Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 30El fin de un mandato #2
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CAPÍTULO 30El fin de un mandato #2

Mientras Gustavo libraba su individual disputa con Dayana, veía a su alrededor cómo sus compañeros de bando iban cayendo uno tras otro: por cada dos pérdidas suyas se producía una entre los cuero negro .

La más impactante para él fue la de su subordinada en la Escolta Presidencial, que acababa de caer muerta a su lado con un agujero incandescente y sangrante en el abdomen.

Ese mínimo instante de despiste ocasionó que uno de los ataques de Dayana alcanzase sin obstáculos el bíceps izquierdo de Gustavo, donde se extendió deprisa una mancha roja que tiñó la manga de su impoluto uniforme blanco, aunque solo le había rozado.

Gustavo fue ayudado en última instancia por otro escolta, interponiendo su espada entre su capitán y el chorro inmediato de luz dirigido hacia él por Dayana.

Todo ello hizo que Gustavo decidiera resguardarse.

—¡No dejéis que entren! —ordenó mientras repelía algún destello camino de la puerta del Palacio, algo que seguramente todos interpretarían como una actitud cobarde—. ¡Proteged a la presidenta! ¡Que no pasen!

Cuando entró en el vestíbulo, un ataque impactó en el rosetón situado sobre el pórtico de entrada, provocando que se desprendiesen enormes fragmentos de su vidriera que por poco no alcanzaron a Gustavo.

Otro haz de luz lo sobrevoló enseguida para acabar estallando en una de las numerosas y colosales columnas del interior.

Por fin consiguió protegerse detrás de la fuente en el vestíbulo y aprovechó para revisarse la herida, que parecía mucho más grave de lo que aparentaba en un principio, dado que sangraba en abundancia. Pero tampoco podía quedarse allí rezagado para siempre, por eso se dirigió a la Gran Escalinata.

Aunque la sola idea de tener que subir se antojaba imposible, logró hacerlo hasta el último rellano, dejando en todos los escalones un rastro de sangre que brotaba de su brazo.

Jadeando cada vez más fuerte y con un sonido ronco que nacía de su garganta, alcanzó la puerta que daba acceso a la corta escalera que conducía al Despacho Presidencial.

Tuvo que activar la fórmula arlasófica de apertura sobre las dos puertas que él mismo había bloqueado previamente, hasta que al fin entró en la estancia. Se dio cuenta entonces de que no había vuelto a bloquear la primera, pero no podía bajar para hacerlo, así que solo formuló la del despacho.

Buscó con la mirada a Crispina, hallándola sentada en una postura muy encogida, a mitad de la escalera en espiral, que en ese tramo unía el Despacho Presidencial con el ático de la torre.

Con el mismo atuendo que llevaba en el estadio, Crispina temblaba entre sollozos, de espaldas a Gustavo, observando a un lado y a otro con la mirada perdida, como si contemplara fantasmas flotando a su alrededor mientras balbuceaba sin parar.

Pero lo más llamativo era su cabello: lo tenía mucho más corto, trasquilado en secciones irregulares, producido por tijeretazos erráticos.

—¿Andris? ¿Eres tú, cariño? —preguntó cuando escuchó pasos acercándose a ella.

—Soy Gustavo.

Crispina se giró hacia él, observándolo con el ceño fruncido, como tratando de confirmar lo que decía. Se puso en pie y sus sollozos se convirtieron en un llanto estridente, abriendo los brazos para que el hombre subiera hasta ellos.

Con una enorme dificultad debido a la cantidad de sangre que ya había perdido, remontó los escalones y se fundió en un abrazo con ella. Luego atrapó el rostro de la mujer que amaba entre sus manos.

—¿Qué te has hecho? —preguntó Gustavo casi sin aliento, esforzándose para no romper a llorar también .

—Estoy sola —gimoteó Crispina—. Todos me han abandonado: mi esposa, mi sobrino… todos.

—Me tienes a mí —repuso Gustavo—. Yo nunca me voy a separar de tu lado, ¿me oyes? Pero ahora tienes que ser fuerte: los cuero negro vienen a por ti —hizo una pausa, sopesando si decirle lo siguiente—. Sarah te ha delatado como la causante del incendio de la mansión Nanton.

—Pero yo no fui, no fui yo quien lo hizo —explicó Crispina fuera de sí, negando con vehemencia como si fuese una niña abroncada por su padre tras hacer una travesura—.

Fue Dayana Cleyton quien lo hizo; y mis voces las que le dieron la orden.

Las voces que escucho dentro de mi cabeza.

No paran de susurrarme, y no lo soporto más.

—Entonces no tienes por qué preocuparte, de alguna forma demostraremos que eres inocente —sugirió Gustavo con un tono paternal, tratando de aliviar el duro trámite para ella.

Unos golpes sordos se escucharon percutiendo en la puerta del Despacho Presidencial.

—¡Abran!

Era la voz de Dayana.

Gustavo no apartó la mirada de Crispina, y tampoco dejó que ella mirase hacia la puerta como pretendía.

—Ven, hay que subir más alto —decidió, agarrando la mano de la mujer para guiarla escaleras arriba, sacando fuerzas de donde ya no tenía.

—Te han herido —comentó ella asustada cuando se fijó en su brazo—. Estás sangrando mucho.

—No pasa nada —dijo él, forzando una sonrisa despreocupada—. Solo es una pequeña lesión sin importancia, se curará pronto.

—Pero…

—No —insistió Gustavo, obligando a Crispina a que dejase de observar la herida—. Tenemos que subir.

Los golpes volvieron a escucharse, esta vez más violentos, tanto que sacudieron la puerta .

—¡Abran la maldita puerta o la tiraremos abajo! —insistió la capitana de los cuero negro .

Esa amenaza por fin convenció a Crispina, y ascendieron a la última planta de la torre, donde Gustavo buscó con frenesí una escapatoria. Salió al balcón, donde los tejados de la ciudad destellaban ahora bañados por el dorado del amanecer, y se asomó al abismo.

—No dejes que me lleven —suplicó Crispina con el rostro desencajado—. No permitas que nuestro hijo crezca sin su madre.

Esa revelación consiguió que Gustavo se volviera hacia dentro, apartando el recuerdo de la escena en la que el maestre Viggo Estrango se tiraba por aquel balcón de Lúgardark.

—Estoy embarazada —anunció innecesariamente, frotándose el abdomen mientras él se acercaba—. Todo pasó cuando nos acostamos después de mi boda con Sarah.

Gustavo lloró también y se fundió en un abrazo con ella. Aunque resultaba inverosímil, la posibilidad era tan bella y al mismo tiempo tan desgarradora que fue incapaz de plantearse lo contrario.

—No dejes que mi hijo crezca sin su madre —repitió Crispina, aferrándose a la cintura de Gustavo—. Te lo suplico. Haz lo que sea necesario, por favor.

Abajo se escuchó cómo la puerta era finalmente destrozada tras recibir numerosos impactos de haces de luz.

—Mírame —dijo Gustavo, envolviendo la cara de Crispina entre sus manos—.

Solo mírame a mí, ¡clava tu vista en mis ojos!

—insistió cuando la mujer la apartaba hacia las escaleras, escuchando que abajo había movimientos frenéticos en su despacho—.

Ya te lo dije una vez: solo tú y yo importamos, nada más. Nadie más existe.

El hombre separó una mano temblorosa.

Crispina asintió emocionada y al parecer resignada, pero de repente sus ojos se abrieron con sorpresa, fijos en los de Gustavo, que no podía parar de llorar ahora.

Ella tosió con estrépito, soltando un hilo de sangre que resbaló por la comisura de sus labios.

Él la dejó irse hacia atrás, frenando su caída con delicadeza, mientras un puñal asomaba hundido en el costado izquierdo de la mujer .

—Lo siento, lo siento mucho —murmuró el hombre cuando Crispina perdía la vida entre sangrantes estertores, aferrándose a él hasta el último instante, en el que sus brazos soltaron el uniforme de Gustavo y quedaron colgando como si fueran los de una muñeca de trapo.

Con mucho cuidado, la depositó en el suelo y se tumbó junto a ella, abrazando su cuerpo inerte cuando alguien ya subía las escaleras. Sin dudarlo, arrancó el puñal del cuerpo de Crispina y se lo clavó a sí mismo en el corazón, sin apartar los ojos de la mujer que amaba.