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Bájate del carro.
Intentó decir algo más.
—No. Por favor.
No quería escuchar nada más porque sabía que, si seguía ahí un minuto más, terminaría perdiendo el control.
Esperé hasta que cerró la puerta y después arranqué.
Todo el camino hasta mi casa fui convencido de que había hecho lo correcto.
Esa noche, después de pedirle que se bajara del carro y seguir solo hacia mi casa, entré en razón.
Compré flores y fui a esperarla a la entrada de su edificio para pedirle disculpas.
En el fondo sabía que ella tenía razón, pero me costaba aceptarlo.
Días después, al sentir que me ocultaba algo, la golpeé con tal fuerza que todavía hoy puedo recordar el dolor en mis puños apretados al impactar su vientre y su rostro.
En esos momentos estaba tan lleno de rabia que no reaccionaba con empatía.
Nada ni nadie me importaba. Solo necesitaba expulsar la furia que llevaba dentro, una furia que me anulaba por completo y me impedía pensar en las consecuencias.
Llegó un día en que ya no pude sostener las dos facetas que convivían en mí: el hombre amoroso y dedicado que quería estar bien con ella, y el ser violento y repugnante que no toleraba el más mínimo cambio y descargaba toda su furia.
Entonces le dije que no podía más, que no quería ni podía seguir con la relación.
Necesitaba tiempo, ayuda, resolver lo que pasaba en mi cabeza.
No quería seguir haciéndole daño, ni a ella ni a nadie más, ni a mí mismo.
La alejé de una forma definitiva, sin posibilidad de retorno, perdón u olvido. Quise ser tan contundente como un torero que, después de una faena larga de sudor y sangre, da la estocada final. Tenía que ser la muerte absoluta de nuestra historia.
Y así fue…, o al menos eso fue lo que creí.