Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 6
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Capítulo 6

Después de Camila salí con otras mujeres. Karla, Jenifer, Lina, pero nunca duró demasiado. Nos conocíamos, salíamos un par de veces, hablábamos durante horas y, cuando sentía la suficiente confianza, terminábamos en la cama. Algunas noches mi cuerpo respondía, pero otras no.

Cuando ocurría, me disculpaba.

—No tiene que ver contigo.

Ellas casi siempre sonreían.

—Tranquilo.

Y yo hacía todo lo posible para que la noche no terminara ahí.

Llevaba poco más de un mes saliendo con Lina cuando Tatiana me invitó a su cumpleaños.

Llegué tarde al restaurante y ya todos los asientos estaban ocupados a excepción de uno en el que me senté. Fue entonces cuando conocí a Amalia.

No hizo nada extraordinario ni llevaba el vestido más llamativo, pero me llamó la atención que parecía incómoda.

—¿Me pasas el agua?

La tomó sin mirarme y la dejó frente a mí.

—Gracias.

Asintió con la cabeza. Seguía evitando mis ojos. No sabía si era timidez o desinterés, pero decidí averiguarlo.

—¿Cómo conoces a Tatiana?

Esta vez levantó la mirada y se quedó observándome.

Por un momento pensé que no había escuchado la pregunta, pero después sonrió, como si acabara de despertar.

La conversación empezó ahí y no volvió a detenerse. Cuando la reunión terminó, Tatiana me pidió que la acompañara hasta el carro que iba a recogerla porque había bebido demasiado y cuando regresé Amalia ya no estaba.

Sentí una frustración absurda. Después de Camila, era la primera mujer que despertaba mi curiosidad, pero no quería pedirle el número a Tatiana, así que decidí buscarla por mi cuenta.

Entré al perfil de nuestra amiga en común, revisé sus fotografías, comentarios, personas etiquetadas, hasta que apareció: Amalia Torres.

Sonreí y le envié un mensaje.

Pasó una semana sin que respondiera y cuando pensé que me había equivocado, apareció la notificación.

“Hola. Perdón por responder tan tarde. No había visto tu mensaje”.

Años después nos reiríamos de aquello. Mi mensaje había quedado atrapado entre las solicitudes y no llegó a su bandeja de entrada, pero esa noche ninguno de los dos lo sabía. Solo empezamos a hablar y ya no paramos.

Con Amalia el tiempo desaparecía. Podíamos pasar horas hablando sin darnos cuenta de que ya era de madrugada. A veces la llamaba para saludarla y terminábamos despidiéndonos cuando ya estaba amaneciendo.

Nunca me había ocurrido algo parecido. Con Camila todo había llegado poco a poco, pero con Amalia sentía que estaba lista desde el primer día.

Una tarde, mientras caminábamos por un parque, decidí decírselo.

—Yo no estoy buscando pasar el rato.

Ella sonrió.

—¿Ah, no?

Negué con la cabeza.

—Quiero una relación de verdad.

Se quedó mirándome.

Esperé alguna excusa. Alguna señal de que estaba yendo demasiado rápido. En cambio, soltó una risa que tomé como un sí y seguí adelante.

Hasta aquella noche en el restaurante. Le estaba contando algo del trabajo cuando noté que su atención se había ido hacia otra mesa. La llamé por su nombre, pero no respondió. Seguía mirando hacia el mismo lugar. Respiré hondo, me levanté y me fui. No grité ni golpeé nada ni la toqué.

Mientras manejaba hacia mi casa, me repetía una y otra vez que había hecho lo correcto. Había preferido marcharme antes que perder el control y me sentí orgulloso.

No imaginaba que aquello apenas era el comienzo, porque la fiera no había desaparecido, solo había aprendido a esperar un poco más antes de salir.