Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 3
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Capítulo 3

Me ha costado escribir en los últimos días.

Prometí hacerlo con regularidad para ayudar a mi mente a calmarse y aclarar mis ideas, pero no lo he podido hacer, y más después de la última vez.

No es fácil reconocer que fui la persona que le quitó la vida a quien me la dio.

Me duele volver a ese momento; no sé si fue un error o un acierto; de lo que estoy segura es que mi vida cambió por completo.

Es difícil recordar con exactitud todo lo que sucedió después de la muerte de mi padre.

Tengo un vago recuerdo de mi madre recuperando el aliento, tomando el cuchillo y pidiéndome que me lavara las manos y me cambiara para volver a mi escondite, el clóset.

Hizo unas llamadas y en unos minutos, la policía, sus hermanos y un abogado estaban en la casa.

Me pidieron que saliera, pero yo no quise, solo me moví al ver que unos hombres ponían las manos de mi madre en la espalda, la esposaban y se la llevaban. Nunca olvidaré su cabeza agachada y las lágrimas que intentaba esconder. Nunca me he sentido tan culpable como ese día.

Durante mucho tiempo creí que su llanto era de vergüenza, pero no, estaba enojada y triste.

No supe de mi madre en mucho tiempo. Al principio pensé que habían sido solo semanas, pero más grande, ella misma me contó que fueron meses.

Mientras ella trataba de demostrar que actuó en defensa propia, yo vivía con su hermana.

Una mujer que un día estaba bien y al siguiente podía gritar y maldecir mientras tiraba cosas por toda la casa.

No podía tocar nada en esa casa. Comía a la hora que mi tía decía, solo podía jugar en ciertos momentos y sin hacer mucho ruido, mi ropa la lavaba yo el día específico que ella me había asignado y tenía que cumplir unas tareas específicas.

Viví los peores meses de mi vida, rodeada de humillaciones y maltratos.

Antes por lo menos mis papás eran míos y la casa donde vivía también, pero ya ni eso me pertenecía.

El regreso de mi madre me alegró, pero no por mucho tiempo. Pensé que nos iríamos de allí, que empezaríamos una vida solo las dos, lejos de todo…, pero no fue así. Mi madre no había terminado sus estudios, no tenía experiencia laboral y, además, parecía evitar estar conmigo a solas.

En ese entonces no tuve el valor de preguntarle por qué asumió la culpa, por qué estuvo en la cárcel, o por qué ocultó que fui yo la responsable…, si al final parecía odiarme por haberlo hecho.

Mi infancia fue, creo, no tan feliz como la de otros niños.

Los otros, los de afuera, podían jugar, divertirse, preocuparse por concursos de belleza, competencias deportivas o las notas del colegio.

Yo solo tenía miedo. Miedo de volver a casa, de no cumplir con mis responsabilidades de limpieza, de no “ganarme” la cama donde dormía o la comida que comía.

Yo era una arrimada, como tantas veces me lo recordó mi tía.

Pero aprendí a construir una coraza. Una dura, fría, casi perfecta. Me ayudó a atravesar mi niñez sin derrumbarme. Me refugié en los libros, en estudiar, en cualquier cosa que me sacara de ese lugar. Y empecé a trabajar joven, demasiado joven, solo para tener algo que fuera mío, por poco que fuera.

Años después, cuando mi madre por fin tuvo los recursos para mudarnos, creí que por fin venía un respiro. Pero me duró poco. Se consiguió una nueva pareja y yo pasé a ser un estorbo más. Ella solo tenía tiempo para su trabajo y para él. Yo quedé sola, más sola que nunca.

Pero mi coraza me salvó. Me distancié de mí misma con una facilidad que ahora me asusta.

No recuerdo haber sentido nada real durante años.

Antes lloraba por todo, pero las lágrimas desaparecieron.

Antes me paralizaban los ataques de pánico, pero un día dejaron de llegar, como si el miedo se hubiera mudado a otro cuerpo.

Yo seguí funcionando, casi en automático, con un único pensamiento que me daba fuerzas: tenía que conseguir suficiente dinero para alejarme, ser autónoma e independiente.

Y lo logré. O eso creí, porque uno puede mudarse de ciudad, cambiar de trabajo, de apellido si quiere…, pero no puede mudarse de sí mismo.