Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 6
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Capítulo 6

Siempre me he preguntado en qué consiste ser una buena mujer, una buena madre. No tuve referentes para ninguna de las dos cosas. En mi familia no hubo hombres ni mujeres en los que quisiera mirarme como ejemplo.

Fui afortunada, sin embargo, porque encontré inspiración casi por casualidad.

A veces me quedaba observando a la gente, admirando su belleza, su forma de vivir, esa abundancia que parecía rodearlos, convencida de que yo nunca tendría algo parecido: una especie de felicidad y tranquilidad que me fue negada desde niña.

Un día, mientras jugaba con una niña en el parque y pensaba en la vida tan distinta que ella tenía, mientras yo debía regresar a mi pequeño infierno, llegó una de las mejores invitaciones de mi vida: una compañera me pidió que fuera a dormir a su casa.

Pedimos permiso a sus padres y a mi madre, y ninguno tuvo objeción.

Ese cambio de dinámica me llenó de una felicidad desconocida.

Compartía el día a día con una familia que salía de vacaciones, discutía sin violencia, reía, compartía las comidas y se apoyaban.

Allí descubrí el arte. La mamá de mi nueva amiga era artista.

Pasaba horas frente a un lienzo mezclando colores hasta cubrirlo con figuras que parecían cobrar vida, trazos que invitaban a imaginar más allá de lo que se veía e imágenes que me hacían sentir lo que sucedía allí.

Me quedaba observándola en silencio, convencida de que algún día entendería lo que aquellos cuadros intentaban decir.

Cada vez que los contemplaba, mi cuerpo se estremecía ante tanta belleza. Ella me preguntaba qué veía, y yo le respondía lo primero que se me venía a la cabeza. Así encontré algo en lo que tenía talento: comprender lo que otros querían expresar con trazos y colores.

Una noche se convirtió en muchas. La madre de mi amiga me prestaba libros, me contaba historias y me enseñó que, a pesar de los horrores vividos, el mundo estaba lleno de belleza; que los seres humanos, aunque contradictorios, eran hermosos; y que la vida, incluso cuando no se entiende, guarda su propia sabiduría.

Descubrir ese mundo y mi talento me dio esperanza por primera vez. Comprendí que yo también tenía otras posibilidades.

Conseguí mi primer trabajo en una galería cuando tenía quince años.

Me volqué por completo a aprender sobre historia del arte, las distintas corrientes, el romanticismo, el barroco, y quedé especialmente fascinada por el surrealismo.

No tenía talento para pintar; era torpe y todo me salía mal, pero sí sabía comprender y acompañar a otros artistas.

Incluso descubrí que tenía facilidad para comunicarme, para negociar, para tender puentes.

Cuando por fin logré la estabilidad suficiente para vivir sola, me fui.

Recuerdo llegar a casa, empacar la poca ropa que tenía en una maleta y llamar a mi madre y a mi tía para decirles que gracias por todo, que había encontrado un lugar donde vivir.

Ninguna de las dos respondió con palabra alguna.

Intenté mantener un contacto esporádico por una especie de lealtad familiar, pero su indiferencia nos fue alejando cada vez más.

A mí no me importó. Yo tenía una vida nueva en la que me sentía bien por primera vez. Ya no tenía que cuidarme de lo que otros pudieran hacerme o pensar de mí. Estar sola se sentía bien.

Recuerdo haber vivido algunos años bastante tranquilos, aunque en gran medida alejada de las relaciones.

Tenía pocos amigos y aunque intenté tener pareja en algunas ocasiones todos mis intentos fueron fallidos.

Conocía a un chico, salíamos unas cuantas semanas y luego yo me alejaba.

Cualquier gesto podía ponerme en alerta o a la defensiva.

Si no llamaba, me invadía la ansiedad y mi mente lo interpretaba como un mal presagio; si decía algo que no me gustaba, imaginaba que aquello podía escalar a algo más agresivo; si no respondía, lo leía como pasivo-agresivo.

Siempre encontraba una excusa, justificada o no, para huir y regresar a mi lugar seguro: sola y refugiada en mi trabajo.

Pablo fue diferente. Llegó sin pretensiones ni grandes gestos, con una calma en la que me perdía y me dejaba llevar.

A su lado, la vida se sentía sencilla. No tenía que esforzarme para que me quisiera o me viera, para que deseara estar conmigo, para que me amara.

Con él me sentí tranquila, y por eso me quedé.