Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 2
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Capítulo 2

Torres salió de la casa con una sensación de pesadez que le costaba quitarse de encima. Descendió las escaleras sin mirar atrás. Había compartido más de lo que le quería con Restrepo, aunque conservaba para sí el detalle que lo convencía de que aquel mensaje estaba dirigido únicamente a él.

Sin embargo, no conseguía apartar de su mente el rostro de Esteban. Esa expresión le generaba demasiadas preguntas. Se detuvo junto al carro y encendió un cigarrillo con manos más tensas de lo habitual.

¿Quién era Esteban Cardona?

En otras circunstancias, el caso habría despertado todo lo que aún quedaba vivo en él: la obsesión por las pistas, la necesidad de reconstruir la verdad, el impulso casi enfermizo de comprender aquello que otros pasaban por alto. Pero estaba Restrepo. Y eso bastaba para querer mantenerse lejos.

Su relación nunca había sido buena. Durante años habían aprendido a tolerarse bajo esa cordialidad profesional que suele esconder formas mucho más refinadas de desprecio. Restrepo cuestionaba cada decisión de Torres como si llevarle la contraria fuera una competencia personal.

Pablo habría soportado su arrogancia como la de cualquier otro oficial mediocre si las diferencias entre ambos no hubieran terminado afectando el caso de Emma Soto años atrás.

La niña, de tan solo siete años, perdió la vida por las malas decisiones de ambos y el ego de Restrepo, un hombre al que le importaban más el poder y las jerarquías que aceptar que existían otras formas de hacer las cosas.

Los recuerdos comenzaron a regresar uno detrás de otro.

En aquella época, Torres estaba en el mejor momento de su carrera.

Su nombre circulaba por la estación con una mezcla de admiración y fastidio.

Resolvía casos que otros abandonaban, ignoraba procedimientos cuando le convenía y siempre conseguía resultados.

Por eso nadie lo tocaba. Ni los superiores que desaprobaban sus métodos, ni los agentes que murmuraban a sus espaldas. Mientras siguiera cerrando investigaciones, la institución estaba dispuesta a tolerarle casi cualquier cosa. Todos parecían entenderlo menos Augusto Restrepo.

Restrepo creía en las reglas con una rigidez casi obsesiva. Para él, el orden debía mantenerse incluso cuando entorpecía el trabajo. Ver a Torres moverse con libertad dentro del departamento era algo que nunca terminó de aceptar.

La historia que selló su resentimiento sucedió el 31 de octubre de 1998. Fue un viernes lluvioso. Pablo lo recordaba bien porque, de alguna manera absurda, parecía haberse vuelto tradición que cada 31 de octubre la ciudad terminara bajo una tormenta.

Los padres dudaban hasta el último momento si los niños podrían salir a pedir dulces.

Primero llegaban los truenos, luego la lluvia torrencial, a veces el granizo y uno que otro árbol derribado por el viento.

Pero casi siempre, hacia la noche, la tormenta cedía y dejaba apenas charcos, ramas húmedas y toda la noche por delante para que los pequeños disfrutaran.

Aquella noche de Halloween no fue diferente. Emma llevaba meses esperando ese momento. Con ayuda de su madre y su nana había preparado un disfraz de princesa verde esmeralda: zapatillas blancas, una pequeña corona brillante y una falda amplia que giraba cada vez que daba vueltas frente al espejo.

Desde las dos de la tarde corría disfrazada por toda la casa. La nana intentó advertirle que tal vez no podrían salir si seguía lloviendo, pero Emma apenas la escuchó.

—Ya le ordené al cielo que dejara de llover —dijo convencida.

La nana deseó que fuera verdad. A las seis y media, Emma bajó las escaleras sujetándose la corona con ambas manos.

—Ya debemos salir.

Afuera el piso seguía húmedo, pero las calles comenzaban a llenarse de familias disfrazadas. Emma avanzaba dando saltos entre los charcos, saludando a otros niños y cantando, absorta en su mundo de felicidad. Para ella, Halloween era más importante que la Navidad.

El recorrido sería corto. Debían regresar antes de las ocho y media para que sus padres revisaran los dulces y decidieran cuántos podía comer sin enfermarse.

Pero Emma apenas pensaba en eso. Le importaban los disfraces, las luces y la emoción de caminar por una ciudad que, al menos por una noche, parecía transformarse en un cuento.

A las siete pasadas ya habían recorrido varias cuadras y la bolsa de Emma comenzaba a llenarse de dulces. La nana dudó si era el momento de regresar a casa, pero quiso darle unos minutos más a la pequeña, al final, Halloween solo era una vez al año.

Media hora después llegaron al parque, donde se encontraron con superhéroes, princesas, personajes de las películas animadas y todo tipo de animales. Los niños cantaban pidiendo dulces y los adultos saludaban y admiraban cada uno de los disfraces.

En medio de todo ese jolgorio, un estruendo sacudió el aire.

Durante varios segundos, nadie entendió qué había pasado.

Después comenzaron los gritos, la multitud se movió en todas las direcciones tratando de buscar un resguardo.

Los padres corrían con sus pequeños mientras estos lloraban, y en medio de los empujones, algunas personas cayeron al suelo, lastimadas o sin aliento para correr.

La nana no pudo moverse. Por un instante quedó suspendida, mientras su mente ralentizaba todo a su alrededor: las personas corriendo, los gritos que apenas alcanzaba a oír, los cuerpos cruzándose frente a ella.

Lo observaba con la extraña distancia de quien presencia una historia ajena, como si todo ocurriera detrás de una pantalla y ella no formara parte de la escena.

Cuando volvió en sí, intentó tomar a Emma.

—¡Emma!

Pero la niña no estaba. Miró a su alrededor, desconcertada, buscando entre la multitud el destello de sus alas esmeraldas.

Entonces la vio. Emma estaba quieta entre la confusión, con los ojos llenos de miedo. Y alguien la tomó en brazos. La nana no alcanzó a distinguir su rostro. Solo vio a Emma dejarse cargar mientras aquella persona le decía algo al oído. Después desaparecieron entre la multitud.

Una hora después, la nana seguía recorriendo el parque entre lágrimas, preguntando por una niña vestida de princesa esmeralda.

Caminó alerta, escudriñó en cada esquina, en cada recoveco, para ver si encontraba algún rastro de la mujer con Emma.

No recordaba ni qué color de camisa llevaba, solo su cabello negro oscuro.

Otros padres intentaron ayudarla, pero nadie vio nada, nadie sabía nada. La nana no tuvo más remedio que regresar a casa con las piernas temblando y la ropa sudada pegada al cuerpo. Apenas podía respirar. En lo único que pensaba era que había perdido a la niña que había cuidado durante siete años.