Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 4
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Capítulo 4

A la mañana siguiente me desperté y no había recibido ningún mensaje de respuesta ni una llamada, así que seguí con la idea de mi amiga, darle espacio a la situación aunque eso significara soportar una angustia devastadora.

Me bañé, desayuné, hice varias cosas en la casa. Los minutos seguían pasando y la respuesta que tanto necesitaba para calmarme no llegaba. Tuve un arrebato de ira y cogí el teléfono, ya era el momento de que me diera la cara.

Escuché su voz seria al otro lado de la línea: “Aló”, y toda mi furia se desvaneció.

Le dije que estaba realmente preocupada, que solo quería saber cómo estaba, y su voz se fue suavizando un poco.

Unos minutos después me explicó que se había sentido muy mal porque me estaba contando algo que para él era importante y que yo parecía más interesada en lo que estaba sucediendo en la otra mesa. Le prometí que no volvería a pasar.

Lamentablemente la felicidad sol o duró tres días. Quedamos en que me recogería después del trabajo para ir al cine. No alcancé a salir a tiempo porque mi jefe me pidió algo de último minuto y tuvo que esperarme en la calle. Nos saludamos con un beso y me monté en el carro.

Apenas cerré la puerta del carro, noté su cuerpo tenso y su mirada esquiva.

Esteban encendió el motor, pero no arrancó de inmediato. Mantenía la vista fija en el parabrisas mientras apretaba el volante con ambas manos.

—¿Ni siquiera me vas a tomar de la mano? —preguntó sin mirarme.

Lo observé confundida.

—¿Qué?

—No llegaste a la hora acordada y ni siquiera me tomas de la mano.

Me quedé estupefacta sin saber qué decir.

—Esteban…, solo venía pensando.

No respondió y durante unos segundos solo se escuchó el ruido del motor y los carros alrededor. Pensé que la conversación había terminado, pero estaba equivocada.

—Y otra cosa —dijo sin apartar la vista de la carretera—. Yo no soy tu conductor.

Giré la cabeza.

—¿Cómo?

—Si te digo que voy a recogerte a una hora, es porque a esa hora debes estar. No voy a quedarme esperándote como si fuera tu chofer.

Tardé unos segundos en entender de qué hablaba.

—Solo fueron unos minutos. Me entretuve porque...

—Siempre tienes una explicación.

Intenté responder, pero levantó la voz.

—No. Déjame terminar.

Sentí un nudo en el estómago.

—Mi tiempo vale exactamente lo mismo que el tuyo. No puedes hacerme esperar y después actuar como si no hubiera pasado nada.

Miré por la ventana.

Las luces de la ciudad pasaban una tras otra mientras el silencio volvía a instalarse entre nosotros. Respiré hondo.

—Tienes razón. Lo siento. No volverá a pasar.

Esperé que eso bastara pero no fue así.

—Ese es precisamente tu problema.

Golpeó el volante con la palma de la mano.

—¿Crees que con decir perdón todo queda arreglado?

Continuó hablando, una frase detrás de otra.

No importaba lo que dijera; parecía tener preparada una respuesta antes incluso de escucharme.

—Esteban...

No se detuvo.

—Ya entendí. Te pedí disculpas.

Siguió hablando.

—Por favor, basta.

Nada, su actitud seguía escalando como si hubiera descubierto que estaba con otro o incluso que hubiera cometido un crimen.

Entonces exploté.

—Si de verdad no puedes entender que un imprevisto le puede pasar a cualquiera, entonces para el carro.

Por primera vez me miró.

—¿Qué acabas de decir?

—Que pares el carro. Déjame aquí. No quiero seguir discutiendo. Prefiero irme a mi casa.

No buscó conciliar ni que habláramos; su reacción fue reducir la velocidad, prender las luces estacionarias y parquear el carro a un lado de la vía.

—Bájate.

Sentí que mi cuerpo se paralizaba sobre la silla y pensé que esto no podía estar pasándome otra vez. Lo miré esperando encontrar alguna señal de que estaba bromeando, pero su expresión era fría y distante, como si solo estuviera esperando a que me bajara.

Abrí la puerta, bajé del carro y, apenas la cerré, aceleró sin siquiera dudarlo un segundo. Me quedé parada en medio de la calle sin saber a dónde mirar. Era la segunda vez que lo hacía.