CAPÍTULO 29La fuga del reloj #2
»Ese fue el motivo por el que entró en Lúgardark como maestre.
Su objetivo era secuestrarte para traerte hasta aquí, y el plan era hacerlo rápido.
Pero esa Crispina Streif lo estropeó todo entrometiéndose —aseguró encolerizado—.
Ella tenía sus propios planes contigo, y se había adelantado a los nuestros.
Lo más sencillo habría sido matarla, pero esa Crispina es inteligente a pesar de haber perdido el juicio, y se rodeó de una gran seguridad.
La única manera de asesinarla era que su propio sobrino lo hiciese.
Pero él se negó, y lo entiendo. Ama a su tía y no se veía capaz de hacerlo.
No lo culpo, yo también quería mucho a mi abuelo paterno Gabal, y habría matado a cualquiera que me hubiese pedido algo así.
Por ese motivo no nos quedó más remedio que cambiar el plan.
»Andris ideó, para convencer y apaciguar a su tía, esa competición llamada Las Cinco Disciplinas. Él, como mentor tuyo, debía impedir que murieses, con todo el riesgo que eso conllevaba, especialmente debido a tu terquedad a la hora de confiar en él.
—Sí —masculló Xalara, rendida—, para matarme ahora.
—Y no solo eso —continuó el Lórdezeit—, sino que se encargó de contratar a Míxiliam Weinter como árbitro para que, llegado el caso, te salvase de una muerte segura. Incluso ese Weinter llegó a escribir tu nombre en las dos papeletas durante la ceremonia de selección.
Xalara comprendió quién la había impulsado mediante arlasofía cuando estaba bajo el agua en aquella piscina durante la Disciplina Nº3.
—Para convencer a un hombre tan honorable y honesto, Andris le ofreció la posibilidad de resucitar a su mujer e hija fallecidas, argumentando que sabía cómo hacerlo, dado que él mismo había resucitado tras morir en el atentado del Palacio de la Sede.
No hay mejor forma de manipular a una persona que atacar sus miedos y anhelos más profundos, y Andris sabe cómo hacerlo.
Xalara no podía negarlo, pues lo había logrado con ella, y ahora se sentía insignificante y ridícula.
—Pero Crispina estableció una intensiva vigilancia sobre ti —continuó el Lórdezeit—.
Desconfiaba incluso de su querido sobrino al ver cómo ibas sobreviviendo a todas y cada una de las Disciplinas.
También negó la posibilidad de que hubiera público presente hasta la última.
Por eso tuve que ir alargando el secuestro hasta esta noche, cuando pude introducir en el estadio a decenas de mis seguidores.
De no haber sido por el cambio de opinión de la presidenta, probablemente no habría logrado secuestrarte.
Andris Bóstoul hizo un gran trabajo, igual que cuando delató a tus padres —manifestó, abriendo otro frente.
Esa última declaración golpeó a Xalara como si un relámpago atravesara su pecho tras comprender el fatal error que había cometido.
—No imaginas lo que disfruté convirtiéndolos —dijo—.
No porque me gustase hacerlo, sino por lo que representó para todos esos falsos arlasofos y sus ideales de grandeza.
Sé que hasta ahora has podido ver primero el nudo, luego presenciaste la introducción, y ahora por fin voy a mostrarte el desenlace, para que puedas completar la historia.
Será lo último que veas antes de que tu consciencia se apague para siempre.
Cuando el Lórdezeit se calló, una nube negra brotó desde la esfera del reloj y avanzó hacia Xalara, penetrando sin remedio por su boca y fosas nasales.
Eso le causó un frío atroz mientras descendía hasta sus pulmones, además de una curvatura excéntrica en su columna vertebral, solo frenada por el apriete de los amarres que la sujetaban a la equis de madera.
Enseguida dejó de ser Xalara, o al menos ya no estaba dentro de su propio cuerpo, sino que ahora veía a través de los ojos del Lórdezeit, subiendo las escaleras hacia el cadalso en la plaza de Yadarme.
Allí se encontraban Arturo Vagüer y Lana Oróbric, encadenados a sendos postes de madera; igual que su propia hija en la mansión Nórebol.
A su lado iba enmascarado Alexios Kraus, aunque se quedó en el último peldaño.
Xalara vio a varios nukternozes al fondo del público, que permanecía con una rodilla en el suelo y apelotonado a los pies del cadalso. Dentro del Lórdezeit, Xalara se colocó delante de sus padres. Arturo se resistía e intentaba soltarse, pero no llegaba a manifestarlo con palabras .
—Fuiste un buen heredero —afirmó el Lórdezeit, acercándose a Arturo, como si realmente le doliese lo que iba a hacer pero no le quedara más remedio. Xalara se encontró de pronto mirando a los ojos de su padre—. ¿Por qué me traicionaste?
Aun así, solo fue un pensamiento dicho en voz alta, porque su receptor no podía escucharlo debido a la presencia cercana de los nukternozes .
Xalara quiso alargar los brazos para tocar a su padre, pero no era dueña de ese cuerpo, solo estaba dentro como invitada.
El Lórdezeit no dijo nada más: no tenía sentido si nadie podía oírlo.
Luego retrocedió un par de pasos, desenvainó su espada, la enarboló, la impulsó por encima del hombro y después hacia adelante.
—¡ Speiktram ! —gritó, y una masa de humo negro brotó de la punta de su espada, penetrando en Arturo para consumir todo su cuerpo en cuestión de segundos.
Un proceso que Xalara ya había presenciado en una ¿pesadilla? Ahora entendía que aquello había sido como una especie de premonición: tal vez fuese cierto todo eso de los designios de la verdadera arlasofía .
Ahora el Lórdezeit se colocó delante de una horrorizada Lana, que acababa de presenciar cómo moría su marido. Ella no se revolvió. El Lórdezeit realizó de inmediato e, incluso con más efusividad si cabe, el mismo procedimiento.
—¡Hijo de…! —bramó inútilmente Xalara para sus adentros.
Segundos más tarde, donde antes había dos personas atadas a unos postes, ahora se hallaban dos terribles nukternozes liberados.
De repente Xalara volvía a estar en su propio cuerpo, atada a la equis de madera.
Pero no se encontraba en la mansión Nórebol, sino en un vacío oscuro, donde de la parte inferior brotaba una negra y espesa niebla que apenas se alzaba unos pocos centímetros.
Además, se escuchaba el perturbador y acelerado mecanismo de un reloj.
Como si fuera una sombra más del entorno, Érmul Nórebol apareció en su forma corpórea, caminando hacia Xalara. Se detuvo frente a ella y le colocó las manos sobre los hombros, igual que hizo aquella noche el nukternoz que la atacó en el bosque de Yadarme .
—Todo terminará muy pronto —declaró Érmul, mirándola con aquellos penetrantes e incomparables ojos grises—. Te lo prometo.
El Lórdezeit abrió la boca al máximo y el humo negro brotó de sus entrañas para salir directo hacia Xalara. Ella no solo fue incapaz de evitarlo, sino que sentía, involuntariamente, cómo su mandíbula se abría más allá de lo que creía posible.
Érmul se evaporó ante sus ojos, y Xalara se encontró de un momento a otro sin ataduras y de pie en un bosque soleado, con poca arboleda pero con la hierba alta y verde, que, mecida por el viento, le rozaba suavemente la yema de los dedos, en un paisaje primaveral.
Frente a la chica se extendía un camino de piedras blancas que reflejaban como cristales al contacto con los rayos del sol.
Al fondo aparecieron dos figuras: un hombre y una mujer que Xalara reconoció enseguida.
Eran sus padres, y estos habían empezado a saludarla levantando una mano, como reclamándola.
Xalara se sintió más feliz y protegida que nunca, como una niña que encontraba por fin un lugar donde quería estar. Caminó hacia ellos, segura de que esta vez nadie frenaría sus pasos, porque ahora sí era plenamente dueña de su cuerpo y de sus decisiones.
Sin embargo, una voz a su espalda, como traída por el viento desde muy lejos, la detuvo.
—¡Han llegado! —advirtió un hombre—. ¡Los cuero negro están entrando en la mansión!
Xalara miró hacia atrás, pero allí no había nadie, solo una infinita superficie de agua donde se reflejaba el cielo azul. Cuando volvió la vista al frente, sus padres ya no la estaban reclamando, sino que su gesto había cambiado hacia uno de despedida.
—¡Tenemos que irnos! —exclamó la misma voz, esta vez escuchándose mucho más nítida.
El bosque se desvaneció en torno a una decepcionada Xalara, que regresó a la mansión Nórebol tan rápido como si lo hubiera hecho a través de una estación de traslado.
No obstante, el reloj ya no estaba delante suyo, sino que un hombre vestido de heredero tenía la esfera bajo el brazo, aparentemente recién desanclada de la pared, donde aún permanecía el péndulo, detenido.
—¿Qué has hecho? —protestó una heredera de estatura muy baja—. Lo has roto.
—No podemos quedarnos —insistió el otro heredero, que aun así se mostraba asustado—. Si nos cogen, todo se habrá acabado.
—Lo has matado —refutó Briana Kéitel tras fijarse en el reloj, cuyas manecillas también habían dejado de moverse—. ¡¡Has matado al Lórdezeit!!
Un heredero alto y fornido se acercó al que sostenía la esfera del reloj para agarrarlo por el cuello y lanzarlo contra uno de los enormes espejos de la pared, rompiéndolo en añicos.
Xalara advirtió que las manecillas del reloj habían comenzado a funcionar de nuevo, girando a toda velocidad.
—Está vivo —anunció el heredero que todavía lo sostenía bajo el brazo, dándose cuenta también de ello—. El Lórdezeit sigue con nosotros.
—Vamos —dijo Briana tras comprobarlo—. Jerom, suelta a la chica.