Capítulo 4
No sé cómo nombrar esto que siento en el cuerpo en este momento. Es como un desaliento, pero no físico, sino del alma, de ese que se mete muy adentro por la falta de esperanza.
Conocer a Pablo me tomó por sorpresa. Nunca me imaginé que me enamoraría, me casaría y tendría una hija. Nada de eso estaba en mis planes, pero sucedió, y por algún tiempo descubrí en mí un impulso, una fuerza que brotaba desde lo más profundo de mi ser y que me hizo conocer a otra Laura.
Una que no se identificaba con el dolor y el esfuerzo, sino la que podía disfrutar, soñar y alegrarse de amar.
Nunca olvidaré cómo empezó a ausentarse.
El terror que me daba verlo llegar oliendo a licor cada noche, era como repetir la historia con mi padre.
Y tenía tanto miedo de que todo volviera a suceder que, le exigí, le pedí, le rogué, le grité que lo necesitaba, al igual que su hija.
Pero él, sin decir una sola palabra, se fue. Lo vi hacer la maleta y marcharse. Así de rápido y fácil como nos enamoramos y nos casamos, se fue. Y lo poco que había avanzado, para abrirme, para tener una mejor vida, se desmoronó.
Oh, sí…, quise morirme cuando Pablo se fue.