Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 1
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Capítulo 1

Creo que necesito hacer algo aunque todavía no sé exactamente qué.

Lo que sí tengo claro es que ya no puedo seguir huyendo.

Llevo tantos años escondiéndome que terminé construyendo un lugar donde podía fingir que nada había pasado.

Al principio funcionó. Me levantaba, iba a trabajar, sonreía cuando era necesario y volvía a casa convencida de que, mientras no mirara hacia atrás, el pasado acabaría cansándose de perseguirme.

Desafortunadamente, eso no ocurrió porque es imposible huir de los recuerdos que te acompañan en todo momento; además, el pasado nunca se cansa. Últimamente vuelve por las noches.

Anoche me desperté otra vez sin poder respirar.

Me incorporé de golpe buscando algo que se me hiciera familiar.

Tardé varios segundos en reconocer mi habitación.

Encendí la lámpara de la mesa de noche y permanecí sentada hasta que el corazón dejó de golpearme el pecho y pude volver a respirar con tranquilidad.

Tuve que dormir con la luz encendida. Me daba miedo que alguien llegara por mí a cobrar las cuentas sin pagar.

Lo peor es que las pesadillas ya no esperan a que cierre los ojos.

Hace dos días estaba haciendo fila en el supermercado cuando sentí que el aire desaparecía.

Dejé el carrito en cualquier parte y salí casi corriendo.

La cajera me llamó varias veces porque había olvidado las llaves sobre la banda, pero no fui capaz de regresar.

Solo quería llegar a mi casa, cerrar la puerta y respirar en un lugar donde tuviera la seguridad de la soledad.

Hace un año aquello ocurría muy de vez en cuando, pero hace unas semanas comenzó a volverse más frecuente.

Mi gran preocupación siempre ha sido Amalia. Pienso en ella todos los días, en todo momento. Esta mañana, tomé su fotografía, la que mantengo en la repisa de la sala, y mientras la tenía en mis manos, la miré y sonreí.

Fue un gran regalo de la vida pero fue difícil ser su madre, no porque fuera ella, sino porque nunca estuve verdaderamente preparada o tuve lo que se hacía necesario.

Me hubiera gustado ser una mejor madre, no la que siempre estaba triste, cansada, guardaba silencio sin saber qué responderle o la protegía manteniendo la distancia.

Hice todo lo que pude, pero siempre tuve miedo de que, tarde o temprano, todo aquello que llevaba escondido terminara alcanzándonos a las dos.

No puedo negar que cuando conocí a Pablo pensé que sería diferente. Aún recuerdo la primera vez que lo invité a salir. Lo mejor hubiera sido intentar no hacerlo, simplemente dejarlo ir para que siguiera con su vida, pero no pude y en lugar de tragarme mis sentimientos decidí atreverme.

Durante años me convencí de que el silencio podía protegerme o que el tiempo me ayudaría a olvidarlo todo, que si nadie preguntaba…, o nadie sabía…, si yo evitaba pensar en ello…, de alguna extraña manera dejaría de existir.

No sé si fue ingenuidad o estupidez, pero el silencio no destruye los recuerdos y el tiempo, por sí solo, no cura nada. Al contrario, cuanto más intentamos evitar algo, más fuerza cobra. Y cuando ese monstruo termina de crecer, ya no queda ningún lugar donde esconderse.

No sé si el destino existe; ya hace mucho que dejé de hacerme esa pregunta. De lo que estoy segura es de que todos cargamos con algo. Para algunos es un talento, para otros una enfermedad, o hay quienes tienen una herida que les supura durante toda su vida. En mi caso, nací con varias cosas.

Aprendí a vender arte, cocinar, ser madre y…, me cuesta escribirlo porque no fue algo que deseé ni tuve la intención de aprender, simplemente descubrí que era capaz de hacerlo…, descubrí que era capaz de matar.

Leo la palabra escrita sobre el papel y no me produce orgullo, todo lo contrario, una mezcla de tristeza y vergüenza, aunque no puedo decir que me arrepiento.

Durante mucho tiempo me justifiqué: es normal desear que alguien que te ha hecho daño a ti o a quienes amas desaparezca, pero ya no sé qué es la normalidad.

Todos creen que soy una mujer decente. Dulce, amable, educada. Nadie, absolutamente nadie, sospecharía que también soy una asesina.