Capítulo 8
Después del fin de semana en la casa de campo, todo volvió a la calma. Volvieron los mensajes de buenos días, las llamadas durante el almuerzo y las conversaciones sobre el futuro, como si nada hubiera pasado.
Una tarde discutimos por teléfono. Hoy ni siquiera recuerdo el motivo. Con el tiempo entendí que eso era lo menos importante; cualquier cosa podía convertirse en el inicio de una pelea.
La conversación fue subiendo de tono hasta que, de un momento a otro, escuché el golpe del teléfono al otro lado de la línea.
Después, silencio.
Y antes de que la llamada se cortara, sus últimas palabras:
—Esto se acabó.
No sentí el mismo miedo de otras veces. Tal vez al día siguiente aparecería con flores, con lágrimas o con alguna explicación que me hiciera creer, una vez más, que todo podía arreglarse.
Nuestra relación se había convertido en eso: dos personas incapaces de permanecer juntas, pero todavía más incapaces de separarse.
Pasaron varios días hasta que conseguí convencerlo de vernos.
—Si una relación termina —le dije—, merece terminar mirándonos a los ojos, no por teléfono.
Él aceptó con desgano.
Quedamos de encontrarnos en uno de los parques donde tantas veces habíamos caminado tomados de la mano, un lunes por la tarde. Hay momentos que el cuerpo nunca olvida.
Esperé sentada en las escaleras de siempre, mirando a cada persona que cruzaba la entrada con la esperanza absurda de que, cuando llegara, todo se solucionaría.
Entonces pude divisarlo en la distancia. Caminaba como quien se dirige al supermercado sin ninguna preocupación y cuando llegó hasta mí me saludó levantando la cabeza.
Se sentó a mi lado, sin preguntarme cómo estaba y esquivando mi mirada.
—Aquí estoy —su voz no expresó ninguna emoción ni para bien ni para mal—. ¿Qué querías decirme?
Respiré hondo. Había ensayado ese momento durante días.
—Te amo —sentí que la voz me temblaba—. Y creo que lo nuestro todavía tiene arreglo. Hemos cometido errores los dos, pero...
No me dejó terminar.
—Amalia.
Esperé.
—No entiendes.
Negó lentamente con la cabeza.
—Ya no puedo.
Hizo una pausa.
—Y tampoco quiero.
No recuerdo qué ocurrió alrededor. Todo pareció detenerse y quedarse en completo silencio. Solo sus palabras haciendo un hueco en mi pecho. Las lágrimas amenazaban con salir, pero hice un esfuerzo desesperado por contenerlas. Después de todo, no quería llorar delante de él.
Por alguna razón que todavía hoy me cuesta explicar, le di las gracias por lo que habíamos vivido y por su sinceridad y me puse de pie.
—De verdad espero que seas feliz.
Él también se levantó.
—Te acompaño a tomar un taxi.
Le dije que no con la cabeza.
—No hace falta.
Di un paso. Él dio otro detrás de mí.
Me giré y le dije con firmeza.
—Si tantas veces me dejaste sola cuando más te necesitaba..., ¿qué más da una última vez?
Por un instante pareció no entender de qué hablaba. Aun así, siguió caminando a mi lado. Ninguno volvió a decir una palabra durante los trescientos metros de recorrido que hicimos hasta la avenida.
Cuando el taxi se detuvo frente a nosotros, me giré para mirarlo y durante un segundo quise olvidar todo y volver a abrazar al hombre del que me había enamorado.
Lo abracé como quien se aferra a una rama a punto de resquebrajarse para no caer a un abismo, pero que sabe que la gravedad es inevitable al igual que la caída.
Me subí al taxi, cerré la puerta, y mientras el carro comenzaba a alejarse, comprendí que había cosas de las que uno no puede marcharse poco a poco. Hay personas que solo se pueden dejar atrás de una vez. Aunque el corazón tarde mucho más que los pies en aceptar que el camino terminó.