CAPÍTULO 32En otro cuerpo #3
En opinión de Augusto, aunque fantasmagórica, era la mirada penetrante de Érmul Nórebol, que se clavó de pronto en el heredero desconocido.
—Orsius —dijo la que sin duda era la voz original del Lórdezeit, pero manteniendo aún ese filtro espectral de cuando estaba dentro del reloj—. Dame tu espada —añadió, estirando el brazo hacia él con una mano cuya piel lucía pálida y nacarada hasta el extremo .
Augusto recordó entonces el nombre del excapitán de los cuero negro , pero no podía ser él, no tenía sentido según lo que sabía.
Orsius, sin desenvainar su arma, se la entregó al Lórdezeit, que la arrojó enseguida sobre un sillón. Inmediatamente después, lanzó sus manos sobre el cuello del heredero, cortándole la respiración.
Este lanzó un puñetazo contra el Lórdezeit, pero su mano y parte del antebrazo atravesaron el cuerpo como si fuese el de un fantasma. Orsius pareció comprender que era su final incluso antes de que el Lórdezeit expulsase bajo la máscara una espesa nube negra que se coló en el interior del hombre.
Segundos después, y tras un sufrimiento indescriptible durante la transformación, el heredero había desaparecido y en su lugar se encontraba la figura espectral de un terrible nukternoz .
Aferrada ahora al brazo de su marido, Verónica soltó un alarido de espanto, ahogado en el silencio total que generaba la presencia del nukternoz .
Tras comprender que había castigado a Orsius por haberlo sacado de la mansión Nórebol sin su consentimiento, Augusto, atrapado por la incertidumbre de comprobar en qué se había convertido realmente el Lórdezeit, fue incapaz de escuchar nada de lo que este le decía al nukternoz .
Hasta que esa criatura desapareció de la estancia, atravesando una de las paredes, devolviendo el sonido al salón.
Lo que seguramente nadie esperaba era que sonase el timbre de la mansión, asustándolos a todos. Incluso el propio Lórdezeit pareció preocupado.
—¿Esperabais alguna visita? —preguntó el Lórdezeit mientras Briana desenvainaba su espada ferozmente.
Augusto consultó a su mujer con la mirada, y ella negó ostensiblemente.
—¿Qué hacemos? —cuestionó el propio Augusto, aguardando una orden.
No obstante, el Lórdezeit no respondió, sino que, atravesando las paredes como si estas fuesen de humo, abandonó el salón, presumiblemente para asomarse a la calle y ver quién estaba tras la puerta .
Unos minutos más tarde, tanto el Lórdezeit en su nueva presencia como la silueta oscura de un hombre cruzaban el umbral del salón.
Para su tremenda sorpresa, aunque no comentó nada al respecto, Augusto comprobó que el otro era Andris Bóstoul.
—No estamos todos, pero sí los más importantes —declaró el Lórdezeit con su voz espectral—. Ahora tenéis que vestiros acorde a lo que representáis. Supongo que en esta casa hay uniformes de heredero disponibles, ¿no es así?
—Así es, señor —respondió Verónica de inmediato, después de que él la mirase con esos irreales ojos.
—Antes de nada —la detuvo el Lórdezeit cuando iba a buscar los uniformes—. Creo que ya es el momento de que te unas a la Orden.
—Pero, señor… —intervino Augusto apresuradamente ante el desconcierto de su esposa—. Mi mujer no es una soldado, no sabe empuñar una espada.
—No tiene importancia —opinó el Lórdezeit imperiosamente—. En esta nueva etapa necesitaremos mentes astutas además de soldados, y tu mujer ha demostrado ser valiosa. Ahora quiero que hagas el juramento —añadió mirando a Verónica.
—Lo haré si usted lo desea —asintió ella, dando un paso al frente, aunque en realidad su rostro mostraba pánico.
—Adelante —aprobó el Lórdezeit—. Imagino que a estas alturas ya lo conoces.
Verónica asintió y se arrodilló frente a él, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Juro ante usted y por usted, mi Lórdezeit, hacer todo lo que esté en mi mano desde este día y hasta mi último día, para que pueda cumplir su cometido.
—Te agachaste como una mujer —dijo el Lórdezeit—, álzate ahora como una heredera.
Augusto observó que Verónica temblaba cuando se ponía de pie, y se sintió orgulloso al ver cómo enfrentaba el miedo.
—Ahora ve a por los uniformes —ordenó el Lórdezeit—. No olvides el tuyo .
Regresó unos minutos más tarde, ya ataviada con el oscuro atuendo y el rostro oculto por la máscara. El brazalete con el símbolo de la Orden abrazaba su bíceps.
Fue entonces cuando Augusto y Andris, tras entregarles sendos uniformes completos, también se cambiaron.
Mientras Briana permanecía de pie en medio del salón, en una clara postura de respeto y formación militar, el Lórdezeit estaba de espaldas a todos, contemplando fijamente el reloj parado en el que había habitado durante mucho tiempo.
Aún reinaba la penumbra, aunque con el amanecer queriendo despuntar.
Aquello le planteó una duda a Augusto: ¿El Lórdezeit desaparecería al alba igual que lo hacía un nukternoz ? De todas formas, estaba a minutos de descubrirlo.
—Sentaos —ordenó el Lórdezeit, sin dejar de ofrecerles la espalda.
Esperó a que todos lo hiciesen, como si pudiera ver en cualquier dirección. Después se giró despacio, estudió los rostros de quienes tenía frente a él y dijo:
—Comenzamos.