Capítulo 3
Esteban llegó a mi vida como un aire fresco que yo misma no sabía que necesitaba.
Era diferente a los hombres que solía conocer.
En mi pasado me había fijado en personas más maduras, estables, estructuradas…
Hombres que sabían exactamente quiénes eran y qué querían.
Él no era así. Esteban tenía una espontaneidad que me descolocaba, una alegría sin pretensiones.
Hubo algo que desde el principio no me gustó: su forma de beber. No todos los fines de semana, pero cuando lo hacía, llegaba al punto de perderse. “No busco marido”, me repetía. “Solo alguien con quien compartir algunos momentos”.
Esa mentira funcionó por un tiempo.
Porque cuando me dijo que quería tener algo serio conmigo y yo estaba tan fascinada por sus detalles, palabras dulces, por su encanto en general, le respondí que no podría ser de ninguna otra forma.
Durante tres meses, Esteban estuvo presente en cada rincón de mi vida.
Me escribía a diario para preguntarme cómo había estado mi día, qué pensaba sobre cualquier tema o simplemente para recordarme que estaba pensando en mí.
Me dedicaba canciones, imaginaba en voz alta el futuro que construiríamos juntos y repetía, con una convicción que parecía imposible de cuestionar, que yo era la mujer con la que siempre había soñado.
Todo ocurrió con una intensidad que me desarmó. En muy poco tiempo me aseguró que se había enamorado de mí, que yo era el amor de su vida y que nunca había sentido algo semejante por nadie más.
Cuando se quedaba a dormir en mi casa, dejaba pequeñas notas escondidas entre las páginas de un libro, dentro de un cajón o junto a la cafetera.
Siempre aparecían cuando menos las esperaba.
Eran mensajes breves, pero suficientes para hacerme sonreír durante horas y convencerme de que estaba viviendo una de esas historias de amor que solo parecen existir en las películas.
Por eso, cuando ocurrió lo del restaurante aquella noche, decidí verlo como un hecho aislado.
Uno de esos errores que cualquier persona puede cometer en un mal momento.
Creí que no era justo definir a alguien por un solo episodio y que, como todos nosotros, también merecía la oportunidad de reconocer su error y enmendarlo.
Fue un sábado. Quedamos en ir a comer a un restaurante nuevo ubicado en una de las colinas al norte de la ciudad. Me hacía especial ilusión porque era un lugar de comida fusión y, por las fotografías, tenía una decoración llamativa y una vista amplia para ver el atardecer.
No quedaba demasiado lejos, pero tampoco era un sitio al que se llegara por casualidad. Había que reservar y buscar el lugar para llegar allí, y eso me parecía perfecto para una velada romántica.
El trayecto en carro nos tomó unos treinta minutos. Durante el camino tuvimos una conversación trivial, comentamos algunos planes para la semana siguiente y escuchamos música.
Cuando llegamos, nos acomodaron junto a una de las ventanas con vista, tal como lo había imaginado.
Mientras revisábamos la carta, seguimos conversando sobre cómo había estado nuestro día.
Esteban me estaba contando los problemas que uno de sus compañeros de trabajo tenía con unos equipos cuando un ruido proveniente de una esquina del restaurante llamó mi atención.
Instintivamente giré la cabeza. Una pareja ocupaba una mesa cercana. Al principio no entendí qué estaba pasando, pero algo en sus expresiones hizo que me quedara observándolos unos segundos más.
Al parecer estaban discutiendo porque ella estaba interesada en un compañero de trabajo, y aunque le repetía que no había pasado nada, que solo eran buenos colegas que compartían sus asuntos laborales y personales como amigos cercanos, él le reclamaba que no era normal la cercanía que tenían.
Cuando volví la mirada, Esteban se estaba levantando de la mesa, tomando su chaqueta y con un tono suave me dijo: “Ni siquiera podés prestarme atención; esto es una falta de respeto. Yo me voy de aquí; usted verá cómo llega a su casa”.
Lo vi alejarse hacia el parqueadero esperando que fuera una broma, seguro me estaba tomando el pelo porque no podía ser cierto que en realidad estuviera molesto conmigo por haber puesto mi atención por unos segundos en otra cosa que no fuera él. Así que me quedé sentada en la mesa.
Los minutos pasaron y él no regresaba. No tenía vehículo para devolverme, mi bolso con todas mis pertenencias había quedado en su carro y apenas me percataba de ello, y además, estaba allí sola, sentada en una mesa, después de haber llegado acompañada, y sentía la mirada de los meseros y las otras personas a mi alrededor como juzgándome o diciendo “pobre chica, parece que la dejaron sola”.
Quisiera poder decir que estar sentada sola en aquella mesa era una sensación desconocida para mí, pero no lo era. No era la primera vez que alguien me dejaba atrás y, desde muy pequeña, había aprendido a enfrentar ese tipo de situaciones.
Tenía el celular en la mano, así que respiré hondo y me dispuse a resolver el problema con aparente tranquilidad.
Así que llamé al mesero, ordené una copa de vino, algo para comer y traté de actuar como si fuera completamente normal que Esteban se hubiera marchado.
Sin embargo, luego de unos cuantos minutos, mi corazón comenzó a desmoronarse.
De manera muy disimulada, le escribí varios mensajes preguntándole qué había pasado.
Al no responder, mi angustia y sentimiento de culpa se incrementaron y terminé escribiéndole que me perdonara. No sabía qué había hecho mal.
Mientras mi corazón latía cada vez más fuerte y mi pierna derecha no paraba de moverse, yo seguía absorta en comer el bistec que había ordenado y fingir que estaba tranquila para la audiencia a mi alrededor.
Casi pierdo los estribos cuando terminé, pedí la cuenta y el mesero que la llevó me preguntó:
—¿Desea que le ayude a pedir un carro?
Quise gritarle “déjeme en paz, yo puedo sola, no necesito ayuda de nadie”, pero al pensarlo sentí que las fuerzas me faltaban y me dieron ganas de llorar y decirle, “Sí, por favor, me siento humillada, necesito su ayuda”.
Afortunadamente, ninguna de las dos reacciones fueron más allá de mi cabeza y respondí en un tono neutral.
—No, muchas gracias, ya vienen a recogerme.
No tenía que decirle quién, yo sabía perfectamente que un carro me recogería, pero con eso dejé implícito en el aire que la persona que me había llevado volvería por mí.
Salí del restaurante con toda la calma y el aplomo que me quedaban y me fui para el parqueadero a esperar el carro que se demoró alrededor de veinte minutos en llegar. Seguía enviándole mensajes a Esteban sin obtener respuesta.
Al llegar a mi casa me preocupé, pensé que le había pasado algo malo.
Tuve que llamar a una amiga para que me tranquilizara, me dijo que no llegara a ninguna conclusión todavía, que a veces es necesario darles un poco de tiempo a las situaciones y las personas, y que seguramente al día siguiente el mismo Esteban me explicaría lo sucedido y tendríamos el chance de aclarar el incidente, que era normal que entre dos personas que apenas se estaban conociendo se presentaran malentendidos.
Logré conciliar el sueño gracias a sus palabras.