Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 30El fin de un mandato
93%

CAPÍTULO 30El fin de un mandato

El fin de un mandato

Habían pasado varias horas desde el ataque en el estadio, donde se vivieron escenas de absoluto caos, y en las que la presidenta estuvo a punto de morir a manos de los herederos.

Gustavo, apostado en la puerta que conducía al Despacho Presidencial, repasaba una y otra vez en su mente el inesperado ataque, martirizándose al idealizar un resultado peor para todas las decisiones que había tomado en aquellos momentos y, al mismo tiempo, culpándose por no haber anticipado una situación así, fracasando en su trabajo como líder en la defensa de Crispina.

A esa hora, aún no sabía exactamente desde dónde y por quién había sido lanzado el primer haz de luz que terminó matando a uno de sus hombres de la Escolta Presidencial, y que habría acabado con la vida de Crispina de no ser por su rápida intervención.

Podía revivir con escalofriante detallismo el aterrador instante en el que comprobó cómo decenas de máscaras negras surgían entre el público.

Fue entonces cuando ordenó a sus subordinados rodear a Crispina, repeliendo todos los ataques procedentes de varios puntos distintos.

Al verse superados en el palco, Gustavo tomó la arriesgada decisión de saltar a la arena, donde se unieron a los cuero negro y aunaron fuerzas defensivas desde el centro.

Estaba convencido de que el principal objetivo de aquel ataque no era, sin embargo, matar a la presidenta del Gobierno, y aunque aún no podía demostrarlo, sabía que todo aquello había sido orquestado por los herederos para rescatar a Xalara Verdreven, de quien todavía no tenían noticias.

Tampoco sabían nada sobre el paradero de Andris Bóstoul, y el capitán pensaba que ambas desapariciones guardaban una relación muy directa, como Crispina había planteado sin que Gustavo la creyera durante los días precedentes, convencido de que podía tratarse simplemente de una teoría conspiranoica salida de una mente trastornada.

Tras varios minutos de batalla en el estadio, se produjeron numerosas bajas entre público, herederos y defensa del Gobierno, pero ninguna tan resonante como la de la vicepresidenta Sarah Corman, quien se había quedado rezagada y desprotegida en el palco, donde Gustavo, desde la arena, la vio morir al ser alcanzada por el ataque directo de un heredero.

Nadie podía presagiar entonces que Sarah había escrito una carta esa misma tarde, en la que afirmaba y demostraba que la presidenta del Gobierno había sido la causante del incendio en la mansión Nanton, donde pereció toda la familia, como represalia por el ataque sufrido durante el funeral de su hijo Wined, asesinado en Lúgardark.

Gustavo se sentía culpable de haber llegado a ese escenario, puesto que fue él quien había azuzado a la presidenta para que no se quedara de brazos cruzados tras el motín en el cementerio, lo que derivó en una locura de venganza con consecuencias impredecibles para todos los implicados.

No obstante, estaba convencido de que todo se había urdido tras acostarse con Crispina en su noche de bodas con Sarah y ser encontrados por esta.

Un ataque de celos que había culminado en aquella carta de confesión, forzando a la presidenta a un callejón sin salida en el que perdió casi la totalidad de sus apoyos, incluido el de los cuero negro , quienes habían servido fielmente a su causa durante todo el mandato.

La presidenta permanecía ahora recluida en sus aposentos.

No había vuelto a hablar desde que vio el cadáver de su esposa, al que no reaccionó de una forma desmesuradamente trágica, sino que se sumió desde entonces en un estado de enajenación profunda, sin responder a nadie que le dirigiera la palabra.

Solo hizo un gesto evidente de negación a Gustavo cuando este le sugirió quedarse dentro con ella, a lo que la presidenta respondió escupiéndolo en la cara.

Crispina aún desconocía la traición de Sarah: Gustavo se encargó de que así fuera.

Durante toda la noche, pensó en mil formas distintas de escapar junto a su amada, pero todas conducían a la misma conclusión: tendrían que llevar una vida en clandestinidad hasta que tarde o temprano los encontrasen.

Esa no era la clase de vida que podría soportar Crispina, mentalmente muy deteriorada.

Por medio de la enorme cristalera del techo del cimborrio, Gustavo observó cómo el cielo adquiría el pálido rosado del amanecer. Fue poco después cuando una miembro de la Escolta Presidencial llegó corriendo procedente de la Gran Escalinata, sacándolo de su particular ensimismamiento.

—Ya están aquí —anunció sin resuello.

No por esperarla la noticia resultó menos terrible para Gustavo, pero no podía dejarse intimidar: lucharía hasta las últimas consecuencias.

—De acuerdo —asintió él—. Avisa a tu compañero, que está vigilando el acceso a los aposentos presidenciales, y bajad hacia el vestíbulo; allí nos reuniremos todos.

—Vale —respondió la escolta, antes de salir corriendo escaleras abajo para cumplir la orden.

Antes de nada, el capitán comprobó que la puerta que custodiaba estuviese bien cerrada, y después también se dirigió hacia el vestíbulo.

Cuando se reunieron allí los cuatro miembros que le restaban a la Escolta Presidencial, no hizo falta darles ninguna orden, pues todos sabían lo que les esperaba fuera.

Se desplazaron hacia el pórtico del Palacio de la Sede, donde todos los guardias de la propia institución, por expresa orden de Gustavo, estaban negando, de manera diplomática, la entrada a casi medio centenar de cuero negro , con su capitana Dayana Cleyton al frente, situada al pie de la escalera de acceso, hacia donde se acercó Gustavo, respaldado por sus subordinados .

A esa hora, la plaza lucía completamente desierta y el frío de un amanecer todavía invernal se notaba en el ambiente.

—Buenos días, Dayana —saludó Gustavo con un tono forzosamente tranquilo, aunque la tensión acumulada amenazaba con hacer estallar sus entrañas—. ¿A qué se debe esta visita a una hora tan temprana?

—Usted lo sabe bien —dijo ella, al parecer sin querer entrar en el juego de la ironía que le proponía su homólogo.

—Debo de haber perdido la memoria entonces —explicó él con una sonrisa.

—Venimos a arrestar a la señora Crispina Streif —aclaró Dayana, tragando saliva visiblemente antes de seguir hablando—. Está acusada de haber provocado el asesinato de todos los miembros de la familia Nanton, tras haber incendiado su mansión mientras dormían en ella.

—¿Y quién fue la mano ejecutora? —preguntó Gustavo, tratando de buscar una debilidad emocional en Dayana, sabiendo que ella misma había prendido fuego a la mansión en medio de la noche—. ¿No tienes pruebas de eso, o no te atreves a buscarlas?

—No tengo que darte explicaciones —repuso ella.

—¿Olvidas quién te colocó ese abrigo de cuero que tienes sobre tus hombros?

—Nunca podré olvidarlo —aseguró, sonando con franqueza—, y siempre le estaré agradecida a la señora Streif. Fui muy leal a ella, y tú lo sabes. Pero ahora tengo que hacer mi trabajo.

—Hiciste un juramento —insistió Gustavo, tratando de tocar el lado sentimental de Dayana desesperadamente para ponerla de su lado y juntos ayudar a Crispina.

—Sí —afirmó ella—, juré obediencia y respeto ante la presidenta. Pero también juré poner mi vida al servicio de la sociedad de Las Cinco Comarcas, y es lo que estoy haciendo ahora.

—¡Esta mujer a la que seguís fue la causante del incendio en la mansión Nanton! —voceó Gustavo, señalando a Dayana—. ¡Os tiene a todos engañados, y ahora pretende engañar también a la justicia !

—Permitidnos hacer nuestro trabajo —presionó Dayana tras unos segundos callada, durante los cuales pareció sentirse realmente intimidada—. No tenemos intención de herir a nadie, pero si es necesario…

La capitana apoyó la mano sobre el pomo de su espada envainada.

—No amenace al capitán de la Escolta Presidencial —se rebeló la subordinada de Gustavo, adelantándose hasta ponerse a su par.

—Ya no es el capitán de nada —discutió Dayana con autoridad—.

Porque Crispina Streif tampoco es la presidenta, al menos hasta que pueda responder por sus cargos y demostrar su inocencia en un juicio.

Durante la mañana de hoy se celebrará una reunión del Consejo para nombrar a un sustituto en funciones, y este determinará qué ocurre también con vosotros.

A continuación, Dayana subió un par de peldaños y Gustavo desenvainó su espada, lo que produjo un efecto dominó en todos los presentes, salvo en la propia capitana de los cuero negro , que optó por mantener una postura antibélica.

—Venga, Dayana, no quiero matarte sin que desenvaines tu arma —aseveró Gustavo, transformando su tono mordaz en uno más desafiante.

—Aún puedes redimirte —argumentó ella, sin acceder a la afrenta—.

Solo has sido otra víctima de la mente perversa de Crispina Streif.

Todavía puedes salir indemne de esto si colaboras con la justicia y testificas en su contra.

¡Estáis en clara inferioridad numérica, no muráis por una causa perdida!

—gritó esta vez a todos los del bando contrario.

El comentario hizo que varios de ellos compartieran miradas, como esperando a que alguno tomase la difícil decisión de ser el primero en tirar su espada al suelo en señal de rendición.

Ninguno llegó a hacerlo.

—Todos ellos juraron luchar y morir por su presidenta —repuso Gustavo, envalentonado tras la no reacción de quienes lo respaldaban—. Y yo también.

Al momento, el capitán de la Escolta Presidencial hizo un rápido movimiento con su espada, pero superado en agilidad por el de desenvaine que realizó Dayana, permitiéndole desviar al cielo el destello disparado por Gustavo.

Los haces de luz volaron enseguida entre ambos bandos.

A pesar de encontrarse en inferioridad numérica, la Escolta Presidencial y los guardias del Palacio tenían la ventaja de estar en una posición más elevada, disminuyendo, en cierta medida, la diferencia de efectivos.