Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 32En otro cuerpo
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CAPÍTULO 32En otro cuerpo

En otro cuerpo

Aún soñaba con aquella noche en la que fue arrestado. Incluso se había convertido en una pesadilla recurrente durante todos esos años, despertándose violentamente en medio de sudores fríos. Eran pesadillas demasiado vívidas, tanto que se sentía más viejo cada vez que despertaba tras una de ellas.

Cuando el Lórdezeit desapareció, varios miembros de la OCH atacaron el Dominio de la Comarca Central, donde él se desempeñaba como Heredero Guardián.

Allí además vivía junto a su mujer y su hija recién nacida.

Augusto se despertó aquella noche por el ruido de la batalla.

Enseguida le ordenó a su mujer que huyera por un túnel subterráneo que había en el sótano de la vivienda de lujo, construido para una ocasión como esa.

Verónica no quería separarse de su marido, pero finalmente se convenció de que era lo mejor.

Él mostró una gran resistencia a su arresto, pero no pudo evitarlo y más tarde fue condenado durante los Juicios de la Libertad.

En ellos, Syliana Meistre dictaminó que sería encerrado bajo cadena perpetua en la Prisión de Ívelmer.

A pesar de todo, Augusto no defendió su inocencia, pues estaba orgulloso de todo cuanto había hecho, pues lo hizo pensando en el bien de su legado.

Durante sus primeros años de encierro, intentó, con ayuda de su mujer, sobornar a varios guardias de Ívelmer para poder escapar.

Pero, o bien rechazaron el ofrecimiento, o los engañaron quedándose con todo el dinero, lo que terminó generándoles una deuda económica.

Después de aquello, a su familia solo le quedó el poder de un gran apellido, aunque manchado por el vínculo con la Orden de los Herederos.

Como siempre tras despertar de una pesadilla, Augusto Zolian se levantó del catre y recorrió la ínfima distancia que había hacia el cristal de su celda.

La claridad de la luna entraba a través de la claraboya octogonal que coronaba la torre de celdas.

La suya era individual y estaba ubicada en el módulo 5, donde se encontraba encerrada buena parte de los herederos capturados tras la caída de la Orden.

Cuando se retiró y se acercó al lavabo para echarse agua en la cara antes de volver a acostarse, unos golpes en el cristal de la celda le hicieron volverse hacia él.

La oscura silueta de la alcaide de Ívelmer se dibujaba tras los barrotes.

—Tiene que acompañarme, señor Zolian —dijo Vania Sincler después de abrir la puerta.

—¿A dónde? —preguntó Augusto, recelando de cuáles serían las verdaderas intenciones de la alcaide.

—Pronto lo sabrá.

—No me voy a ningún lado en medio de la noche —se negó él con altanería, sentándose sobre el catre.

—No tiene otra opción —repuso ella, haciendo un gesto para que alguien que no se veía desde dentro de la celda se acercara.

Tres guardias, empuñando sus espadas, asomaron después de que la alcaide diese un par de pasos hacia atrás para apartarse de la puerta.

—Está bien —cedió Augusto con un suspiro, llevándose las manos a la espalda en señal de cooperación—. No es necesario llegar a eso.

El preso se sintió confuso al comprobar que no le colocaban unas esposas enguantadas, como era habitual siempre que salía de la celda, aunque más tarde se las quitasen si era visitado por su familia (privilegios de apellidarse Zolian).

Luego tuvo que seguir a la alcaide hasta el ascensor, escoltados por los guardias .

Bajaron al vestíbulo de la prisión y allí se metieron en un pasillo muy estrecho, donde pararon ante una puerta de hierro que estaba abierta.

—Pase —le ordenó la alcaide, acompañando sus palabras con un esclarecedor gesto de la mano.

Augusto accedió mirando con desdén a la mujer.

Al otro lado había una habitación lúgubre, como el resto de la prisión, con un par de sillas metálicas y una mesa del mismo material entre ambas.

En una esquina había un baño equipado con una ducha y, en una percha anclada a la pared, colgaba un atuendo compuesto por un traje y una corbata de color negro.

—¿De qué va esto? —inquirió Augusto tras estudiarlo todo, girándose hacia la alcaide, que se encontraba a su espalda.

Antes de responder, Vania pasó a su lado y se sentó en una de las sillas.

—No sé si estará al corriente —dijo ella—. Supongo que su mujer se lo habrá contado en alguna visita. Pero su hija participaba en una competición llamada Las Cinco Disciplinas, y…

—¿Ha muerto? —preguntó el hombre, adivinando la respuesta, incapaz de identificar qué sentía en realidad.

La alcaide negó tenuemente con la cabeza.

—Al contrario, ha sido la ganadora —explicó sin mostrar ningún sentimiento ante la noticia.

Augusto percibió cómo se estiraba la comisura de sus propios labios para esbozar una sonrisa contenida.

—Puede darse una ducha si así lo desea —aclaró la alcaide mientras se levantaba de la silla—. Después se pondrá el atuendo que su mujer le ha traído. Ella lo espera fuera.

—¿La tienen en la calle? —protestó Augusto.

—No estamos en horario de visitas —aclaró Vania—. El protocolo de seguridad nos obliga a hacerlo.

Dicho esto, se apresuró a salir de la habitación, cerrando la puerta tras ella.

Cuando se quedó solo, Augusto quiso soltar un grito de felicidad, pero alguien de su linaje no podía comportarse de esa forma .

Era la primera vez que se sentía orgulloso de su única hija, apartando a un lado la inquina hacia ella por robarle a su hijo varón durante el parto, causándole la muerte a su mellizo para que ella pudiese sobrevivir.

Augusto iba a llamarle Magnus, como a su desaparecido y querido hermano.

La oportunidad de intentar nuevamente engendrar a un varón se la habían robado tras encerrarlo.

Duchado y con el traje puesto, se acercó al pequeño espejo que había encima del lavabo, sintiéndose persona por primera vez desde hacía muchos años.

Ahora la barba, aunque siempre la había cuidado durante su encierro, era canosa, y en la cabeza había perdido el poco pelo que le quedaba cuando entró, por no mencionar los kilos que había bajado.

Pero, tras todo eso, el gran Augusto Zolian, descendiente del linaje más poderoso de la Élite de Las Cinco Comarcas, seguía estando ahí.

Tocó en la puerta para que lo dejasen salir al pasillo, donde todos, incluida la alcaide, parecían encogerse al verlo aparecer vestido acorde con su estatus.

—Acompáñeme —dijo Vania.

Volvieron al vestíbulo, donde la reja que separaba la estancia del pasillo que daba acceso a la salida de la prisión se elevó tras ser accionada por el guardia que estaba al otro lado.

—Puede irse cuando quiera, ya nada lo retiene aquí —declaró la alcaide, a la que más que nunca se le notó su descontento con lo que estaba haciendo.

Sin embargo, eso ya no le importaba a Augusto, que salió y recorrió el pasillo, sin volver a mirar atrás.

Como le habían prometido, su esposa se encontraba fuera, en el reducido espacio que separaba las enormes puertas del recinto y la entrada a la prisión, por donde atravesaba el fuerte viento generando un estridente zumbido.

Fue Verónica quien se abalanzó a sus brazos primero.

—Ahora todo ha terminado, cariño. Ya eres libre —dijo ella con la voz tomada por la emoción.

—¿Y Samanta? —preguntó él, sin corresponder con demasiado entusiasmo a la muestra de afecto .

—En Lúgardark —contestó ella, sonando un tanto sorprendida por la pregunta.

—¿No la han dejado marcharse después de ganar?

—El trato consistía en pedir una sola cosa, y ha sido liberarte a ti. Además, ha ganado una suculenta suma de dinero que ya está en nuestro poder. Ha corrido un gran riesgo para conseguirlo —añadió, seguramente tratando de arrancarle unas palabras de orgullo hacia Samanta.

—No se espera menos de una persona apellidada Zolian —opinó Augusto, como si no tuviera importancia alguna lo logrado por su hija. Algo que no pareció gustar a su mujer.

—Siempre has dicho que lo más importante en esta vida es el legado familiar, la descendencia y perdurabilidad de tu apellido —repuso Verónica tras un instante de silencio—. ¿Qué habría sido de tu legado si Samanta hubiera muerto en el transcurso de Las Cinco Disciplinas?

La reacción de Augusto no fue la que Verónica parecía esperar, quien intentó disimular un gesto espasmódico surgido en su labio inferior. Él se quedó como ensimismado, observándola durante unos instantes.

—Vámonos de aquí, quiero volver a casa —declaró finalmente.

A continuación, atravesó junto a su esposa el umbral coronado por las letras de acero de «PRISIÓN DE ÍVELMER», a donde no tenía pensado regresar jamás.

Viajaron hasta la Villa de la Élite en Bibrébem por medio de la Red de Traslado. Allí estaba lloviendo de forma débil, y aunque no era un viento tan intenso como el que azotaba las tres gigantescas torres de la prisión, también se hacía notar.

—Bienvenido a casa, señor —saludaron los dos guardias en la entrada a la urbanización, saliendo de la garita para hacerlo.

Augusto empezaba a asimilar su nueva realidad tras tantos años en el ostracismo.

Pronto llegaron a la puerta del vallado de su mansión color cobrizo, que, además de ser la más grande y lujosa, tenía un porche que circundaba todo el edificio, sustentado sobre arcos ojivales .

Fueron muchos recuerdos los que se agolparon en la memoria de Augusto cuando respiró el característico olor a humedad que desprendía su jardín.

Pero, por encima de todos, se vio corriendo por él junto a su hermano pequeño Magnus, cuando ambos eran solo unos críos y un prometedor futuro al frente de la familia más rica y poderosa los esperaba por delante.

Un futuro que nunca llegó a ser lo que prometía.

—Antes de que entremos, quiero advertirte de algo —dijo Verónica, como temiendo una terrible reacción de Augusto—: tenemos invitados.

—¿Invitados? ¿Qué invitados?

—Es mejor que lo descubras tú mismo —opinó ella, abriendo la ostentosa puerta de madera de la mansión, sin mirar a su esposo, que no entendía por qué tenían que abrir ellos y no el servicio.

Verónica entró en el vestíbulo seguida por su marido.