Capítulo 1
Sé que vienen por mí. Hace rato dejé de mirar el reloj. No porque el tiempo haya dejado de importar, sino porque ya no cambiará nada. Tarde o temprano escucharán esta puerta y todo habrá terminado.
Curiosamente, mientras espero, no pienso en lo que hice. Pienso en mi madre. Supongo que siempre terminamos regresando al lugar donde todo comenzó.
Ahora ya no estoy tan seguro de nada. Solo sé que las personas a las que más daño hice fueron precisamente las que más me quisieron.
Si les preguntaran a otros quién soy, probablemente obtendrían respuestas distintas.
Mi padre diría que siempre fui un consentido, más de un amigo aseguraría que nunca los dejé solos cuando me necesitaron, para algunas mujeres soy un manipulador; para otras, un buen conversador, y tal vez todas tengan razón.
Nunca tuve problemas para conquistar mujeres.
Aprendí muy temprano que no bastaba con ser atractivo, sino que había que prestar atención, escuchar, recordar y luego mostrar interés por cosas simples como: ¿qué tal está tu hermana que me contaste que tenía dolor de cabeza?
Aparecer con el libro que mencionaron una sola vez o llamar el día del cumpleaños de su madre.
Hacer que pareciera algo espontáneo y natural.
Lo extraño es que mientras más fácil me resultaba enamorarlas, más difícil se me hacía permanecer.
Durante años pensé que simplemente no entendía las relaciones o a las mujeres, pero en realidad les tenía miedo.
Muchísimo más del que estaba dispuesto a reconocer.
Estaba en el colegio. No recuerdo si tenía dieciséis o diecisiete años.
Ese día fui a clases y, al terminar la jornada, jugué un partido de fútbol con mis amigos.
Llegué a casa agitado, empapado en sudor, todavía cargando la frustración de haber perdido por un solo gol en el último minuto, un autogol de Tomás, para colmo.
Le daba vueltas a lo ocurrido cuando entré y los encontré a todos sentados en la sala: mi papá, mi mamá y mis dos hermanas.
Me miraban como si esperaran algo de mí, justo antes de lanzarme un balde de agua fría.
Fue Luisa quien se levantó primero y se puso a mi lado derecho, lista para abrazarme o sostenerme si el golpe me hacía flaquear. Luego se acercó mi mamá.
—Tu papá y yo tomamos una decisión —miré a mi padre, tenía la vista fija en el piso—. Me voy a trabajar fuera del país.
—¿Cuándo? —pregunté.
—La próxima semana.
No sabía que tuviéramos problemas económicos, pero mi padre habló entonces de deudas, de lo difícil que se había vuelto todo, de que ya no podían sostener la situación de mi madre.
No recuerdo haber dicho mucho más. Nunca he sido un hombre de muchas palabras porque cuando intento decir algo, tengo demasiadas en la cabeza y ninguna parece salir de la forma correcta. Así que opto por el silencio y sigo pensando y rumiando solo.
Lo que vino después de su partida sigue intacto en mi memoria. Yo había sido el primogénito: ella sabía cuándo estaba bravo antes de que dijera una palabra, me esperaba despierta cuando llegaba tarde y era conmigo con quien se sentaba al lado de la cocina a hablar durante horas.
Todo eso terminó el día en que la dejamos en el aeropuerto.
La miré por última vez y le entregué la maleta.
Quise abrazarla, pero estaba demasiado molesto para hacerlo.
Dejé que mis hermanas se acercaran primero.
Ellas lloraron e intenté calmarlas diciéndoles que sería algo temporal, solo unos meses, pero por dentro quería hacer exactamente lo mismo: rogarle que se quedara, decirle que podía trabajar, que ayudaría con las deudas, que haría lo que fuera necesario con tal de que no se fuera.
Pero lo único que salió de mi boca fue un “Ma, que le vaya bien”.
Le di la espalda y apuré el paso. Quería salir de ahí cuanto antes.
Desde entonces quedamos mi padre y yo a cargo de dos niñas: Luisa, de doce años, y Manuela, de diez.
—Siéntate adelante.
La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos. Obedecí de inmediato.
Por un instante me sentí importante, pensé que ese era el lugar de los hombres, pero el orgullo me duró poco.
El carro dio un salto al caer en un hueco.
Mi padre golpeó el volante.
—¿No lo viste?
Lo miré confundido.
—¿Qué?
—¿Entonces para qué vienes sentado ahí?
No respondí y seguimos avanzando. Cuando llegamos al primer peaje, gritó:
—Saca la plata.
Busqué por todas partes, pero no encontraba la billetera.
Él resopló.
—Tu mamá siempre la tenía lista.
Un rato después sacó un cigarrillo.
Movió la mano hacia el tablero.
Esperó, pero no entendí.
—¿Qué haces? Prende el encendedor.
Lo hice torpemente.
—Tengo sed.
Miré alrededor. No había ninguna bebida.
—Dame una gaseosa.
Su expresión cambió.
—Es increíble. Tu mamá nunca esperaba a que yo pidiera las cosas. Las tenía listas.
Nunca era suficiente. Aquella tarde descubrí que mi padre no esperaba ayuda, sino anticipación. Quería que yo adivinara sus necesidades antes de que él mismo las expresara. Y, por primera vez, empecé a preguntarme si las deudas habían sido realmente la razón por la que mi madre se marchó.