Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 2
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Capítulo 2

Pasaron unas dos semanas desde aquella cena hasta que recibí un mensaje por una red social. “Me encantó conocerte. ¿Te gustaría tomar un café para continuar nuestra conversación?”.

Ese mensaje fue una descarga de adrenalina, como si hubiera decidido tirarme al vacío para conocerlo.

Le respondí: “A mí también me encantó conocerte. Claro que quiero ese café”.

Le pasé mi número y empezamos a conversar por mensajes.

A los dos días ya hablábamos por teléfono como adolescentes sin nada más que hacer que contarnos la vida.

Curiosamente, nuestra primera cita no fue tomar ese café.

Decidimos salir a comer, algo más relajado, más propicio para seguir hablando, que era lo que mejor hacíamos.

Quedó de recogerme un viernes a las siete. No quise arreglarme mucho porque no quería que se me notara que llevaba días esperando ese encuentro. Jeans , una camisa, tenis y un gabán. Sencilla. “Casual” y sobre todo disimulada.

Aunque me repetía que no buscaba nada serio, que solo quería conocerlo, lo cierto es que me inquietaba mi propio entusiasmo.

Mi relación anterior había terminado hacía relativamente poco.

Habíamos construido un proyecto de vida durante cinco años, y aun cuando la ruptura fue lenta y civilizada, una separación siempre deja grietas.

Me daba miedo precipitarme, perderme en otra historia que no sería solo la mía.

Pero con Esteban la conversación fluía sin esfuerzo. Cenamos, nos reímos, compartimos historias. Cuando el restaurante cerró, seguimos conversando dentro del carro. Ni él ni yo queríamos despedirnos. Las primeras luces del amanecer nos sorprendieron allí sentados, sin poder soltar el momento.

Y aun así, no nos despedimos.

Me invitó a desayunar a las afueras de la ciudad. Un gesto impulsivo, romántico, absurdo… y perfecto. Comimos, hicimos planes, hablamos de películas, de viajes, de tonterías. Volvimos a la ciudad en completo silencio, pero era un silencio cómodo y satisfecho.

Al llegar a mi edificio, cuando ya no había excusas para demorar la despedida, nos dimos nuestro primer beso: suave y pausado, como si ambos estuviéramos probando un territorio nuevo sin querer arruinarlo.

Nos despedimos porque teníamos que hacerlo, no porque quisiéramos. Yo subí a mi apartamento con una sonrisa que no podía ocultar. Un par de horas después, desperté con un mensaje suyo: “Espero que hayas descansado. Me gustó mucho el beso que nos dimos”.

Y sentí cómo, poco a poco, casi sin darme cuenta, algo en mi interior comenzaba a inclinarse hacia él.