Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 2
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Capítulo 2

No es fácil escribir esto. No es fácil mirarme al espejo y reconocer lo que fui…

O lo que sigo siendo. A veces quisiera seguir justificándome, decirme que todo lo que hice fue por supervivencia, que no tuve opción.

Suena tan lógico cuando uno lo piensa rápido.

Pero ahora, con el paso del tiempo, ya no estoy tan segura.

No crecí en una familia normal. Sé que ninguna lo es, pero la mía…

, la mía estaba rota desde mucho antes de que yo naciera.

Recuerdo a mi mamá despertándome en medio de la noche para meterme al clóset.

Me sostenía fuerte de la mano y apenas decía nada, pero yo sabía lo que estaba pasando afuera.

Los gritos, los golpes y el silencio que venía después.

Todo mi cuerpo se paralizaba. Solo miraba, sobresaltándome con cada golpe, con cada grito. Cerraba los ojos por instinto para no ver… y luego los abría, porque necesitaba hacerlo.

Mi madre nunca decía nada; tenía el estoicismo de las mujeres del campo, acostumbrada al trabajo duro, el cuerpo magullado y la resistencia de una matrona, aunque yo podía sentir su tristeza.

De mi padre no puedo decir mucho, salía a trabajar todos los días desde temprano y llegaba en la noche oliendo a licor, algunas veces a descargar la frustración del día con golpes y otros montando a mi madre como un potro.

Para ese entonces no necesitaba tener mucha educación sexual para entender lo que sucedía.

Siempre sentí una gran desventaja por ser una niña y sentía repulsión cada vez que me hablaban de lo que debía o no debía ser una mujer.

No me sentía como una. Quería salir, jugar, saltar, correr, sin que me estuvieran diciendo que esas no eran actividades para las niñas.

Fue en mi cumpleaños número doce cuando comprendí qué tan fatal podía ser el hecho de ser mujer.

Me levanté muy temprano, feliz de comer torta y recibir regalos, pero en su lugar mi mamá estaba preocupada y malhumorada por asuntos de la casa.

Al ir al baño me encontré con una mancha roja en mi pantalón y me asusté porque no sabía cómo decirle a ella y a mi padre que ya había llegado el día.

Lo escuché en conversaciones que tenían los adultos, con mis compañeras del colegio, pero nunca había tocado el tema directamente con ella.

Tenía entendido que ese era el paso definitivo para convertirme en mujer; la sangre entre mis piernas indicaba que ya había dejado de ser una niña.

Mi presión no fue por la incomodidad de usar toallas ni tampoco por el dolor extraño que partía mi cuerpo a la mitad, sino porque si ya debía comportarme como una mujer, eso indicaba que ya no podría seguir escondida en el clóset mientras veía sufrir a mi madre.

Antes de pasar por el incómodo momento de decirle a mi madre se me ocurrió que no sería tan malo tomar las pastillas del cajón de la sala, las que mi madre tomaba para el dolor cuando creía que nadie la veía, y de un sopetón acabar con mi vida.

De una manera extraña creía que si yo no hubiera nacido, mi madre no estaría atrapada en un matrimonio que la hacía infeliz.

Después de un rato las pastillas no me parecieron tan buena idea, pero luego del almuerzo vi a mi madre cortando tomates en la cocina.

Me fascinó la forma en la que el filo atravesaba la piel fina pero resistente de esta verdura, el sonido sobre la tabla de madera con cada corte y la agilidad de mi madre.

Cuando terminó guardé el cuchillo como un gran tesoro en el clóset donde pasaba la mayor parte del tiempo. Al principio fue solo un refugio para esconderme en las noches, pero poco a poco se fue convirtiendo en el único lugar donde me sentí segura.

Un día, me quedé quieta en la cama y cerré los ojos para que mi madre creyera que dormía, pero todos mis sentidos estaban alerta. Estaba a la espera de que mi padre llegara, de meterme al clóset y tomar mi arma para atacar a los malos como todo niño juega en algún momento.

El momento llegó, escuché la cerradura moverse, mi madre acercarse para que me levantara de la cama y vi cómo me ponía a salvo mientras se enfrentaba al hombre que la maltrataba.

Él llegó, la tomó de la mano derecha y la empujó hacía él en señal de que esta noche quería sexo.

Ella se resistió un poco por instinto, lo cual hizo que la respiración de él se agitara más.

La volteó con fuerza y le bajó la ropa interior mientras la penetraba por detrás sin más aviso de “aquí viene lo que te gusta”.

El gesto de mi madre fue de dolor, pero agachó la cabeza como quien no tiene otra opción que aguantar.

Yo tomé el cuchillo con fuerza en mi mano derecha y salí lenta y sigilosamente.

Él estaba tan concentrado que no me vio ni sintió.

Mientras el ritmo de sus caderas se aceleraba y él emitía un grito de liberación final como casi siempre, le clavé el cuchillo en la espalda, una, dos, tres veces antes de que se desplomara.

Luego me agaché y lo hice unas cuantas veces más mientras mi madre observaba la escena con la boca un poco abierta, la mirada perdida y creo que sin respirar.