Capítulo 7
Después del cumpleaños de su madre volvimos, aparentemente, a nuestra vida de siempre.
Otra vez llegaban los mensajes de buenos días antes de que sonara mi despertador, las llamadas durante el almuerzo para preguntarme cómo iba el trabajo, los cafés improvisados al salir de la oficina y los domingos con nuestras familias o con los amigos.
Poco a poco dejé el estado de alerta en busca de una expresión de molestia o perturbación frente a algo que hacía, y empecé a dormir mejor.
Todo iba según lo que necesitaba creer, hasta un viernes en que unos amigos nos invitaron a pasar el fin de semana en una casa de campo.
Acepté con emoción la oportunidad de compartir otros espacios.
Imaginaba que el frío de la montaña, el olor de los pinos, una chimenea encendida y dos días completos sin pensar en el trabajo nos ayudarían a afianzar la relación.
Sonaba perfecto y esa misma tarde salimos en el carro. En el camino paramos a comprar carne para el asado, algunas verduras, pan, queso y varias botellas de vino. Durante el viaje cantamos y tomó mi mano mientras conducía.
Yo apoyé la cabeza en la ventana mirando las montañas con ilusión.
Llegamos cuando el sol empezaba a esconderse. La cabaña quedaba en una colina que nos permitía tener una vista panorámica del llano frente a nosotros. Olía a madera recién cortada y a pasto fresco. Desde la terraza se veía un bosque cubierto por una ligera neblina.
Asignamos las habitaciones y bajamos enseguida a preparar la comida. Mientras Esteban y otros dos hombres encendían el asador, el resto nos quedamos alrededor de la chimenea. Alguien puso música y otra persona sirvió vino caliente.
Las conversaciones iban cambiando de un grupo a otro; disfrutaba de estar con otras personas y de sentirme relajada. Recuerdo haber pensado que esa era exactamente la clase de noche que quería seguir viviendo con él.
Subimos a dormir cerca de la una de la madrugada, un poco mareados por el licor. Entré primero a la habitación y mientras me quitaba los zapatos, sonreí para mí misma. Estaba segura de que Esteban había querido irse temprano porque deseaba que estuviéramos solos.
Cuando escuché la puerta cerrarse detrás de mí, volví a ver la tensión en su rostro, haciendo el mismo gesto que me indicaba que estaba a punto de tener uno de sus episodios.
Él seguía junto a la puerta sin sonreír ni siquiera moverse hacia mí. Solo me miraba.
—¿Qué pasa? —pregunté.
No respondió enseguida.
—¿Te pareció muy divertido?
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Pasarte toda la noche hablando con otros hombres mientras yo estaba ahí.
Lo miré sin entender. Pensé que estaba haciendo una broma.
—¿De qué estás hablando?
Mi voz salió entre una risa nerviosa esperando que él también sonriera, pero no lo hizo. En cambio, dio un paso hacia mí que me hizo retroceder.
—Ni siquiera fuiste capaz de sentarte conmigo.
Intenté recordar la noche, pero lo único que venía a mi memoria era que habíamos estado juntos casi todo el tiempo. Cada vez que hablaba con alguien, él estaba a pocos metros. No entendía de dónde salía aquella acusación.
—Esteban... —negué con la cabeza—, eso no pasó.
Creo que fue mi expresión o el tono con el que lo dije. Algo hizo que, de un segundo a otro, cambiara por completo. Sus ojos me miraron amenazantes, muy abiertos, y su cara se tornó roja. Sentí ese miedo que empezaba a resultarme familiar.
Retrocedí otro paso, pero él volvió a avanzar otro.
No tuve tiempo para nada. Me empujó contra la pared y el primer golpe me dejó sin aire. Antes de que pudiera reaccionar, sus manos rodearon mi cuello con fuerza.
Intenté apartarlo de mí, pero no pude. Intenté tomar aire, lo miré suplicante, pero esos mismos ojos que me habían mirado con amor y alegría ahora solo destellaban ira. No encontré en ellos ningún indicio que me hiciera pensar que iba a detenerse.
Y por primera vez pensé que sería capaz de cualquier cosa. Ya no pensaba en la discusión o en quién tenía la razón, lo único que deseaba en ese momento era poder respirar.
Toda la situación me parecía absurda. ¿De verdad estaba intentando matarme porque había hablado con sus amigos?
Mis manos seguían intentando apartarlo, pero ya no podía gritar ni pedir ayuda.
Solo escuchaba el latido desesperado de mi corazón mientras el aire se escapaba de mis pulmones.
Poco a poco dejé de resistirme y cerré los ojos.
Entonces..., sentí cómo aflojaba la presión.
El aire volvió de golpe y caí de rodillas, tosiendo con desesperación mientras intentaba llenar otra vez mis pulmones.
Escuché sus pasos alejándose y, cuando levanté la mirada, estaba sentado en la cama, cubriéndose el rostro con las manos.
Entre sus dedos alcancé a ver cómo las lágrimas le rodaban.
—No sé qué me pasa...
Apenas pude escucharlo.
—Yo no soy así.
Permanecí donde estaba. Todavía sentía la presión de sus dedos alrededor de mi cuello.
—Contigo siento que pierdo el control...
Levantó la cabeza.
—Por favor…, ayúdame. No quiero ser esta persona.
No fui capaz de responder o acercarme; tampoco quería salir de la habitación. Tenía miedo de que volviera a levantarse y que los demás vieran mi cuello y me preguntaran qué había pasado.
Poco a poco me acerqué y me senté a su lado. Me nació abrazarlo como un niño que necesita consuelo. Él se apoyó en mi hombro y yo, en lugar de protegerme, empecé a convencerme de que todavía podía ayudarlo.