Capítulo 4
Con Camila discutía cada vez más y con mi padre apenas podía cruzar un par de palabras sin terminar molesto. Con mis hermanas vivía distante, como si compartiéramos la misma casa, pero no la misma vida. Tampoco lograba encontrar mi lugar en ninguna parte.
Entré a estudiar ingeniería, pero en el tercer semestre descubrí que no era lo mío. Después veterinaria, luego antropología y finalmente arquitectura. Cada vez estaba convencido de haber encontrado, por fin, lo que quería hacer para que unos meses más tarde todo volviera a perder sentido.
Lo mismo me ocurría con el trabajo. Me aburría; no conseguía quedarme más que unos pocos meses; me desesperaba. Siempre encontraba una razón para irme. Por fuera, nadie parecía notarlo.
Una noche salimos con unos amigos y Camila estaba especialmente feliz. En algún momento se inclinó hacia mí.
—Voy al baño.
Le sonreí.
—No te demores.
Ella se alejó entre la gente.
Casi al mismo tiempo, uno de los hombres que estaba con nosotros también se levantó.
No le di importancia y seguí bailando. Los primeros minutos pasaron rápido, pero después miré el reloj. Cinco minutos, luego ocho, después diez. Camila no volvía y tampoco él. Intenté seguir la conversación, pero no pude porque en mi cabeza ya se había instalado otra idea. Los imaginé juntos.
Me levanté.
—Ahora vuelvo.
Nadie preguntó nada. Fui primero al baño de mujeres y abrí la puerta sin avisar. Escuché varios gritos.
—¡Oiga!
—¡Está loco!
No me importó. Caminé hasta el fondo mirando debajo de cada puerta. Ninguno de aquellos zapatos eran los de Camila. Luego salí y pregunté por ella, pero nadie la había visto.
Entré al baño de hombres. Empujé una puerta tras otra y no encontré nada.
Entonces la vi. Estaba sentada, con una copa en la mano y sonriendo. Los demás seguían conversando como si nada hubiera pasado. Me acerqué y le tomé el brazo.
—Nos vamos.
Su sonrisa desapareció y me miró confundida, pero no dijo nada. Se despidió rápidamente de todos y salió detrás de mí. Durante el camino ninguno habló. Ella miraba por la ventana.
Cuando llegamos al apartamento, dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Qué pasó?
La miré.
—¿De verdad me lo preguntas?
—Sí.
—¿Dónde estabas?
—En el baño.
—¿Diez minutos?
—Había fila.
Me reí con sarcasmo.
—Claro.
Guardó silencio.
—¿Y él?
Me miró sin entender.
—¿Quién?
—No te hagas.
Suspiró.
—Esteban, no sé de qué estás hablando.
—Salieron al mismo tiempo.
—Porque él también fue al baño.
—¿Y tengo que creerme eso?
Ella dio un paso hacia mí.
—Es la verdad.
Levanté la voz.
—¡No me mientas!
Ella también levantó la suya por primera vez.
—¡No te estoy mintiendo!
Después...
Es como si alguien apagara la luz dentro de mi cabeza. No recuerdo el primer golpe ni el segundo. Solo recuerdo volver a verla sentada en el piso, con las manos apoyadas detrás del cuerpo.
Respiraba con dificultad y lloraba. No entendía cómo habíamos llegado hasta ahí.
Di un paso para acercarme. Ella retrocedió.
—No.
Solo dijo eso, como si yo fuera un desconocido.
Me pasé las manos por la cara.
—Camila...
No respondió.
—Perdóname.
Tampoco respondió.
Me senté frente a ella sin saber qué más hacer.
Por primera vez pensé que aquello no podía seguir ocurriendo, no porque sintiera culpa sino porque empezaba a tener miedo de perderla.
Esa vez no contestó mis llamadas ni respondió mis mensajes.
Seguí escribiéndole. “¿Cómo estás?”. Otras veces, mensajes larguísimos explicándole que yo tampoco entendía qué me ocurría, pero la respuesta fue la misma…, silencio.
Fue entonces cuando decidí buscar ayuda. Gracias al trabajo de mi padre tenía acceso a muy buenos especialistas. El primero fue un psiquiatra. Recuerdo que su consultorio olía a café. Me hizo muchas preguntas sobre mi infancia, mi familia, mis relaciones y mis cambios de ánimo.
Durante la segunda cita cerró la carpeta, se quitó las gafas y dijo:
—Lo que tienes es un trastorno límite de la personalidad —esperé a que siguiera—. También veo síntomas compatibles con un déficit de atención que probablemente viene desde que eras niño.
No entendí casi nada.
Solo pregunté:
—¿Tiene tratamiento?
—Sí.
Salí de allí con una bolsa llena de medicamentos y un destello de esperanza al pensar que si había un diagnóstico, entonces también podía haber una solución.
A los pocos días pedí cita con un neurólogo; me hicieron exámenes y todos salieron normales.
Seis semanas después fui hasta la casa de Camila sin avisar. Toqué la puerta y cuando abrió, vi sus ojos cansados, como si hubiera llorado durante muchos días.
—Solo quiero hablar.
No respondió.
—Por favor.
Nos sentamos en la sala.
Durante varios minutos ninguno dijo una palabra.
Saqué del bolsillo una de las fórmulas médicas y la puse sobre la mesa.
—Estoy yendo al psiquiatra.
Ella bajó la mirada.
—Me diagnosticaron y estoy tomando medicamentos.
Seguía sin decir nada.
—No quiero seguir haciéndote daño.
Esta vez mi voz se quebró.
—De verdad quiero cambiar.
Vi cómo sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.
—Lo estoy intentando, Camila.
Le mostré la historia clínica, las recomendaciones de los médicos, las citas, todo.
—No quiero perder la familia que siempre imaginamos.
Ella se llevó las manos a la cara. Cuando volvió a mirarme, respiró hondo.
—No sé si puedo volver a confiar en ti.
—Dame una oportunidad.
Se quedó en silencio unos instantes y después asintió muy despacio.
—Una última vez.
Salí de su casa convencido de que ahora sí todo iba a cambiar. Había encontrado una explicación, o tal vez una justificación.