Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 31Encierro o muerte #4
97%

CAPÍTULO 31Encierro o muerte #4

Cuando se apagaron las luces, Xalara entendió que ya habría tiempo de contarles a sus amigos lo sucedido.

Pero, por esa noche, lo único que necesitaba era quedarse dormida, para dejar de sentir y no pensar en nada.

Algo que logró a medias mientras repasaba, mortificándose, sus recuerdos más recientes.

Al principio creyó que estaba soñando cuando alguien la zarandeó en plena madrugada .

—¿Qué ocurre? —se quejó la recluta, soñolienta tras comprobar que era la supervisora quien acababa de despertarla.

—No levantes la voz —la recriminó esta con su habitual actitud intimidante—. Has sido reclamada por la Lady Maestre. Tienes que acudir a su despacho, quiere hablar contigo.

—¿A estas horas?

—Sí.

—¿No puede esperar a mañana?

—Levántate, ya —dijo la supervisora, siendo ahora ella quien había alzado la voz.

Recelando de cuáles serían las verdaderas intenciones de todo aquello, Xalara se quitó las sábanas de encima y se puso en pie, con la sensación de que no habían transcurrido ni cinco minutos desde que se quedó dormida.

La supervisora la acompañó hasta la misma puerta del despacho, que ya estaba abierta, y la cerró cuando Xalara cruzó el umbral. La Lady Maestre se encontraba sentada detrás de su escritorio, con los dedos de ambas manos entrelazados, mirando a la chica sin apenas pestañear.

Era la primera vez que Syliana lo hacía desde su última conversación privada en ese mismo escenario meses atrás.

—Siéntate, por favor —dijo la anciana.

Antes de obedecer, Xalara estudió el entorno, sospechando que alguien más se hallara dentro, oculto de alguna manera.

—Imagino que te preguntarás por qué estás aquí y no disfrutando de un merecido y necesario descanso —comentó Syliana.

Xalara no llegó a asentir, pero su expresión fue todavía más esclarecedora—.

Sé que desde la última vez que conversamos, precisamente en este mismo escritorio, te he ignorado, de una forma que supongo consideras excesiva e injusta, además de incomprensible.

—Sí —admitió la recluta al comprobar que la Lady Maestre no seguía hablando.

—Cuando era joven, leí algo que me obsesionó hasta un extremo inimaginable, y que terminó llevándome a la perdición personal.

Un texto escrito por el historiador Katmus Éverson.

En él hablaba sobre una, llamémosla premonición, que auguraba el nacimiento de alguien que reinstauraría el antiguo Reino de Árlay, con todo lo que eso significaría.

—Usted me habla de una profecía, ¿no es así? —terció Xalara con hastío, cansada de escuchar esa palabra tantas veces en los últimos tiempos, en lugares tan distintos y por personas tan diferentes.

—Así es —afirmó Syliana—. Recordarás, en nuestra última conversación aquí mismo, cuando me dijiste que eras capaz de ver el pasado, mascullé que podrías ser tú.

Xalara asintió.

—¿Y considera que yo soy la persona de la que habla esa profecía? —sugirió, con un tono casi burlesco aunque también desafiante.

—Me aseguraste además que Érmul Nórebol te había tocado en una de esas visiones, dejándote unas marcas en las muñecas —continuó la anciana, haciendo caso omiso a la pregunta de la muchacha.

Xalara reaccionó bajándose aún más las mangas a pesar de que las marcas habían desaparecido—.

Pues el texto también decía que esa persona tendría un rival directo en su camino, un rival con el que compartiría una habilidad especial.

—¿Quiere decir que el Lórdezeit y yo somos los Herederos de Árlay? —expuso Xalara, harta de seguir escuchándola sin que fuera directa al grano.

—¿Cómo sabes exactamente eso? —inquirió Syliana, mostrándose ahora muy sorprendida.

—Lo he intuido en sus palabras —se excusó Xalara, agachando la mirada, arrepentida de haberlo manifestado tan abiertamente.

—Me refiero al Heredero de Árlay —presionó la anciana.

—Yo también he leído mucho, se lo aseguro —dijo Xalara, sin querer ni siquiera insinuar nada sobre lo que escuchó en las Montañas del Norte, ni tampoco en palabras del Lórdezeit—.

Pero si le digo mi opinión: las profecías son un excelente recurso en las historias de fantasía, y una absoluta idiotez en el mundo real .

Cuando parecía que la Lady Maestre iba a recriminarle el tono de insubordinación, siguió hablando como si la recluta no hubiese intervenido.

—Las profecías, reales o no, son las que han desatado el caos y la tragedia en nuestra sociedad durante las últimas décadas —repuso.

—Motivo más que suficiente para erradicarlas —refutó Xalara, ganando confianza y seguridad para contestar.

—En aquella profunda conversación que mantuvimos, tú volviste a despertar en mí la obsesión que me destrozó durante mi juventud   —aseguró Syliana, con un tono desgarrador que le provocó a Xalara un escalofrío—, creyendo en la posibilidad de que la premonición fuera real y tú fueses una de sus protagonistas.

Por ese motivo no he querido relacionarme contigo desde entonces, para olvidarme de dicha posibilidad y que esta no me hiciese daño como en el pasado.

Pero no he podido, y sé que Érmul Nórebol tampoco —añadió—.

Puede que no me lo vayas a reconocer nunca, y estás en tu derecho, sobre todo después de las horribles experiencias que has tenido que padecer últimamente, pero sé que él te atrajo hasta la mansión Nórebol a raíz de esa profecía.

Por esa razón y muchas otras, creamos en ellas o no, las profecías son reales mientras haya alguien que sí crea.

—¿Entonces opina que yo, igual que el Lórdezeit, soy una Heredera de Árlay? —insistió Xalara, cada vez con más dudas.

La experiencia la obligaba a no cerrarse en banda ante cualquier posibilidad, por mucho que quisiera negarse a ella.

—Tanto como creí en su momento que lo era yo —admitió Syliana, lamentosa.

Xalara quiso exigirle una respuesta más rotunda, y también preguntarle quién pensaba que era el otro Heredero de Árlay durante su juventud, dado que Érmul Nórebol aún no había nacido por aquel entonces. Pero que la Lady Maestre se pusiera en pie frenó sus intenciones.