Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 8
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Capítulo 8

Sé que no estuvo bien empezar a indagar en la vida de Amalia, y mucho menos en la de su novio. Pero los impulsos humanos son así: aparecen sin permiso, sobre todo cuando se trata de proteger a alguien que uno ama. Además es el único instinto maternal del que me puedo sentir orgullosa.

Le pedí a un compañero de trabajo el contacto de un investigador privado.

No quería detalles, solo necesitaba saber quién era Esteban.

Lo llamé y le dije que deseaba información sobre ese hombre, pero no le di ningún dato personal.

Dos semanas después tenía sobre mi mesa un resumen completo de su vida.

Su padre había trabajado cuarenta años como directivo en una empresa de electrodomésticos, lo cual les permitió vivir con cierta holgura: buena casa, universidades privadas, comodidades para toda la familia, que incluía a otros tres hermanos.

La historia de su madre, en cambio, era distinta.

Se dedicó al hogar y a los hijos, pero comenzó a tener problemas con la bebida y el juego hasta que, abrumados por las deudas, la enviaron fuera del país.

Lo que se sabía era que había ingresado a rehabilitación y luego se había quedado trabajando en el extranjero para recuperar el dinero perdido.

Esteban tenía apenas diecisiete años cuando ella se fue.

Su rutina era casi perfecta: salía de casa a las ocho, llegaba a la oficina antes de las ocho y media, trabajaba todo el día. No tenía muchos amigos y rara vez se le veía con otras mujeres. Casi todas las tardes estaba con Amalia. Eso me tranquilizó… por unos segundos.

Solo había tenido dos relaciones serias.

La primera, con una compañera de su colegio que duró alrededor de tres años y que terminó abruptamente el día en que la casa de ella se incendió y sus padres murieron en el incidente.

La segunda, con Camila Fuentes, con la cual estuvo durante ocho años y con la cual tenía planes de casarse, pero la boda se canceló dos días antes sin explicación.

No sé si fue intuición, paranoia o el peso de mis propios fantasmas, pero sentí que todo apuntaba a lo mismo.

Así que comencé a seguirlos. Como una loca enferma, lo sé.

Salía del trabajo y me estacionaba frente a la oficina de Esteban.

Esperaba a que saliera solo o con Amalia, y entonces los veía ir a comer, al cine, a su casa.

Los vigilaba hasta que el cansancio me vencía y tenía que regresar a la mía.

Sabía que si confrontaba a Amalia las cosas solo empeorarían. Así que callé, pero en silencio esperaba el momento de enfrentar a ese hombre y evitar que siguiera haciéndole daño a Amalia.

Durante dos semanas repetí la misma rutina sin encontrar ninguna prueba de su maltrato, hasta que un día Amalia llegó llorando y me dijo que todo había terminado.

No le creí. Un hombre así no desaparece tan fácilmente de la vida de una mujer.

Sin embargo, noté algo distinto en ella.

Aunque estaba destrozada, había un matiz nuevo, casi imperceptible, que solo una madre puede reconocer.

No bajé la guardia. Esta vez comencé a seguir a Amalia. Vi que empezó a ir donde una terapeuta, a pasar más tiempo con sus amigas, a intentar retomar su vida sin Esteban.