Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 3
7%

Capítulo 3

La nana dobló la esquina y vio dos carros negros estacionados frente a la casa de sus patrones.

Apuró el paso. Intentó convencerse de que todo tenía una explicación sencilla.

Tal vez Emma ya había aparecido, alguno de los vecinos había llamado a la policía, o posiblemente estaba exagerando y la mujer de pelo negro la había llevado de regreso a casa.

Pero el silencio de la calle la inquietó todavía más. Cuando llegó al portón principal, buscó las llaves dentro del bolso con dedos temblorosos. Antes de que alcanzara a introducirlas en la cerradura, la puerta se abrió desde adentro.

Un hombre desconocido apareció frente a ella. Vestía un traje oscuro, camisa perfectamente planchada y sostenía una carpeta bajo el brazo.

—¿La señora Inés? —preguntó con voz calmada.

Ella asintió sin entender.

—Por favor, pase.

La nana bajó la mirada y respiró profundo.

Entró lentamente, apretándose las manos mojadas mientras avanzaba por el corredor principal. El interior de la casa estaba demasiado iluminado. Había personas moviéndose de un lado a otro, hablando en voz baja, entrando y saliendo del estudio.

Entonces vio a los padres de Emma. La señora Soto dio un paso hacia ella apenas la reconoció, pero el hombre del traje la detuvo con suavidad apoyándole una mano sobre el brazo.

—Necesitamos interrogarla y será mejor mientras recuerde todo exactamente como ocurrió —dijo él—. Es mejor no distraerla en este momento.

La nana apenas podía escucharlo. Miró alrededor confundida.

¿Por qué todos parecían saber ya que Emma había desaparecido?

El señor Soto caminaba de un lado a otro con la mirada gacha y los puños apretados, como si estuviera conteniéndose para no perder el control. Su esposa permanecía sentada en la sala, completamente recta, con las manos entrelazadas sobre las piernas y no lloraba.

Fue entonces cuando vio a Pablo. Estaba apoyado cerca de la entrada del estudio observando todo en silencio. Sus miradas se cruzaron apenas un instante antes de que otro hombre, más bajo, de nariz ancha y gesto rígido, se acercara para conducirla hacia el interior de la casa.

—Necesitamos hacerle unas preguntas —dijo Restrepo.

La nana asintió automáticamente.

Mientras caminaba, sintió la mirada de Pablo siguiéndola.

Pablo vio la desesperación en su cuerpo, apretaba con insistencia las manos, su respiración era irregular, sus ojos húmedos parecían incapaces de fijarse en un solo punto y todo en ella parecía estar resistiendo una avalancha de sensaciones que no podía exteriorizar en palabras.

Hasta ese momento, que tampoco era mucho, solo veinte minutos, lo único que Pablo sabía era que el patriarca de la familia, el señor Soto, recibió una llamada en la que le exigían un millón de dólares a cambio de volver a ver a Emma con vida.

¿Cuál sería una reacción normal de un padre ante el secuestro de su hija?

Su experiencia le decía que no había una forma adecuada o incorrecta, sin embargo, el padre insistía en querer resolver el asunto solo, sin intervención de la Policía.

No quería que escucharan sus llamadas ni que dieran acceso total al registro de sus teléfonos y demás dispositivos electrónicos.

Incluso se molestó cuando dos agentes ingresaron a su estudio para ver si encontraban alguna pista.

Fue la señora Soto quien lo calmó y lo convenció de llamar a Pablo.

Fue amiga de su padre durante años y además de tener una buena reputación como detective y de conocer su compromiso, sabía que una vez que Pablo Torres daba su palabra, la cumpliría, y era un momento en el que necesitaban toda la discreción posible.

Durante unas horas, Pablo creyó que tomar el caso de Emma había sido lo correcto, pero años más tarde lamentaría cada una de las decisiones que tomó, lo que hizo y dejó de hacer aquella noche.