Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 5
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Capítulo 5

Las discusiones entre Esteban y yo empezaron a convertirse en parte de nuestra rutina.

Había días en los que despertaba convencida de que, por fin, todo estaba bien. Nos reíamos por cualquier tontería, cocinábamos juntos, hacíamos planes para el siguiente fin de semana y hablábamos del futuro como si llevara años esperándonos.

Y entonces ocurría algo.

Algo tan pequeño que, visto desde afuera, parecía imposible que pudiera desencadenar una pelea.

—¿Me pasas la cuchara? —me dijo una tarde mientras terminaba de servir el almuerzo.

La tomé del escurridor y se la extendí.

Él no la recibió de inmediato.

—Llevo rato pidiéndotela.

Lo miré asombrada.

—¿Cómo? Si apenas...

—Nunca prestas atención.

Me quedé con la cuchara suspendida entre los dos.

Quise decirle que solo habían pasado unos segundos, que probablemente no nos habíamos entendido, pero ya conocía esa expresión. Su mandíbula estaba tensa y evitaba mirarme directamente.

La discusión ya había empezado.

Otro día fue porque no recordé el nombre de un compañero de su trabajo. Otro, porque no encontré unas llaves lo suficientemente rápido para él. Siempre había un motivo. O, al menos, él encontraba uno.

Después de cada discusión ocurría exactamente lo mismo.

Tomaba las llaves.

—Me voy.

La puerta se cerraba.

Y el silencio comenzaba a llenar toda la casa.

Las primeras veces intenté seguir con mi vida. Me sentaba frente al computador para trabajar, abría documentos, respondía correos, intentaba concentrarme.

No podía.

Terminaba mirando el teléfono cada pocos minutos, esperando un mensaje, temiendo que llegara o preguntándome si debía escribirle primero.

Solo recuperaba la calma cuando lo veía regresar o cuando su nombre iluminaba la pantalla de mi celular.

Lo peor ocurrió unas semanas después.

Un viernes en la noche estábamos en su apartamento viendo una película acostados en la cama. Afuera llovía y la habitación estaba apenas iluminada por la luz del televisor.

Sonó una notificación en mi celular.

Sin pensarlo, pausé la película.

—Voy al baño.

Tomé el teléfono por costumbre y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.

Ni siquiera miré quién había escrito.

Cuando regresé, el silencio me hizo detenerme en la puerta.

La película seguía pausada.

Esteban estaba sentado al borde de la cama y no apartaba la vista de mí.

—¿Qué pasó? —pregunté.

No respondió.

Solo señaló mi bolsillo.

—Saca el celular.

Sentí un ligero vacío en el estómago.

—¿Para qué?

—Quiero ver quién te escribió.

Pensé que estaba bromeando. Hasta sonreí, pero él no.

—Esteban...

—¿Quién fue?

—No lo sé. Ni siquiera lo he mirado.

—Entonces enséñamelo.

—No entiendo por qué tendría que hacerlo.

Su expresión cambió.

—Porque eres mi novia.

—Precisamente por eso no tendría que demostrarte nada.

Se puso de pie.

Muy despacio.

—¿Tienes algo que esconder?

Negué con la cabeza.

—No.

—Entonces dámelo.

Me quedé donde estaba.

Nunca nadie me había pedido revisar mi celular y había algo dentro de mí que me decía que si cedía esa vez ya no habría retorno, perdería mi privacidad por completo.

—No.

La palabra salió más firme de lo que esperaba. Durante un instante ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la ventana.

—¿No? —repitió.

—No.

Lo siguiente ocurrió tan rápido que mi cabeza tardó unos segundos en entenderlo.

Sentí un golpe seco en la mejilla. El sonido llegó antes que el dolor. Mi cuerpo se movió hacia un lado por la fuerza del impacto. Lo miré sin entender por qué lo hacía. Sabía que era temperamental, pero nunca lo imaginé capaz…

Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar porque el segundo golpe llegó directo al estómago. El aire no solo salió de mis pulmones, sino que pareció abandonar todo mi cuerpo y me costaba tomarlo de nuevo. Tuve miedo de no poder volver a respirar.

Me doblé sobre mí misma y las lágrimas comenzaron a salir solas, no por el dolor, sino por estar ahí tirada, incapaz de reaccionar.

—¡Mírame cuando te estoy hablando! —seguía gritando.

Pero ya no distinguía sus palabras. Solo veía su boca moviéndose. Retrocedí como pude hasta chocar con la pared. Abracé mis piernas contra el pecho, esperando que todo terminara.

Quería levantarme, salir corriendo, defenderme, pero me sentía atrapada.

No sé cuánto tiempo pasó, quizás segundos o minutos, pero cuando pude respirar con total normalidad, apoyé las manos en el piso y me puse de pie.

Él seguía hablando, pero yo hacía rato que había dejado de escuchar. Tomé mi bolso como pude, caminé hasta la puerta y salí sin decir una sola palabra.

Empecé a caminar sin saber hacia dónde. Cada paso me alejaba de su apartamento, pero no conseguía alejarme de repetir lo sucedido una y otra vez en mi cabeza. Me toqué la mejilla; ardía. Bajé la mano hasta el estómago y también me dolía.

Pero había algo que me dolía mucho más. ¿Cómo era posible que el hombre que, apenas unos días antes, me había dicho que yo era el amor de su vida acabara de golpearme?

Seguí caminando. No lloraba; las lágrimas simplemente salían de mis ojos sin hacer ningún esfuerzo para ello.

En medio de la calle intentaba convencerme de una única cosa: esto se acabó.

Esta vez sí. No importaba cuánto lo quisiera, ni las canciones, ni las cartas escondidas, ni muchísimo menos los planes para el futuro; no existía ninguna razón que justificara lo que acababa de hacer.