Capítulo 3
Durante años fui de esos que decían: no me arrepiento de nada. Hoy me parece una frase cómoda, que se repite cuando descubrimos, demasiado tarde, que sí existía otra manera de hacer las cosas.
Los primeros años con Camila coincidieron con los primeros años sin mi madre. Llegar a la casa dejó de ser un alivio. Abría la puerta y todo seguía en el mismo lugar: los muebles, los cuadros, el reloj del comedor, solo que ella faltaba y nadie me preguntaba cómo me había ido o me abrazaba.
Mi padre llegaba tarde, dejaba las llaves sobre la mesa y preguntaba si ya habíamos hecho las tareas o si había que pagar algún recibo. Después se encerraba en el estudio.
Mis hermanas hacían lo mismo. Cada uno sobrevivía por su cuenta. Lo curioso es que nunca nos faltó nada. Estudiamos en buenos colegios. Tuvimos clases de música, deporte, idiomas. Entramos a la universidad que quisimos.
Un día le escribí a Camila sin ningún plan o intención, solo quería saber cómo estaba. Después de casi un año de haber terminado, ella, como siempre, me respondió con amabilidad. Le alegró saber de mí.
Como si el tiempo no hubiera pasado, empezamos hablando de trabajo, después de nuestras familias, luego de cualquier cosa, hasta que un día nos vimos, recordamos anécdotas absurdas y cuando terminó la noche estábamos otra vez en su apartamento.
Dormimos juntos y a la mañana siguiente preparó café mientras yo buscaba algo para ponerme como si nunca nos hubiéramos separado.
Toda la calma se terminó una tarde que fuimos al supermercado. Llevábamos el carrito casi lleno cuando vi que Camila cambiaba de dirección de repente y con nerviosismo. Quiso mirar hacia otro pasillo, pero ya era tarde. Un muchacho ya venía caminando hacia nosotros.
—¡Cami!
Ella sonrió con desagrado.
—Hola...
Se acercó.
Después me miró.
—¿Y él?
—Mi novio.
Nos dimos la mano.
Ambos apretamos las manos más de la cuenta y nos saludamos con una sonrisa forzada.
Cuando se fue, seguimos caminando y esperé unos minutos antes de preguntar.
—¿Quién era?
Camila siguió empujando el carrito.
—Salimos unos meses.
—¿Cuándo?
—Cuando terminamos.
No dije nada más.
Terminamos las compras, pagamos y cargamos las bolsas, en silencio.
Apenas cerró la puerta del apartamento, dejé las bolsas sobre la cocina.
—¿Así que saliste con otro?
Ella respiró profundo.
—Sí.
—¿Y cuánto tardaste?
—Esteban...
—¿Una semana?
—No hagas esto.
—¿Un mes?
Ella cerró los ojos.
—Habíamos terminado.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—¿Eso fue suficiente para olvidarte de mí?
—No me olvidé de ti.
—Pues no lo parece.
Su voz empezó a quebrarse.
—Estaba intentando seguir con mi vida.
¿Seguir con su vida? ¿Y yo qué había hecho durante todo ese tiempo? Pensar en ella, imaginar que algún día volveríamos.
Empecé a gritar y ella a llorar.
Y, como ya me había pasado otras veces, mientras más lloraba, más sentía que nadie estaba entendiendo el tamaño de lo que me habían hecho.
Tomé las llaves, abrí la puerta y las bolsas quedaron regadas por la cocina.
Escuché cómo me llamaba varias veces mientras bajaba las escaleras, pero no me detuve.
Esa misma noche empezó a escribirme. “No quería hacerte daño”. “Pensé que nunca volveríamos”. “Necesitaba seguir adelante”.
Leí cada mensaje una y otra vez, si necesitó a otro para dejar de pensar en mí… ¿Qué hacía conmigo otra vez?