CAPÍTULO 31Encierro o muerte
Encierro o muerte
Sintió un terrible ardor en las muñecas justo antes de despertarse jadeando y sudando. Se fijó en ellas y, tras varios meses, ya no mostraban las marcas que le dejó Érmul Nórebol en aquella visión del pasado en Lúgardark.
Realizó un esfuerzo para recordar qué estaba soñando antes de que el dolor la despertase: unos cuervos con la cara de Huberto Cóbelpot perseguían de noche a Xalara en un bosque lluvioso y cubierto de niebla.
Se encontraba en la cama de una habitación con las paredes grises y vacías. Tenía una aguja clavada y sujeta con esparadrapo en la parte superior de su mano derecha, conectada mediante un tubo muy fino a un frasco cuyo contenido era semitransparente.
El cristal de una pequeña ventana interior, que generaba un sutil efecto espejo, le devolvió la imagen de una chica de rostro pálido y expresión desconcertada.
Al otro lado se entreveía un pasillo por el que cruzó un cuero negro , recordándole que la verdadera pesadilla no había ocurrido en sus sueños, sino en los acontecimientos de la noche anterior.
Las imágenes eran confusas en su memoria, y resultaba complicado ordenarlas. Sin embargo, todo podía resumirse en que el Lórdezeit había intentado robarle su cuerpo después de que ella le robase la vida a Huberto.
Xalara tenía la culpa de que estuviese muerto.
Por un interés u otro, de una manera más o menos ética, él siempre había estado pendiente de su seguridad y bienestar; ahora lo entendía.
Como agradecimiento por todo aquello, lo había traicionado en el momento más crucial, cuando solo pretendía salvarla una vez más.
Lo que había causado era tan terrible y estúpido que Xalara deseaba autoinfligirse un daño físico. Por mucha desconfianza y rechazo que tuviese hacia él al principio, se había dejado engañar finalmente por Andris Bóstoul.
Aura siempre tuvo razón: su ahijada era idiota. Por un instante, imaginó a su madrina a los pies de la cama, dirigiéndole un gesto muy elocuente para revalidar esa idea.
Xalara nunca había estado tan atrapada en el interior de su propia mente, tanto que consideró que lo mejor habría sido que el Lórdezeit hubiera conseguido su cometido.
La entrada de una sanadora fue como un rescate para ella.
La mujer de rostro enjuto se acercó a la cama de Xalara sin decir ni una palabra, para comprobar el contenido de aquel frasco que, presumiblemente, era un tónico para el dolor. Luego se inclinó sobre la muchacha, palpando las contusiones que Gustavo Zorien le había provocado.
—¿Te duele? —preguntó.
Xalara negó con la cabeza, a pesar de que sí notaba una ligera molestia cuando la sanadora le apretaba con un poco más de fuerza.
Pero, al moverle la rodilla, sintió una fuerte punzada en ella, algo que no logró disimular.
Aun así, la sanadora no comentó nada al respecto y se marchó hacia la puerta.
—Espere —dijo Xalara, comprobando con alivio que sí era capaz de hablar—. ¿Cuándo podré marcharme?
La sanadora no respondió, sino que salió de la habitación para que el cuero negro que vigilaba la puerta volviera a cerrarla mediante arlasofía .
Esto le recordó a Xalara que la Disciplina Nº5 no había tenido una ganadora, ¿o sí?
Al fin y al cabo, ella se había rendido antes de que todo estallase tras la revelación de los herederos en las gradas.
Estaba convencida de que Crispina no tardaría en anunciar a Samanta como ganadora, si no lo había hecho ya.
Tal vez solo estaría esperando a que Xalara recuperase algo de fuerzas para sacarla de allí y convertir su ejecución en todo un espectáculo televisivo, como a la presidenta le gustaba.
Seguro que Tedya Yons presentaría el acontecimiento, y ahora solo quedaba conocer cuándo y dónde se realizaría.
Nadie, salvo distintos y silenciosos sanadores, además de los propios cuero negro que la muchacha presenciaba en alguna ocasión cómo cambiaban el turno de vigilancia, entró en esa habitación durante los siguientes días, en los que Xalara se encontró cada vez mejor físicamente, aunque sobrellevando la tortura de sus pensamientos.
No fue hasta el quinto día, cuando ella se encontraba de pie realizando unos pequeños ejercicios físicos, que alguien distinto entró en la habitación.
Vestía ropa de calle, acorde a la sociedad de la capital, por eso en un primer vistazo no la reconoció.
Pero la enorme figura de Ozora Dein la delató enseguida.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la mujer, como si acabaran de verse la noche anterior y nada de relevancia hubiera ocurrido desde entonces.
Seguramente la presencia del cuero negro en la puerta tenía algo que ver.
—¿Qué hace usted aquí? —inquirió Xalara, intentando no mostrarse ansiosa.
—He venido a recogerte —explicó, esta vez con una expresión de orgullo antes de extraer un documento de una bolsa de papel que portaba—. Por expresa orden de la Lady Maestre —agregó mientras se acercaba para enseñárselo.
Xalara la miró con recelo .
—Sigues siendo una recluta permanente —aseveró la mujer—. Tu sitio está en Lúgardark, y tu responsabilidad bajo jurisprudencia de la institución y de quien la preside.
—¿Pero y Las Cinco Disciplinas? ¿Y Crispina Streif? —la interrogó Xalara, bajando la voz para evitar que el cuero negro se enterase.
La mujer pareció muy tensa de repente.
—Ya habrá tiempo para eso —dijo—. Ahora tenemos que irnos.
A continuación, vació el contenido de la bolsa sobre la cama. Xalara comprobó que era ropa de chica, toda de color negro. También había una peluca rubia y gafas, al parecer de pega.
—¿Para qué es todo esto? —preguntó con desdén.
—Para que nadie te reconozca —aclaró Ozora—. No sabemos… En fin.
Por sus gestos y actitud, la guardiana de Lúgardark ardía en deseos de explicarle más detalles a Xalara, pero no podía hacerlo porque actuaba bajo órdenes estrictas y la vigilancia del cuero negro .
—Tienes que confiar en mí —insistió—. Debes ponerte todo esto antes de abandonar la habitación.
Después de que Ozora saliese junto al cuero negro para ofrecerle intimidad mientras se cambiaba, Xalara se deshizo del horrendo pijama de tela y se puso todo el atuendo que le había proporcionado.
Tras colocarse finalmente un gorro con visera similar al que Víliam y ella le robaron a aquella chica durante su incursión en Bibrébem, se miró en el reflejo del cristal que daba al pasillo para comprobar el resultado.
No estaba cómoda con esa ropa, y la peluca se le metía delante de los ojos, entre estos y las gafas con cristales sin graduación, pero si, con todo aquello se buscaba que no la reconociesen, debía admitir el logro.
Ozora volvió a entrar y la observó de pies a cabeza con satisfacción.
—Estás perfecta —dictaminó—. Ahora vamos.
Antes de seguirla hacia la puerta, Xalara se volvió para observar la cama que había ocupado durante los últimos cinco días. No es que sintiese pena por dejarla, sino que, de alguna extraña manera, la percibía como una especie de refugio, donde había estado protegida del exterior.
El cuero negro no puso ningún impedimento a que se marchara.
—No te separes de mí —le advirtió Ozora ante las indagadoras miradas de quienes se encontraban en los pasillos.
Salieron a la calle, donde la temperatura era agradable para el momento del año en el que se encontraban, como si la primavera se hubiera anticipado un par de semanas.
Ozora también se colocó un gorro.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Xalara, sin poder apartar por completo la desconfianza.
—A la Estación de Tren Sur —respondió la guardiana.
—¿No vamos a viajar mediante una estación de traslado?
—No es seguro todavía —argumentó ella—. Primero iremos en tren hacia un pueblo de la Comarca del Sureste.
Luego… Mejor no hablemos de esto en la calle, ¿vale?
—añadió escudriñando el entorno, como si miles de ojos estuviesen pendientes de ellas, pero la verdad es que todo aquel con el que se cruzaban continuaba su tránsito con normalidad.
Xalara no replicó.
Tras una caminata llegaron a la estación, cuya fachada principal consistía en una serie de columnas labradas de hormigón dividiendo una pared de ladrillo muy fino, repleta de cristalería traslúcida. Protegido por una pequeña cúpula había un reloj con la hora errónea a juzgar por la altura del sol.
Dentro, Ozora se acercó a una de las taquillas para comprar los billetes hacia un pueblo llamado Ferlanto.
—Aún falta más de media hora para que salga el tren —comentó, aunque más bien pareció pensar en voz alta—. Ven, sentémonos en uno de esos bancos.
Se dirigieron al que estaba más alejado de los que albergaba gente.
—Ahora mismo no podemos confiar en casi nadie, ¿lo entiendes?
—murmuró Ozora tras consultar su reloj de muñeca por enésima vez, a pesar de que había uno bien grande encima de los andenes—.
Un viaje directo a Lúgardark en estación de traslado llamaría la atención del conductor, y no sabemos realmente quién puede ser un heredero encubierto.
Ya viste lo que pasó en el estadio —dijo volviendo a estudiar el entorno con una mirada obsesiva—.
Por esa razón vamos a intentar despistar todo lo posible.
Xalara quiso preguntarle qué sucedió después del ataque en el estadio, pero tras escuchar su explicación cuando no la esperaba, se sintió conforme por el momento.
Por fin subieron al tren cuando llegó la hora, y ocuparon un compartimiento cerrado y pequeño, aparentemente confortable, con asientos individuales ubicados uno frente al otro, separados por una diminuta mesa entre ambos.
El tren se puso en movimiento, traqueteando sobre las vías mientras aceleraba la marcha e iban dejando atrás la estación, internándose entre los edificios de la capital para finalmente atravesar un túnel bajo la muralla, donde previamente un guardia habría levantado la barrera de acceso y salida.