Capítulo 5
Nunca me he considerado una mujer fuerte; más bien, todo lo contrario.
He aprendido a sobrellevar la vida a rastras, dejando pedazos de mí en el camino, y cargo conmigo heridas que, aunque me han enseñado, también me han vuelto una mujer prevenida, desconfiada y que prefiere la soledad antes que tener que preocuparse de si puede confiar en alguien o no.
Tal vez todo comenzó cuando era una niña.
Siempre fue contradictorio para mí que mi mamá asumiera la responsabilidad por la muerte de mi padre, pero que, al mismo tiempo, pareciera odiarme un poco por haberle arrebatado al hombre que amaba.
Dentro de mi inocencia creía que existían cosas que estaban bien y otras que no, pero mi mamá me enseñó que donde hay odio también puede haber amor.
No quisiera que nadie se enterara. Creo que no podría mirar a otro ser humano a la cara y decirle lo que hice, lo que he vivido.
Y, sin embargo, hay algo dentro de mí que siente que estuvo bien, que era lo que tenía que hacer, aunque tenga que vivir con la condena en los ojos de mi madre, era algo que no podía soportar más.
Cuando recuerdo el cuchillo, la sangre, el cuerpo de mi padre, no siento nada. Todo es completamente negro. Lo que realmente me ha pesado ha sido todo lo que vino después.
Recuerdo que nunca tuve un cuarto propio.
Mi tía y yo dormíamos en camas separadas, pero en el mismo espacio; nunca tuve privacidad.
Luego llegó mi madre y las tres dormíamos en la misma habitación.
No podía levantarme a jugar como cualquier niña: si hacía demasiado ruido y despertaba a mi tía, ella se levantaba y me golpeaba veinte veces seguidas, y las contaba en voz alta para que no olvidara que aquello era un castigo.
Pero no solo ocurría cuando me levantaba a jugar. También sucedía si le respondía cuando se suponía que debía callar y aceptar todo lo que dijera, o cuando no hacía la comida a tiempo, o cuando no mantenía la casa perfectamente limpia.
Al final, cambié de lugar con mi madre, ahora era yo quien recibía los golpes, y lo hice con orgullo y satisfacción.
Sin embargo, mi madre nunca supo reconocer el sacrificio que hice.
Para ella yo solo era la que había matado a su esposo, aunque jamás pronunciara una sola palabra.
Su mirada fría y distante, su falta de amor y su permanente capacidad de encontrar una excusa para alejarse fueron contundentes y claras.