Capítulo 6
Meses después de la muerte de Emma, Sofía y Pablo estaban en una reunión liderada por Restrepo y en la cual se encontraban varios de sus colegas. Pablo pasó cuarenta minutos analizando las fotografías de un sospechoso sin notar la cicatriz que ocupaba media mejilla. Restrepo tuvo que señalarla.
—¿La estás viendo o no?
Pablo levantó la vista.
—¿Qué?
Un silencio incómodo recorrió la sala. Antes habría detectado aquel detalle en menos de diez segundos. Ahora ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba mirando las imágenes.
Sofía intentó cubrirlo.
—Comandante, disculpe. Le acabo de entregar el expediente a mi superior y no ha tenido tiempo de mirarlo con calma, pero ya nos ponemos a trabajar en el caso.
Cada vez pasaba con más frecuencia. El hombre que antes resolvía casos imposibles comenzó a llegar tarde, olvidar instrucciones y perder interés incluso en las investigaciones más importantes. Seguía siendo bueno en su trabajo, pero había algo ausente en él.
Sofía intentó cuidarlo como se cuida a un padre, y ayudarlo pensando que se trataba de algo temporal. Quería recordarlo como el hombre que había conocido unos pocos años atrás.
Sofía llegó al cuerpo de policía con solo veintitrés años y el deseo de cambiar el mundo con pequeñas acciones cotidianas. Estaba nerviosa por su primer día, pero al mismo tiempo a la expectativa de comenzar una experiencia que le ayudaría a formarse mejor en la carrera que había seleccionado.
Llegó a la estación con la vista fija en el celular, repasando por enésima vez el correo que la asignaba como aprendiz del investigador Pablo Torres, de la Estación 40.
Mientras subía las escaleras, volvió a leer el nombre para asegurarse de que no había cometido ningún error.
Fue entonces cuando, al llegar al último escalón, chocó de lleno contra un hombre que bajaba en dirección contraria.
—Lo siento —se apresuró a decir.
Sin darle mayor importancia, continuó hasta la recepción y preguntó por Pablo Torres. La recepcionista señaló hacia las escaleras.
—Si se refiere al investigador Torres, acaba de chocarse con él.
Pablo era simple pero efectivo. Cualquier actividad que realizaran juntos, fuera de trabajo o personal, era una oportunidad para aprender algo nuevo. Ese mismo día la invitó a almorzar y apenas se sentaron, le preguntó cuántas personas había en el restaurante.
—Sin mirar otra vez —aclaró.
Sofía intentó recordarlo, pero fue incapaz de responder.
Entonces Pablo comenzó a describirlas una por una. La ropa que llevaban, dónde estaban sentadas e incluso cuáles pertenecían al cuerpo policial porque tenían un arma consigo que no se podía detectar a simple vista.
Después miró hacia una de las mesas del fondo.
—En unos segundos esa mujer va a desmayarse.
Sofía alcanzó a fruncir el ceño antes de que ocurriera exactamente eso.
Todavía recordaba la impresión que sintió aquel día.
Cuando le preguntó cómo había sabido todo eso, Pablo simplemente respondió:
—Los rostros siempre hablan. La mayoría de la gente no presta atención.
Sofía lo admiró profundamente. Por eso le dolió tanto verlo deteriorarse después de perder a Emma.
Al principio intentó ayudarlo haciéndose cargo de parte del trabajo. Después comenzó a acompañarlo en casi todas las investigaciones para evitar que terminara enfrentándose solo a Restrepo o al resto del departamento.
Con el tiempo dejó de intentar rescatar al antiguo Pablo. Aprendió a conformarse con los pequeños momentos en que reaparecía, algunas observaciones brillantes o una intuición repentina. Destellos breves del hombre que había conocido.
En casa, las cosas tampoco sobrevivieron demasiado tiempo. Laura intentó ayudarlo durante meses. Lo acompañaba en silencio, insistía en que buscara apoyo, intentaba mantener cierta normalidad por Amalia.
Pero Pablo cada vez estaba más lejos.
Una tarde regresó del trabajo y se encerró en el estudio, como hacía casi todos los días desde lo sucedido.
Permaneció allí durante horas hasta que Laura tocó la puerta.
—Esto no puede seguir así —le dijo desde el otro lado—. Amalia necesita a su padre. Y yo necesito a mi esposo.
Pablo cerró los ojos. Sabía que ella tenía razón.
Pablo salió del estudio, fue hasta la habitación y tomó una pequeña maleta. Guardó algo de ropa sin pensar demasiado en lo que elegía.
Laura lo observó desde el pasillo sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué estás haciendo?
Pablo no respondió.
Se limitó a tomar las llaves y salir de la casa.