Capítulo 5
El tiempo pasó sin que yo cambiara realmente. Tomaba la medicación, iba al psiquiatra, prometía controlar mis reacciones, y cada vez que lograba pasar unas semanas sin discutir, me convencía de que el problema ya estaba resuelto, pero no lo estaba.
Un sábado, antes de ir al cumpleaños de mi hermana, pasé a visitar a Camila. Estaría en su casa con ella hasta las cinco de la tarde y luego me iría a estar con mi familia. Pedimos algo de comer, nos recostamos a ver una serie.
—Ya casi son las cinco.
Asentí.
No me moví.
Cinco minutos después volvió a decirlo.
—Deberías irte.
La miré.
—¿Tanta prisa tienes por echarme?
Sonrió.
—No seas bobo. Es el cumpleaños de tu hermana.
Seguimos viendo la serie.
Entonces empezó a sonar su celular.
No respondía, solo miraba la pantalla y la dejaba boca abajo sobre la mesa.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí.
No le creí. Esperé unos minutos y después dije, con la mayor naturalidad posible:
—Préstame tu celular un momento. El mío no tiene señal y necesito llamar a mi papá para avisarle que voy un poco tarde.
Dudó por un segundo, pero después me lo entregó.
Estaba desbloqueado y fingí que marcaba un número.
—¿Me regalas un vaso de agua?
Ella se levantó.
Mientras caminaba hacia la cocina, seguí hablando con un padre que nunca estuvo al otro lado de la línea. Apenas desapareció por el pasillo, bajé el teléfono y abrí los mensajes.
Encontré diez notificaciones, todas del mismo contacto. Abrí la conversación y el último mensaje decía:— ¿A qué hora paso por ti?
Deslicé el dedo hacia arriba.
—¿Ya terminaron?
—Todavía no puedo.
—¿Por qué sigues con él?
Tardó varias horas en responder.
—Porque no soy capaz de dejarlo solo.
Más abajo había otro.
—Camila, llevas meses diciendo lo mismo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué estás esperando?
La respuesta apareció unos segundos después.
—Que cambie.
Seguí leyendo.
—¿Todavía lo amas?
Ella tardó en contestar.
—Sí... pero también tengo miedo.
Otro mensaje.
—No tienes por qué vivir así.
—Estoy cansada, Carlos.
—Entonces sal de ahí.
Leí la última respuesta varias veces.
—No es tan fácil. Me siento atrapada.
Guardé su celular y el mío en el primer cajón que encontré. Salí de la habitación. Ella venía de la cocina con el vaso de agua. Nos detuvimos frente a frente. No hizo falta que dijera una sola palabra porque cuando miró mis manos entendió.
El vaso resbaló entre sus dedos y estalló contra el piso. Durante un segundo el tiempo se detuvo. Después ella dio media vuelta y corrió hacia la puerta. La alcancé antes de que pudiera abrirla. La sujeté del cabello. El impulso la hizo caer de rodillas.
—¡Suéltame!
Tiré con más fuerza.
—¿Quién es Carlos?
No respondió.
Intentó soltarse.
Le di la vuelta para que me mirara.
—¡Respóndeme!
Lloraba.
—¡No significa lo que piensas!
Sentí que la rabia volvía a apoderarse de mí. Le di una bofetada.
Intentó cubrirse la cara y yo seguía preguntándole lo mismo una y otra vez.
—¿Quién es?
—¡Suéltame!
—¡¿Desde cuándo?!
No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché unos golpes en la puerta.
—¡Policía!
Todo quedó en silencio unos instantes. Miré alrededor. Camila seguía en el piso. Tenía sangre en un brazo y en la frente. Fue entonces cuando vi los vidrios del vaso esparcidos por toda la sala.
No pensé. Simplemente pasé una pierna por encima de la baranda y después la otra. Escuché a Camila abrir la puerta y a un policía llamarme por mi nombre.
No miré. Solo repetía una y otra vez que, si no podía estar con Camila, no quería seguir viviendo.
Estábamos en el décimo piso y abajo empezaron a reunirse personas.
Llegaron los bomberos, una ambulancia y más policías de una unidad especializada en negociación.
Todos me hablaban al mismo tiempo, pero no escuchaba a nadie.
Hasta que apareció un hombre y me habló como si me estuviera saludando en la calle. No me dijo chorradas de que pensara en mi familia o que la vida era hermosa.
Apoyó los brazos sobre la baranda, a varios metros de mí.
—¿De qué equipo sos?
Lo miré confundido.
—¿Qué?
—Que cuál equipo te gusta.
No respondí.
Él sonrió.
—Espero que no me digas que no te gusta el fútbol, porque ahí sí no sé cómo ayudarte.
Fue la primera vez que estuve a punto de reírme esa noche. Empezó a hablarme de música, películas, libros. Solo conversó conmigo.
En algún momento dijo:
—Sea lo que sea que esté pasando..., también va a pasar.
Esa frase consiguió atravesar todo el ruido que llevaba dentro.
Lo miré. Él extendió la mano.
—Volvé.
Esta vez sí la tomé.
Me pusieron un arnés. Me ayudaron a pasar al otro lado y bajé escoltado por la policía.
No vi a Camila pero tampoco la busqué. Días después supe que la ambulancia se la había llevado apenas salí del balcón.
Los vidrios del vaso le habían abierto el brazo y la frente. Necesitó varios puntos de sutura.
Nunca volvió a buscarme y yo tampoco insistí. Si seguíamos juntos, alguno de los dos iba a terminar muerto.