Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 1
22%

Capítulo 1

Conocí a Esteban Cardona hace tres años. Todavía recuerdo aquel día con una claridad que me incomoda, como si hubiera quedado tatuado en algún lugar del que nunca he podido arrancarlo.

Llegué a mi apartamento poco después de las seis de la tarde sintiendo que el cuerpo ya no me pertenecía. Me dolía la espalda, los párpados me pesaban y solo quería quitarme los zapatos, ponerme la pijama y desaparecer del mundo durante unas horas.

Había sido uno de esos días en los que todo parece salir mal.

A primera hora, mi jefe me envió un correo señalando mi bajo desempeño por no haber cumplido las metas del trimestre.

Al mediodía, mi madre me llamó para recordarme, una vez más, lo mala hija que era porque no la visitaba lo suficiente.

Y, para rematar, Karla, una de mis mejores amigas, seguía molesta porque el fin de semana anterior cancelé nuestros planes a última hora.

Lo único que quería era pedir algo de comer, acostarme en la cama con una película y olvidarme de que el mundo existía. Fue entonces cuando vi la notificación en mi celular.

Cumpleaños de Tatiana. ¡Lo había olvidado por completo!

Después de la discusión con Karla, la idea de fallarle también a Tatiana no me parecía lo más inteligente. Así que, aunque mi cuerpo me pedía exactamente lo contrario, me metí a la ducha.

Tatiana ya me había advertido entre risas que si faltaba a su cumpleaños “no me lo iba a perdonar jamás”. Y yo sabía que, aunque lo decía en broma, había algo de verdad en esas palabras.

Pasé más de dos horas frente al guardarropa intentando decidir qué ponerme.

Nunca me ha gustado sentir la presión de cómo “debo” lucir para encajar, esa absurda expectativa social que marca cómo debe verse una mujer: lo suficientemente delicada, pero no tanto; inteligente, pero no demasiado; atractiva, pero sin excesos.

Pero esa noche no podía quedarme pensando, solo debía escoger algo que ponerme y listo.

¿Pantalón ancho con camisa ajustada? ¿Vestido corto?

¿Vestido largo? ¿Falda? ¿Pelo recogido o suelto?

Nada me convencía. Finalmente me obligué a elegir: un pantalón no muy ajustado, una blusa sin escote y sin mangas que dejaba ver mi figura, y unas botas con accesorios de colores.

Sobrio, pero con estilo. En el espejo, como siempre, me vi pesada y aburrida.

Llegué al restaurante unos minutos después de las nueve. Había unas quince personas, algunas conocidas, otras no tanto. Saludé a Tatiana, me disculpé por no llevar regalo y ocupé la única silla libre.

A mi izquierda estaba una compañera de trabajo de Tatiana hablando con su novio y a mi derecha, un hombre que nunca había visto ni escuchado nombrar: Esteban. Parecía agradable. Vestía jeans , zapatillas casuales y una camisa de manga larga recogida hasta los codos.

Sentí un nerviosismo extraño. Las piernas no me dejaban en paz, y mis manos jugaban con los cubiertos. Lo miraba en ese juego silencioso que todos hemos vivido alguna vez: preguntarnos si el otro nos ve, si le agradamos, si seremos atractivas a sus ojos. Pero no sabía cómo iniciar una conversación.

Hasta que lo escuché:

—¿Me pasas el agua, por favor?

Actué como autómata. Extendí la mano, le pasé la jarra y ni siquiera lo miré. Mi garganta se cerró. Pero él insistió, amable:

—¿Hace cuánto conoces a Tatiana? Nunca te había visto.

Levanté la cabeza. Tenía unos ojos negros enormes que capturaron los míos sin esfuerzo. Esa mirada me atrapó desde el primer segundo, y ese día, y muchos que siguieron, me costó escapar de ella.

Me quedé embobada. Me sostuve en sus ojos, en su sonrisa cálida, en sus manos grandes que imaginé sosteniéndome con fuerza y suavidad a la vez. Cuando reaccioné, decidí hablar.

—Somos amigas desde pequeñas. Solo que a veces rechazo sus invitaciones…, creo que soy más de planes tranquilos, en casa.

Él sonrió, cómplice.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Cómo conoces a nuestra amiga en común?

—En una cafetería hace unos años —respondió—. Estaba peleando con la mesera porque le había puesto azúcar al café, y tuve que intervenir.

Nos reímos. Conocíamos demasiado bien esa faceta de ella.

Y así comenzó una conversación que duró toda la noche.

Al final, me alegré de haber ido. Lo curioso es que ninguno pidió el número del otro. No sabía si nos veríamos de nuevo, y esa incertidumbre me inquietó…, pero no quise ponerme a pensar en ello; me mantuve ocupada en el trabajo y las responsabilidades cotidianas.