Las cinco formas de lo inevitable
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Capítulo 1
Fue la expresión de su rostro lo que más lo marcó.
Pablo había visto muchos cadáveres a lo largo de su carrera y conocía diferentes tipos de muerte: la repentina, la violenta, la que deforma el cuerpo en un último gesto de terror o dolor.
También había observado los rostros de cada uno de ellos y algunos quedaban tensos; otros, vencidos hacia abajo, como si el peso de la gravedad continuara actuando después del último aliento.
La muerte siempre terminaba imponiendo la misma frialdad y rigidez sobre todos. Pero el hombre que tenía frente a él sonreía. Algo así como si la muerte fuera un regalo o algo que le generara satisfacción. ¿Quién podía ser torturado y morir de manera placentera?
Ese rostro le decía que estaba frente a un cadáver y a una historia muy diferentes a lo que hasta ahora había conocido.
Aquella madrugada, mientras sentía la falta de aire porque un alud de tierra caía sobre él y lo sepultaba en medio de su sueño, el sonido del celular le permitió volver a respirar al traerlo de vuelta a la realidad.
—Aló
—Disculpe que lo moleste. Encontraron el cuerpo de un hombre y el comandante me pidió que lo llamara para que viniera.
—Dígale a su comandante que se puede ir a la mierda. Estas no son horas de llamar, además yo ya no recibo órdenes de nadie, estoy a punto de retirarme, creo que ya pueden dejarme descansar.
—Espere, no cuelgue. Creo que debería ver el cuerpo antes de tomar una decisión.
—No veo qué puede tener de raro, un muerto es un muerto…
—¡Espere! Hay un pequeño detalle. Sobre el cadáver encontraron un mensaje que decía: “Para Pablo Torres”.
—Ya salgo para allá.
Intentó incorporarse, pero una punzada le atravesó la espalda. Maldijo en voz baja y permaneció unos segundos al borde de la cama, esperando a que las piernas reaccionaran. A sus 62 años, las mañanas se habían convertido en una negociación lenta con el cuerpo.
Antes le bastaba un impulso para ponerse de pie, ducharse y salir corriendo. Ahora necesitaba tiempo. Estiró los brazos, movió el cuello de un lado a otro y dejó que sus piernas terminaran de despertarse.
Tomó la misma camisa del día anterior, el pantalón negro que estaba en el sillón de la sala y las llaves que encontró debajo de la mesa de la entrada.
Condujo hacia el norte durante 45 minutos.
Según las indicaciones del GPS, la casa donde habían encontrado el cuerpo estaba a las afueras de la ciudad.
En un principio el camino lo llevó por la autopista principal, pero luego debió tomar un desvío a la derecha que lo condujo por unos rieles rodeados por arbustos que le impedían toda la visibilidad hacia los lados.
Redujo la velocidad por seguridad y luego giró a la izquierda, para encontrarse una entrada, oculta tras una puerta metálica, que se abrió con un chirrido áspero, como si fuera a desprenderse de las bisagras en cualquier momento.
Avanzó siguiendo las marcas de las llantas que otros vehículos habían dejado sobre la tierra húmeda y llegó al antejardín de una casa de campo donde detuvo el carro, justo detrás de otros vehículos que reconoció de inmediato. Se bajó y observó los alrededores.
La construcción era imponente, no parecía una simple vivienda donde alguna familia había pasado sus vacaciones, sino más bien, un lugar para mantenerse oculto.
A los costados, la vegetación crecía desordenada y entre la maleza todavía podían distinguirse restos de lo que alguna vez fueron jardines y cultivos, ahora reducidos a tierra revuelta y ramas secas.
Miró a ambos lados, buscando algún conocido, pero solo vio agentes entrando y saliendo de la propiedad con las chaquetas de la Estación 40.
Se quedó quieto unos segundos mirando a las personas ir y venir.
Luego cerró los ojos para sentir el lugar.
Hacía muchos años había aprendido que cada detalle es fundamental cuando se quiere reconstruir la historia de los últimos momentos de una persona.
Además, las respuestas casi siempre estaban a la vista, mezcladas entre lo cotidiano, esperando a que alguien supiera reconocerlas.
Recorrió el lugar con la mirada: las huellas húmedas sobre el suelo, las ventanas abiertas del segundo piso, un agente fumando junto a la entrada mientras evitaba mirar hacia el interior de la casa. Tomó aire y subió las escaleras con un paso lento, pero firme.
Al ingresar a la casa, el comandante Restrepo ya lo esperaba junto a la entrada.
Le estrechó la mano con una firmeza exagerada, una cortesía demasiado ensayada para parecer sincera.
Luego le entregó una carpeta con la información preliminar y se hizo a un lado para permitirle avanzar hacia la habitación principal.
Pero antes de mirar la carpeta o incluso el cuerpo, Pablo observó la casa.
Las paredes blancas parecían recién pintadas.
El piso de porcelana brillaba bajo la luz, impecable, salvo por las huellas que los agentes habían dejado al entrar.
No había polvo en los muebles ni señales de abandono en las habitaciones vacías. Todo estaba demasiado limpio.
Lo extraño era que, pese al estado impecable de la casa, los documentos entregados por Restrepo no registraban habitantes en la propiedad desde hacía más de diez años.
Pablo volvió a recorrer el lugar con la mirada y se preguntó quién sería el encargado de mantener la casa reluciente así estuviera desocupada, para quién.
La pregunta quedó suspendida en su mente mientras entraba a la alcoba. No había cama ni muebles, solo un espacio amplio y vacío. En el centro, un hombre yacía boca arriba, desnudo, con los brazos y las piernas extendidos.
Sobre el pecho, escrito en rojo, estaba su nombre.
Su primer impulso fue pensar que debía haber cientos de hombres llamados Pablo Torres. El nombre, por sí solo, no significaba nada. Pero al acercarse al cuerpo notó algo que solo él podía reconocer.
Detrás de él, la voz del comandante Restrepo interrumpió sus pensamientos.
—¿Lo conocía?
Pablo apartó la mirada del cadáver.
—No tengo idea de quién es.
—Se llama Esteban Cardona Soto. Cuarenta y cinco años, ingeniero, soltero y sin hijos. Estamos intentando contactar a sus padres, pero nadie responde.
Pablo volvió a mirar el cuerpo.
—¿Sabemos algo más?
Restrepo frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Bueno, por ahora diré que esto claramente fue un asesinato.
—Eso es bastante evidente, Torres.
—No me refiero solo a eso.
Se acercó un poco más al cadáver.
—Nadie podría hacerse estas heridas a sí mismo. Y quien lo hizo era alguien de confianza.
—¿Por qué está tan seguro?
Pablo sostuvo la mirada sobre el rostro del hombre.
—Mírelo bien.
Restrepo guardó silencio durante unos segundos y soltó aire exasperado.
—¿Qué se supone que debo ver?
—No parece aterrorizado. Tiene quemaduras en todo el cuerpo, marcas violáceas alrededor del cuello que evidencian intento de asfixia y hasta podrían ser la causa de su muerte, y aun así, sonríe, de manera incómoda pero plácida.
He visto miedo muchas veces —dijo Pablo sin apartar la vista del cadáver—. Esto no es miedo.