Capítulo 9
Ojalá hubiera sido capaz de abrazarla, decirle que la amaba, que no estaba sola. Pero esos fueron comportamientos que nunca aprendí y me costaban demasiado. Para mí era mucho más fácil ser la detective alerta y estar dispuesta a lastimar a un hombre si tocaba a mi hija que abrazarla.
Unos días después de que Amalia me dijera que la relación con Esteban había terminado, él tuvo el descaro de llamar a mi casa, saludarme y hablarme con una amabilidad y un cinismo que me parecieron exagerados.
Me alegré de que Amalia estuviera por fuera y de que me contara que estaba intentando localizarla en su celular sin ningún resultado, quería saber si yo podía decirle dónde encontrarla.
Pude haberle gritado, reclamado y exigido que dejara a mi hija en paz, pero ya no sentí la necesidad. Pude percibir su afán en el teléfono y esa angustia que solo se siente cuando sabes que estás perdiendo el control de una situación.
Intenté irme a la cama, pero se me hizo un nudo en el pecho y en el estómago, como una tuve la sensación de que algo malo estaba a punto de suceder.
Me levanté, tomé las llaves del carro y fui a donde ella estaba.
Lo sabía porque más temprano la había seguido hasta allí y regresé a casa tranquila porque estaba con Tatiana, una de sus mejores amigas.
Estacioné en la esquina, desde donde podía ver el interior del restaurante donde ellas estaban y me dediqué a observarlas.
Era un encuentro normal entre amigas, conversación, comida, risas.
El celular de Amalia sonaba, lo miraba y volvía a ponerlo a un lado, como diciendo no me interesa hablar contigo.
Sabía que estaba evadiendo las llamadas de Esteban.
Fui una madre orgullosa al verla mantenerse fuerte.
Estaba a punto de irme cuando vi que Amalia contestó el celular y se despidió de su amiga.
La seguí mientras salía de la ciudad, intrigada.
No se dirigía a donde Esteban, pero tampoco a un lugar que frecuentara.
Las llantas de su carro sonaban en cada semáforo cuando la luz pasaba a verde, adelantaba carros de manera frenética y superaba los límites de velocidad donde las calles se lo permitían.
Me costó seguirla y, al mismo tiempo, mantener la distancia suficiente para que no me descubriera.
Después de veinte minutos de tensión, salió de la carretera principal y tomó un desvío.
La vía si acaso permitía ir a treinta kilómetros por hora, pero gracias a las curvas pude mantenerme oculta, aunque pensándolo bien, no creo que me hubiera descubierto, daba la impresión de estar tan agitada que lo único en lo que podía pensar era en llegar a su destino.
Unos quince minutos después entró por un portón a una casa que parecía abandonada. Ya había otro carro en la propiedad que no reconocí, un BMW X6 negro, pero no miré la matrícula, aparte de estar lejos, mi única preocupación era entender qué hacía Amalia allí.
No supe si lo mejor era bajarme y entrar a la casa tras ella o esperar.
Tenía miedo de que algo malo pasara adentro, pero si entraba y solo estaba hablando con Esteban, jamás me perdonaría haberla seguido.
Sería el final definitivo de la poca relación que teníamos y no me sentí con fuerzas para perder a mi hija por completo.
Prefería seguir viviendo indefinidamente de la forma en la que lo hacíamos a perderla.
No podía con mi cabeza. Oscureció y vi unas cuantas luces encenderse dentro de la casa, eran pocas para un caserón tan grande.
Me imaginé que al tratarse de una casa abandonada, no funcionaba la electricidad en todo el lugar, pero solo podía suponer.
De resto, solo pude escuchar el sonido de los animales en la distancia y presenciar una quietud devastadora.
No percibía un solo movimiento adentro, un indicio, algo que me ayudara a saber lo que estaba sucediendo.
Miré mi celular y estaba sin señal. Me bajé del carro y caminé de un lado para otro a la espera, alerta, entonces me di cuenta de que a veces no se necesitan grandes aspavientos para que una tragedia suceda. Amalia podía estar en peligro y no tener la opción de gritar para pedir ayuda.
Y mientras estaba ahí con mis dudas, mi ansiedad y mis temores, vi salir a una mujer y una corriente helada me recorrió todo el cuerpo.
La reconocí por su rostro desfigurado, pero también por las fotos que me había mostrado el investigador que contraté.
Era Victoria Rendijo, la exnovia de Esteban.
Pero ¿qué hacía mi hija con ella en una casa abandonada?