Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 32En otro cuerpo #2
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CAPÍTULO 32En otro cuerpo #2

—¿Por qué están todas las luces apagadas? ¿Por qué hay tanta suciedad? ¿Por qué nadie del servicio nos ha abierto ni ha corrido a recibir a su señor? —se quejó—. ¿Dónde están?

—Me he visto obligada a despedirlos —explicó la mujer con un tono lamentoso.

—Pero ¿qué estás diciendo? —protestó Augusto, sospechando que la precariedad económica de su familia fuese aún peor de lo que le habían contado.

Aunque tampoco tenía mucho sentido si acababan de ingresar una fortuna por la victoria de Samanta.

—Nadie más que nosotros puede entrar en casa ahora —argumentó Verónica, más cohibida con cada respuesta mientras caminaba hacia la puerta cerrada del salón principal, en medio de la penumbra.

Al abrirla, además de no recibir el beso del calor que siempre había en invierno dentro de esa estancia, dos figuras enmascaradas y vestidas de negro se levantaron de uno de los sofás al verlos entrar.

—Bienvenido a casa —dijo una mujer muy bajita, a la que Augusto reconoció de inmediato como Briana Kéitel, a pesar de su voz distorsionada y su rostro oculto .

—Lo mismo digo —dijo el otro heredero, cuya identidad no supo descubrir.

Luego Augusto se volvió hacia su mujer tras comprender que un tercer heredero, que tenía un parche en el ojo y que permanecía inmóvil sentado en uno de los sofás, debía de ser Jerom Kéitel.

—¿Qué hacen ellos aquí? —preguntó Augusto, sonando más desconcertado de lo que pretendía y menos furioso de lo que se sentía.

—Guardar y proteger a nuestro señor —se anticipó Briana, haciendo que Augusto se fijase en la heredera.

—¿Qué quieres decir con eso? —inquirió él, pensando que quizá se encontraban allí para protegerlo después de su salida de prisión. Para erigirlo, por qué no, como líder de una nueva Orden.

Sin embargo, ambos herederos se apartaron y dejaron a la vista de Augusto un reloj colgado en la pared de su salón, cuyas manecillas giraban desbocadas, sin ningún patrón concreto. Además, emitía un tenue resplandor vaporoso.

—Bienvenido a tu casa —saludó una voz espectral que salía de ese mismo reloj.

Sin ser muy consciente, el dueño de la mansión Zolian caminó despacio, acercándose al reloj, situado donde recordaba que antes estaba la foto de matrimonio de sus padres, por lo que se sintió invadido en su intimidad mientras intentaba comprender qué era aquello realmente.

Cuando lo hizo, ya estaba casi encima de él.

—Es un inmenso orgullo tenerle en mi hogar, señor —manifestó Augusto, aunque el tono empleado no alcanzaba al significado de sus palabras.

—He elegido tu casa para resguardarme porque eras el mejor y más fiel de mis soldados —argumentó el Lórdezeit a través del reloj—. Aun así, creo que mereces una explicación.

Durante los siguientes minutos, fue el propio Lórdezeit quien le contó todo lo sucedido respecto a él y su fuga de la mansión Nórebol. Además, también le aseguró que pronto su hija Samanta se convertiría en una heredera fantástica .

—Luché por usted hasta las últimas consecuencias —aseveró Augusto, con cierto deje de reprimenda—. He pasado casi dieciocho años confinado en una celda por usted y por su causa.

—Lo sé —dijo el Lórdezeit—. Lo mismo hicieron algunos de los que también están aquí. Pero todo eso ha quedado atrás, porque hoy dará inicio una nueva era, en la que por fin conseguiremos recuperar la “ verdadera arlasofía” .

—Una vez más, siento haberle arrancado de la pared y habernos fugado, interrumpiendo su proceso de simbiosis —dijo el heredero al que Augusto no reconocía, acercándose al reloj—. Pero era necesario.

—Eso ya carece de importancia —dictaminó el Lórdezeit—. No podemos hacer nada para cambiarlo.

—Crispina Streif ya es historia —intervino Briana Kéitel—. La seguridad que había en Lúgardark y sobre Xalara Verdreven ha desaparecido. Es el momento de viajar hasta allí y traerla para que usted pueda completar el proceso.

—Xalara Verdreven ya no será necesaria —opinó el Lórdezeit con determinación—. Lo haré de otra manera. A mi manera.

—Pero, señor, el Libro…

—Da igual lo que diga ese libro —repuso el Lórdezeit, como si estuviera decepcionado con él—.

No voy a rebajarme una vez más ante esa muchacha.

Ella es de tercera clase, y será eliminada como todos los demás.

El Libro tiene que estar equivocado, el tiempo lo habrá deteriorado, como todo lo concerniente a la arlasofía ; ya no puedo fiarme de él. Lo haré según mi idea —insistió.

—¿Puedo preguntar cuál es, señor? —dijo el heredero desconocido con gran interés.

—Voy a realizar la simbiosis con uno de vosotros —declaró el Lórdezeit sin tapujos.

El anuncio se percibió como un latigazo invisible que recorrió toda la estancia. Augusto lo sintió en sus propias piernas, que le temblaban ante la posibilidad de ser el elegido, creyendo entender a qué se refería exactamente con eso de la simbiosis .

—Para mí sería un tremendo orgullo entregarle mi cuerpo, señor —se adelantó Briana—. Soy suya, ahora y siempre.

—Te agradezco tu infinita lealtad. Tu padre estaría orgulloso —aseguró el Lórdezeit—. Pero eres demasiado valiosa y no puedo sacrificarte —hizo una pausa—. No, el elegido es tu hermano Jerom.

Augusto notó cómo disminuía la tensión de sus músculos, y por la respiración agitada que escuchaba bajo la máscara de ese heredero situado a su altura, dedujo que a él le sucedía lo mismo.

Briana comenzó a sollozar, pero era imposible adivinar si lo hacía por la tristeza de perder a su hermano o por el orgullo de que fuera él quien entregase su cuerpo al Lórdezeit.

El verdadero aludido aún continuaba sentado en el sofá, y nadie podía asegurar si había oído al Lórdezeit o seguía ajeno a sus palabras. Pero entonces, cuando todos clavaron la vista en él, el grandullón se puso en pie y se acercó al reloj.

—Soy suyo, señor. Ahora y para siempre —manifestó, con una clarividencia que al parecer nadie en el salón había escuchado jamás en él, como si toda su vida se hubiera preparado para ese momento.

—No voy a esperar más, ya lo he hecho demasiado —dijo el Lórdezeit, como pensando en voz alta.

Augusto era incapaz de imaginar cómo se produciría esa supuesta simbiosis, aunque tampoco fue necesario ordenarle que se apartara de la trayectoria entre el reloj y Jerom. El heredero desconocido lo imitó enseguida.

—Estoy orgullosa de ti, hermano —aseguró Briana a modo de despedida, separándose también de él.

Jerom mantenía la compostura frente al reloj, aguardando acontecimientos.

Nada presagiaba en medio de aquel silencio absoluto que se generó lo que estaba a punto de suceder.

Augusto se estremeció cuando vio salir del reloj una neblina tan negra que parecía sólida, recorriendo el espacio hasta penetrar por debajo de la máscara de Jerom.

El fornido heredero comenzó a agitarse de una forma muy violenta, y un escalofrío recorrió la espalda de Augusto al presenciar cómo los pies del mellizo Kéitel se despegaban del suelo mientras sus brazos se estiraban hacia atrás hasta superar el límite fisiológico.

La escena se volvió aún más dramática cuando Jerom salió disparado hacia el techo, golpeándose contra él. De no haber estado ese freno ahí, seguramente se habría elevado aún más.

Augusto se fijó en que la nube negra había cesado y las manecillas del reloj se habían detenido, como si toda la esencia o lo que quiera que fuese que había dentro de él se hubiera trasladado para alojarse en Jerom Kéitel.

El cuerpo se desprendió del techo y cayó a plomo, inerte. Pasaron los segundos y no se movía. Briana se acercó despacio, agachándose sobre él para hacer ademán de tocarlo, aunque pareció arrepentirse en el último instante.

—¿Está muerto? —preguntó el heredero desconocido, y en su voz Augusto detectó cierto interés en que así fuera.

No hizo falta escuchar la opinión de Briana, pues el cuerpo que tenía delante comenzó a mover primero un pie y después el otro, seguido de una brusca sacudida de sus manos.

La heredera se apartó para dejarle espacio.

Jerom, o lo que fuera ahora, a pesar de moverse, no respiraba, o si lo hacía era de una forma imperceptible. Se levantó frente a Briana, que esbozó una sonrisa percibida en su mirada a través de la máscara.

Dándose lentamente la vuelta, ese nuevo ser giró hacia el resto, mostrando, detrás de la máscara de heredero, dos ojos carentes de párpados y completamente negros, salvo por un iris gris y brillante en el centro.