Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 2
67%

Capítulo 2

Conocí a Camila unas semanas después. Mi papá contrató a una mujer para ayudarnos con la casa, pero eso no cambió demasiado las cosas. Había alguien que limpiaba, cocinaba y lavaba la ropa, sí. Pero todo lo demás parecía haber quedado en mis manos.

“Esteban, dile a tus hermanas que apaguen la televisión”. “Esteban, acuérdate del recibo”. “Esteban, mira si falta algo en la cocina”. “Esteban, acompáñame”.

Nadie me preguntó si quería ocupar ese lugar o si me sentía bien.

Yo quería jugar fútbol, salir con mis amigos, pensar en la universidad, estar con mujeres sin sentir que al volver a casa me esperaba una lista de responsabilidades que no me correspondían.

Pero mi padre había decidido que, por ser el mayor y el único hombre, debía estar a la altura. Empecé a molestarme cuando escuchaba su voz o incluso solo con estar en la casa.

Camila apareció en esa época y yo la vi como una salvación. Era una chica que sonreía con facilidad y hablaba rápido cuando se emocionaba. Unos amigos me la presentaron en un concierto.

La primera vez que fui a su casa, sentí algo que hacía semanas no sentía en la mía: tranquilidad.

Camila vivía con su hermana mayor. Sus padres estaban en otra ciudad y las habían enviado juntas a estudiar a la universidad.

Apenas se llevaban dos años, pero Julia parecía mucho más adulta.

No preguntaba demasiado y no tenía ningún problema si yo me quedaba a dormir, solo asomaba la cabeza por la puerta antes de apagar las luces del pasillo.

—Ustedes saben que hay que cuidarse, ¿cierto?

Camila se reía.

—Ay, Julia.

—No me digan “ay, Julia”. Piensen bien las cosas. No quiero sobrinos improvisados.

Después cerraba la puerta y nos dejaba solos.

Camila parecía ideal para tener una familia. Había cosas de ella que me gustaban mucho. Su manera de hablarle a la gente, su facilidad para hacer amigos, la forma en que caminaba y movía su cuerpo, pero eso mismo fue lo que empezó a molestarme después.

Si salíamos con amigos, ella podía pasar media hora conversando con alguien sin mirar hacia donde yo estaba. Yo la observaba desde el otro lado de la mesa esperando que se diera cuenta y no lo hacía.

Entonces me acercaba, le ponía la mano en la espalda y le preguntaba en voz baja:

—¿Todo bien?

Ella sonreía.

—Sí, ¿por qué?

¿Por qué? Porque estábamos juntos, yo estaba ahí y no entendía qué sentido tenía salir conmigo si iba a comportarse como si no existiera.

Al principio intenté decírselo con calma.

—Cuando salgamos, me gustaría que estuvieras más pendiente de mí.

Ella fruncía el ceño.

—Pero si estoy contigo.

—No como yo necesito.

—Esteban, estaba hablando con tus amigos.

—Precisamente.

Nunca entendía o no quería entender.

Después vino lo del trabajo. Camila llevaba semanas diciendo que estaba cansada del lugar donde trabajaba. Yo la escuchaba, le hacía preguntas, intentaba aconsejarla.

Un día llegó feliz. Dejó el bolso sobre la cama y me dijo:

—Tengo un nuevo trabajo.

La miré.

—¿Cuál trabajo?

—El que te conté. Empiezo en dos semanas.

Apreté las manos y me tragué el malestar. No se trataba de que quisiera que le fuera mal, pero cambiar de trabajo sin hablarlo conmigo ni preguntarme si estaba de acuerdo.

—¿Y cuándo ibas a hablar conmigo?

Su sonrisa desapareció.

—Te estoy contando ahora.

—No. Me estás avisando.

—Esteban, es mi trabajo.

—Pero soy tu novio.

Ella suspiró.

La discusión empezó ahí. No sé cuánto duró, pero cada frase suya me parecía peor que la anterior.

Que exageraba, que no era para tanto, que yo no podía decidir por ella.

Hay un espacio en blanco en mi memoria. Después la vi en el piso. Tenía una mano sobre la boca y un hilo de sangre le bajaba por la barbilla.

Durante unos segundos no entendí qué había pasado, pero luego vi mi mano y entendí que la había golpeado.

Camila me miraba como si no me reconociera. Eso fue lo que más me molestó en ese momento. Me pareció injusto que me mirara así después de haberme llevado hasta ese punto.

Me acerqué. Ella retrocedió.

—No me toques.

En mi cabeza todavía había rabia, pero también algo distinto, como cuando uno rompe algo valioso y no sabe si todavía puede arreglarlo.

—Perdón —dije.

La palabra salió seca.

Ella siguió llorando.

—Camila, perdón. Hablemos.

Podía estar molesto, podía sentir que ella me había faltado al respeto, podía pensar que no había entendido nada de lo que necesitaba, pero no quería que se fuera.

Así que hice lo que me pareció más razonable. Le pedí disculpas y prometí que no volvería a pasar.

Normalmente después de una pelea fuerte, venía la calma. Camila se quedaba más cerca de mí y yo la llevaba a comer, la acompañaba a la universidad, le escribía más y podíamos pasar días enteros sin discutir.

Entonces algo volvía a suceder. Encontraba una manera de pasar por encima de mí, una decisión sin consultarme, su atención en otro lugar, una respuesta que no me gustaba y yo necesitaba poner un límite.

Mi padre decía que un hombre debía ser firme; si uno permitía una falta de respeto, después venían todas las demás.

Pese a las muchas discusiones, nuestra relación duró años. Yo la amé, de eso no me queda duda, hasta quería casarme con ella, formar una familia, viajar y tener una casa donde las cosas funcionaran de la manera correcta, pero no ocurrió así.

La primera vez que terminamos llevábamos casi tres años juntos.

Habíamos almorzado en mi casa con mi familia y después fuimos al centro comercial a comprar unas cosas.

Recuerdo que la llevaba de la mano. Íbamos caminando por el segundo piso, cerca de las vitrinas de ropa.

Le estaba contando algo, no recuerdo qué, cuando noté que no me estaba prestando atención sino que estaba mirando un vestido.

Sonreía sola.

Le apreté un poco la mano.

—Camila.

—¿Qué?

—Te estoy hablando.

—Perdón, estaba viendo eso.

Señaló la vitrina.

Me quedé mirándola.

Ella volvió a sonreír, como si no hubiera pasado nada.

No sé por qué me enfureció tanto.

—Claro —dije—. La ropa es más importante.

Camila dejó de mirar la vitrina.

—No empieces.

Esa frase me bastó.

No empieces. Como si el problema fuera yo. Como si pedirle atención a mi propia novia fuera una exageración.

Le solté la mano.

—¿Sabes qué? Haz lo que quieras.

—Esteban, por favor.

Intentó tocarme el brazo.

Me aparté.

—No. Sigue mirando vestidos.

Comencé a caminar, en un principio despacio, esperando que viniera detrás de mí a pedirme perdón, pero no lo hizo.

Llegué a las escaleras eléctricas y miré hacia atrás. Seguía de pie frente a la tienda. Entonces me fui.

Desde mi punto de vista, no estaba haciendo nada terrible. Nadie está obligado a quedarse en un lugar donde se siente irrespetado y me fui a mi casa convencido de que ella llamaría.

Luego de varios días sin hablar y de entender que no me buscaría, tomé el teléfono.

Contestó al cuarto tono.

—Hola —dije.

Hubo un silencio.

—No quiero hablar contigo, Esteban.

—Camila, no exageres. Solo discutimos.

—No quiero seguir.

—¿Qué?

—No quiero seguir contigo.

—Camila, no podemos terminar así.

—Sí podemos.

—¿Tres años juntos y vas a tirar todo por una discusión?

Al otro lado de la línea guardó silencio unos segundos.

—No fue una discusión, Esteban.

—Claro que lo fue. Todas las parejas discuten.

—No todas terminan como nosotros.

Cerré los ojos.

—Puedo cambiar.

Ella suspiró.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque lo digo en serio.

—También lo dijiste la última vez.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿De verdad todo lo bueno que hemos vivido no vale nada para ti?

Escuché cómo contenía el llanto.

—Precisamente porque sí valió..., tengo que irme ahora.

—Camila, por favor.

No respondió.

—Podemos buscar ayuda. Hacer las cosas de otra manera. Te prometo que no volverá a pasar.

Del otro lado solo se escuchaba su respiración. Después habló con una calma que me asustó más que cualquier grito.

—Ya no puedo seguir creyéndote.

Durante más de una hora intenté convencerla de que nuestras discusiones no podían pesar más que todo lo bueno que habíamos construido, de que ninguna pareja era perfecta y de que yo todavía podía cambiar.

Cuando colgamos, me quedé con el teléfono en la mano. No entendía cómo una mujer podía decir que me amaba y aun así dejarme.