Capítulo 7
Sentado en medio de la oscuridad, los recuerdos regresaron una vez más. Veinticinco años después, seguían llegando con la misma precisión.
A veces pensaba que el tiempo no había pasado desde aquella noche. Que una parte de él continuaba atrapada allí, repitiendo una y otra vez las mismas preguntas, como si en algún momento fuera posible encontrar una respuesta distinta.
¿Por qué no insistió? ¿Por qué dejó ir al señor Soto solo? ¿Por qué decidió callar?
Todavía podía recordar el olor del hospital cuando visitó al señor Soto días después del secuestro. El hombre permanecía conectado a varios monitores, con el rostro cubierto de hematomas y una venda alrededor del pecho.
Fue allí donde finalmente descubrió lo que no encajaba en la historia.
Todo había comenzado meses atrás, cuando el menor de los Soto volvió a buscar a la familia.
Atravesaba problemas económicos y el señor Soto quiso ayudarlo.
Lo dejó quedarse unas semanas en la casa familiar creyendo que se trataba de una mala racha temporal.
Pero un día descubrió que le estaba robando.
No tenía ninguna distinción, se había llevado dinero, joyas, cualquier objeto de valor.
Esa misma noche, sin siquiera consultarlo con su esposa, lo expulsó de la casa. Todo parecía indicar que se marchó avergonzado, prometiéndole que jamás volvería a causarle problemas.
Pablo percibió que lo sucedido no se trataba solo de dinero, sino que detrás había resentimiento y años de silencio.
El padre de los Soto había dejado la administración de todo el patrimonio familiar al hijo mayor, junto con la enorme casa donde crecerían las siguientes generaciones de la familia.
Los demás hermanos recibieron la parte de la herencia que les correspondía al cumplir la mayoría de edad, pero ninguno tendría jamás el control de los bienes.
Su hermano menor nunca aceptó aquella decisión. Gastó su herencia en pocos años. Automóviles, viajes, apuestas y fiestas consumieron el dinero que varias generaciones habían tardado décadas en construir. Cuando ya no le quedó nada, regresó.
El señor Soto le ofreció un puesto en la empresa familiar. Quería darle una oportunidad para empezar de nuevo.
—Decía que trabajar era para la gente que necesitaba ganarse la vida —recordó con la voz quebrada—. Que él ya había nacido con dinero.
Pablo no respondió. Había algo en la expresión del hombre que le impedía apartar la mirada: no era rabia, sino culpa.
—Creí que solo estaba desesperado —continuó Soto después de unos segundos—. Pensé que las deudas lo habían llevado demasiado lejos.
Fue entonces cuando comprendió que la primera llamada no provenía de un desconocido sino de su hermano y por eso nunca acudió a la policía.
Creía conocerlo y pensó que detrás de las amenazas solo había un hombre acorralado, incapaz de aceptar su fracaso. Estaba convencido de que, si aceptaba reunirse con él y entregarle el dinero que exigía, Emma volvería a casa sana y salva.
Después de todo, el dinero siempre podía recuperarse, pero Emma no
Siempre había pensado así. Los negocios podían quebrar y volver a levantarse. Las cuentas podían vaciarse y llenarse otra vez. Lo único irremplazable era la familia. Pero aquella noche fue claro que su hermano llevaba años dejando de pensar como un alguien razonable.
Se encontraron en un parqueadero abandonado a las afueras de la ciudad. En la distancia pudo ver a Emma, sujetada con fuerza por un brazo y lágrimas en sus ojos.
Intentó mantener la calma y levantó un poco, lo que pudo, el bolso en el que llevaba el dinero, y le dijo que podía quedarse con todo lo que quisiera, que lo único que importaba era recuperar a su pequeña, que la dejara ir.
Durante unos segundos creyó que estaba funcionando. Pero entonces algo cambió en los ojos de su hermano. Comenzó a gritar y años de resentimiento salieron de golpe. Lo acusó de haberle robado la vida que merecía. De quedarse con la casa. Con la empresa. Con el respeto de su padre. Con todo.
El arma temblaba en su mano y Emma no paraba de llorar a su lado sin entender lo que sucedía.
El señor Soto comprendió que ya no estaba negociando con un hombre desesperado sino que estaba frente a alguien consumido por el odio.
Entonces ocurrió. No sabía decir si había sido un accidente o algo intencional. El señor Soto se lanzó por Emma mientras dejaba el dinero a un lado para que su hermano lo tomara. Logró sujetarla por los hombros y tirar de ella hacia sí, pero su hermano reaccionó de inmediato.
Los dos cayeron al suelo. El arma salió despedida unos centímetros.
Todo ocurrió en tan solo unos segundos y la memoria desdibujó los detalles. Se empujaron, rodaron sobre el concreto intentando imponerse el uno al otro, y entonces…, se escuchó un disparo.
El recuerdo pareció como si volviera a recibir los disparos en su pecho. El señor Soto bajó la mirada y durante varios segundos fue incapaz de continuar.
Pablo permaneció en silencio. En realidad, no había mucho que decir.
—Cuando la vi... —susurró finalmente.
—Ya estaba muerta. La bala le atravesó la cabeza.
El padre se cubrió la cara son las manos. Como si todavía intentara borrar aquella imagen. Las lágrimas comenzaron a deslizarse entre sus dedos.
—Mi hermano me miró... y sonrió.
Pablo sintió un nudo en el estómago.
—Como si hubiera conseguido exactamente lo que quería.
El señor Soto respiró con dificultad antes de continuar.
—Después me disparó a mí.
Instintivamente llevó una mano a la herida vendada en el costado.
—Y huyó con el dinero.
El silencio regresó.
En el hombre frente a él, Pablo pudo ver no solo el dolor, también el arrepentimiento y la culpa.