Capítulo 5
Giró la llave de la puerta y esperó unos segundos antes de entrar.
Ante el silencio, abrió la puerta y entró.
La oscuridad de la casa lo recibió. No encendió las luces.
Avanzó despacio por el corredor hasta llegar al sillón de la sala.
Hacía mucho tiempo que aquel lugar había dejado de sentirse como un hogar.
El frío parecía quedarse atrapado entre las paredes durante el invierno, y en verano el aire se volvía tan pesado que le costaba respirar.
No encontraba nada allí que lo vinculara emocionalmente más allá de los recuerdos que atesoraba en un pequeño baúl; de resto era solo un espacio para dormir y, en algunas ocasiones, beber y sobrevivir a los recuerdos.
Dentro de unos meses se cumplirían veinticinco años de la muerte de Emma. El tiempo había avanzado con una crueldad implacable, pero en su interior, la vida se había detenido en aquella noche.
A veces todavía podía escuchar el mensaje de la radio. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el respaldo. Se movió incómodo en el asiento. Tal vez no las había protegido de nada. Tal vez solo había escapado.
La idea apareció de nuevo, insistente, como una puerta mal cerrada que el viento no deja de golpear. Llevaba casi tres décadas haciendo exactamente eso: alejándose.
Abrió los ojos lentamente. El reflejo de los carros sobre la calle atravesaba por momentos la sala y desaparecía otra vez. No le gustaba salir demasiado ni hablar con otros más de lo necesario.
Se levantó del sillón y caminó hasta la cocina. Abrió una botella de ron, sirvió un poco en un vaso de plástico que encontró en el fregadero y regresó a la sala. Mientras bebía, quiso recordar el día en que conoció a Laura.
Fue un día regular en su trabajo. Debido a una de sus investigaciones, tuvo que visitar el Museo Nacional para conocer más acerca de una obra de arte que podría haber sido el motivo principal de un asesinato y allí estaba ella, recibiendo a cada uno de los visitantes y respondiendo preguntas que parecían repetirse todos los días.
—¿Es cierto que el artista se inspiró en otra obra famosa?
—¿Cuánto vale esta colección?
—¿Cuál fue la última pintura que hizo antes de morir?
Laura respondía una y otra vez, sin cambiar el tono de voz y sin importar que se tratara de la misma pregunta. Aun así, cada respuesta parecía distinta. Nunca daba la impresión de cansarse.
Pablo comenzó a observarla con detenimiento. Esperaba descubrir algún gesto de fastidio o de enfado que la delatara y le demostrara que era imposible que alguien estuviera tan dispuesto a responder lo mismo una y otra vez sin molestarse. Pero el gesto nunca apareció durante sus visitas.
La quinta vez que coincidieron, Laura terminó acercándose directamente a él.
—O tienes una obsesión preocupante con el arte…, o me estás siguiendo.
Pablo recordó siempre la sonrisa con la que se lo dijo.
Intentó responder algo inteligente, pero su mente se vació de repente.
—Trabajo para la policía —dijo finalmente.
Laura levantó una ceja.
—Eso explica por qué tienes cara de sospechar de todo el mundo.
Pablo soltó una risa breve, incómoda.
—No puedo darte más información; podría ser peligroso.
Laura se quedó viéndolo unos segundos antes de estallar en una carcajada que terminó haciéndolo reír también.
—Perfecto —dijo ella—. Igual quiero saber toda la historia.
Recordaba cómo se quedó inmóvil. No dijo que sí o no, es más, no sabía si había movido por lo menos una ceja.
Laura sonrió al notar su desconcierto. Y así empezó todo.
Cuando conoció a Laura, no estaba enamorado.
Al menos no de la forma en que las películas insistían en mostrarlo.
Pero con ella encontró algo que no sabía que estaba buscando.
Podía ser él mismo sin ocultar su obsesión por los detalles ni moderar las observaciones que a otros les parecían extrañas.
Podía reír hasta quedarse sin aire. Cuando lo hacía, emitía unos sonidos que su familia comparaba con un camión frenando cuesta abajo.
Durante años había escuchado bromas al respecto.
Laura solo se reía y disfrutaba de su presencia.
Y cuanto más fuerte era aquel ruido, más reía ella.
También soportaba sus silencios. Había momentos en los que Pablo se quedaba quieto durante largos minutos, tan solo observando.
Le gustaba reparar en los gestos de las personas, la manera en que evitaban una mirada o apretaban los labios al escuchar ciertas palabras.
A veces hablaba de ello durante horas. Laura lo escuchaba como si fuera lo más normal del mundo.
Con el tiempo descubrió que ella asumía la vida de una forma completamente distinta. Decía lo que pensaba. Tomaba decisiones rápidas.
Pablo, en cambio, siempre estaba esperando el siguiente golpe.
No podían ser más diferentes y quizá por eso Laura consiguió desarmarlo tan rápido.
Con ella lograba olvidarse durante horas de los cadáveres, los interrogatorios y la parte más oscura de las personas que encontraba cada día en su trabajo.
A su lado, el mundo parecía un lugar menos hostil.
Nunca había imaginado casarse, sin embargo pocos meses después dijo que sí.
Celebraron la boda con un recorrido por Portugal.
Tiempo después, Laura le anunció que estaba embarazada.
Y nueve meses más tarde sostuvo a Amalia por primera vez.
Era tan pequeña y frágil. Dormida entre sus brazos, Pablo sintió algo tan inmenso que hasta el día de hoy no sabría cómo describir, un amor tan intenso y profundo que se le instaló en el corazón.
Con el vaso de ron todavía sin beber entre las manos, y para seguir solazándose en los recuerdos, Pablo abrió el baúl y sacó varias fotografías.
En una aparecían él y Laura junto a un automóvil durante el viaje por Portugal.
En otra estaban cenando con amigos en el jardín de una casa cuyo nombre ya había olvidado.
La última que vio era diferente. Laura sostenía a Amalia envuelta en una manta blanca pocas horas después de haber nacido.
Pablo se quedó mirándola y el frío le recorrió el cuerpo.
Ese instante congelado en papel era uno de los pocos recuerdos que todavía conservaba de ellos tres juntos porque semanas después tomó la decisión que terminaría rompiéndolo todo.
Se fue para nunca volver.