Capítulo 4
Mientras Restrepo organizaba el operativo en la sala, Pablo permaneció en silencio.
Escuchaba instrucciones, estrategias, posibilidades.
Restrepo quería actuar rápido. Su plan consistía en esperar una nueva llamada de los secuestradores, entregar el dinero y, a través de un operativo de rastreo, rescatar a Emma antes de que desaparecieran ella y el dinero.
En teoría no parecía tan mal, pero Pablo no dejaba de pensar en la expresión del señor Soto, en sus silencios, en la tensión entre él y su esposa.
Unos minutos antes los había encontrado en el estudio mientras discutían entre susurros, los padres ocultaban algo y no tenían tiempo para juegos de mentiras y adivinanzas.
Por experiencia sabía que las probabilidades de encontrar viva a la víctima disminuían drásticamente después de recibir el rescate.
Por lo general, terminaba siendo más fácil eliminar a cualquier testigo.
Para él, lo mejor era dilatar el pago con cualquier excusa, tratar de investigar más, presionar a la familia para obtener más información, buscar contradicciones y hacer un verdadero trabajo policial a conciencia, no solo acceder a las peticiones para luego utilizar la fuerza.
Pero no dijo nada. Estaba cansado de las confrontaciones con Restrepo, que ya estaban afectando su trabajo y provocando que algunos compañeros evitaran trabajar con él para no verse envueltos en situaciones que pudieran perjudicarlos frente a los altos mandos o comprometer sus ascensos.
Además, lo que menos necesitaba una familia angustiada era presenciar una discusión interna entre dos policías sobre la manera de proceder.
Restrepo no toleraba que lo contradijeran y si Pablo seguía cuestionando sus órdenes y los procedimientos de la institución le daría el pretexto que llevaba años buscando: encontrar una justificación legal para despedirlo. Así que aceptó el plan sin discutirlo.
La noche avanzó despacio, y aunque todos fingían mantenerse ocupados, la espera terminaba convirtiendo cualquier habitación en una especie de encierro silencioso.
Los agentes revisaban equipos, hacían llamadas cortas o caminaban de un lado a otro sin propósito alguno.
Cada cierto tiempo alguien miraba el teléfono esperando que los secuestradores se comunicaran. Pero nada ocurría.
Pasada la medianoche, el cansancio comenzó a imponerse.
La señora Soto permanecía sentada en el mismo lugar abrazándose los brazos. Restrepo hablaba en voz baja con el negociador mientras Sofía, la asistente de Pablo, intentaba mantenerse despierta frente al computador buscando alguna pista.
Uno a uno fueron cediendo al agotamiento.
Pablo se quedó en un sillón de la sala contemplando la casa en silencio.
El reloj marcaba las dos y diecisiete de la madrugada.
El señor Soto volvió a desaparecer por el corredor que conducía a las habitaciones.
Pablo siguió el movimiento con la mirada.
Algo le decía que debía levantarse y seguirlo, pero no lo hizo.
Finalmente, cerca de las cuatro de la mañana, el sueño terminó venciéndolo también.
Cuando despertó, todo seguía igual. No había ninguna noticia de Emma.
La luz grisácea del amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas cuando el señor Soto anunció que debía ir al banco para retirar el dinero. Todos callaron unos segundos y Restrepo, sin consultarlo con nadie, anunció que Pablo lo acompañaría.
Salieron en el carro de Pablo y el trayecto transcurrió en un silencio rotundo. Al llegar frente a la entidad bancaria, el señor Soto extendió el brazo y apoyó la mano sobre el pecho de Pablo.
—Por favor…, necesito hacer esto solo.
Pablo lo miró durante unos segundos. El padre parecía nervioso, pero en su rostro pudo ver una ceja levantada y una sutil elevación del mentón, gestos más cercanos al desprecio que al miedo.
Pensó en insistir, acompañarlo de todos modos.
Tal vez llamar a Restrepo y decirle que algo seguía sin encajar y que debían hacer lo que él pensaba, pero estaba cansado.
Ya llevaba demasiadas horas ignorando su propio instinto y no era el momento para arrepentirse, así que asintió y lo dejó entrar solo al banco.
Se bajó del vehículo y caminó hasta una silla del parque que quedaba al frente de las oficinas bancarias. Desde allí podía vigilar la entrada sin llamar mucho la atención.
Minutos después consultó el reloj. Había transcurrido más de media hora y el señor Soto aún no salía del banco. Aguardó veinte minutos más y, al cabo de otros diez, decidió que la espera se había prolongado demasiado. Se incorporó lentamente y cruzó la calle hacia la sucursal.
Al entrar se identificó de inmediato. El gerente, nervioso al reconocerlo, confirmó que el señor Soto había salido hacía más de treinta minutos con el dinero en un maletín.
—Salió por la puerta de atrás —explicó el hombre—. Por seguridad.
Durante un segundo, Pablo no reaccionó. Sintió un calor intenso que le recorrió el cuerpo. El padre nunca había querido involucrar a la policía, solo la madre había insistido, y como un novato que no conoce nada, lo había dejado solo.
Salió del banco maldiciendo e intentando comunicarse con Restrepo.
La llamada de la central llegó menos de una hora después. En un depósito cerca de la salida 36 de la autopista norte se presentaron unos disparos, en la radio informaron de un hombre herido que coincidía con la descripción del señor Soto y más adelante el mensaje que lo marcó para siempre:
—Niña, entre siete y nueve años, inconsciente, un impacto de bala.
No recordó cómo volvió al carro ni cuánto tiempo permaneció inmóvil antes de arrancar. Solo podía pensar en una cosa: nunca debió dejarlo solo. Tenía que haber estado con él todo el tiempo, insistir, seguir tirando del hilo hasta descubrir aquello que era evidente que le ocultaban.
Las frases comenzaron a repetirse una detrás de otra, cada vez más rápido, como si alguien se las susurrara al oído: “¡Cobarde! ¡Idiota! ¡Inútil!”.
Apretó las manos contra el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Ahora él podía volver a casa, abrazar a su hija y acostarla a dormir, pero los Soto no podrían y sentía que en parte era su responsabilidad.
Cuando llegó a la escena, Pablo entendió dos cosas. La primera, que jamás lograría perdonarse lo ocurrido. La segunda, que nunca volvería a confiar en Restrepo.
Desde aquella noche, la tensión entre ambos dejó de esconderse tras formalidades y cortesías.
Ya no se trataba de una diferencia de métodos ni de una disputa dentro del departamento.
Había algo más profundo, más difícil de contener, que se instalaba entre ellos cada vez que compartían una habitación.
La muerte de Emma le había dejado una grieta que no sabía cómo cerrar.
A veces, mientras examinaba las fotografías del caso, la mirada se le detenía en detalles insignificantes: una pulsera, un mechón de cabello, unas zapatillas…
Entonces la imagen dejaba de pertenecer a Emma Soto.
Por un instante, veía unos ojos que conocía demasiado bien, una risa que escuchaba cada noche al volver a casa.
Y apartaba la vista de inmediato.
Era un pensamiento que nunca se permitió pronunciar, ni siquiera para sí mismo.