Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 7
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Capítulo 7

El día que Pablo se fue quise llorar pero no lo hice. No quería que Amalia ni nadie se enteraran de que me partí en mil pedazos por dentro. Tampoco quería ser la víctima ni la pobre mujer abandonada. Conocí mi orgullo en todo su esplendor.

Limpié la casa como si me estuviera mudando. Reacomodé cada espacio y me aseguré de tirar todo lo que le pertenecía: ropa, libros, incluso la silla de la sala donde veía televisión. No quería dejar rastro que pudiera recordarme mi dolor.

Para no pensar, me lancé de lleno a un nuevo proyecto en la galería: apoyar a artistas emergentes.

Recaudé fondos, organicé eventos y convertí el ayudarlos en mi propósito inmediato.

Al mismo tiempo, contraté una niñera para que estuviera con Amalia y luego la inscribí a clases de baile, piano, natación…

No importaba la actividad, lo esencial era que estuviera ocupada mientras yo trabajaba, que descubriera algo que le gustara, que encontrara su propio camino.

Nos veíamos en las mañanas antes de salir al trabajo, y luego en las noches. Traté de convencerme de que estaba bien, la vi crecer fuerte y despreocupada del mundo y por un tiempo todo parecía que seguía su curso tranquilamente.

Los años pasaron. Amalia dejó de ser una niña para convertirse en una adolescente, y después en toda una mujer.

Terminó Estudios Sociales en una universidad reconocida y comenzaba su carrera en la Alcaldía Municipal, ayudando a construir una mejor sociedad.

Me sentía orgullosa de lo que había podido hacer en medio de todo.

Por eso cuando todo esto sucedió sabía que no tenía derecho a meterme en su vida, pero soy su madre, y aunque no me lo dijera, descubrí que sufría y no era capaz de decírmelo, yo solo quería ayudarla, protegerla, al final de cuentas era la única persona con la que contaba.

Cuando Pablo se fue se encargó de depositar dinero en mi cuenta cada mes para pagar los gastos de su hija, incluso más de lo que esperaba, pero nunca más volvió a aparecer o a llamar.

No pude decirle la verdad a Amalia sobre su padre.

Cada vez que me preguntaba, sentía que me iba a reventar por dentro de la rabia y la tristeza, pero mantenía la calma y solo le explicaba que su padre ya no volvería.

Y la entiendo. Todos queremos conocer a nuestros padres, saber nuestro origen, entender por qué no están.

Yo no tenía explicaciones. Durante años lo único que hice fue compensar la ausencia de Pablo y mi falta de cercanía con dinero.

Amalia tenía acceso a todo lo que quería, sin importar lo que fuera.

Yo solo quería que ella tuviera lo que yo no tuve, y como fracasé al darle una familia, no quise escatimar en comodidades y lujos.

Pero un día, creo que durante la segunda semana de diciembre, llegó a casa alrededor de las once de la noche.

Me pareció extraño; había dicho que saldría con su novio y que se quedaría en su casa.

Entró llorando, pero no pregunté. Pensé que sería una discusión de pareja.

Sin embargo, comenzó a ocurrir con mayor frecuencia, es decir, dos o tres veces a la semana, hasta que un día vi su rostro con un labio reventado y algo hinchado.

En ese momento vi a mi madre reflejada en ella: esa tristeza silenciosa, el desconcierto, la negación absoluta en los ojos.