CAPÍTULO 28Máscaras negras #2
El sonido creció rápidamente en intensidad y Andris se volvió hacia Xalara, cruzando una mirada en la que ambos comprendieron a qué se debía. El estridente graznido y el aleteo conjunto se escucharon por encima de sus cabezas, para volver a alejarse sin que ellos pudiesen vislumbrar su origen.
Unos segundos después, surgió de entre la oscuridad una figura humana que más bien parecía fantasmagórica, apareciendo en el camino de grava por detrás de Xalara y Andris, que anticiparon su presencia por el sonido de las pisadas.
Huberto Cóbelpot estaba aún más delgado de lo que recordaba Xalara.
Tenía puesto un mono de presidiario, cubierto por un abrigo raído y oscuro que le llegaba casi a las rodillas.
El largo cabello le caía sucio y chorreando sobre el rostro chamuscado.
Sus ojos se mostraban igual que aquella noche en la que apareció en el cementerio de Yadarme para rescatar a Xalara de los herederos.
Unos ojos que no tardaron en recuperar la normalidad para fijarse en ella y en Andris.
Él se apresuró a colocarse delante de la muchacha, con la espada en ristre, sin dejar de vigilar ambos lados del camino, seguramente temiendo un ataque de los cuervos, que habían dejado de escucharse. No obstante, era evidente que solo estaban esperando la orden de su controlador.
Los tres parecían estudiarse, y Xalara, imbuida por una intensa rabia que se acumuló en su pecho, esquivó a Andris y salió corriendo hacia Huberto.
—¡Xalara, no!
Pero ya era tarde: ella se tiró sobre el fugitivo con todas las fuerzas que le quedaban, sin ninguna estrategia de combate, impulsada únicamente por el odio que sentía hacia el hombre que traicionó a sus padres, robándoselos para siempre.
—¡Sepárate de él! —insistió Andris.
Cayeron al suelo, quedando Xalara encima de Huberto, a quien le propinó un puñetazo en la punta de la nariz.
Los ojos del prófugo se abrieron excesivamente y se revolvió cuando la chica preparaba otro golpe, consiguiendo bloquearle el brazo y sujetarla por el cuello.
Después la inmovilizó, le puso un cuchillo a la garganta y ambos quedaron arrodillados sobre la grava, cuyas piedras se clavaban dolorosamente en las rodillas de Xalara.
—Vale, viejo amigo. Vamos a tranquilizarnos todos —dijo Andris, aunque sin bajar su espada—. No quieres hacerlo, seguro.
—¿Por qué te preocupas tanto por ella? —protestó Huberto entre resuellos.
—Sé que la amabas y que no le vas a hacer daño a su hija —repuso Andris—. Los dos queremos protegerla. Así que vamos a llegar a un acuerdo.
—Traicionaste a mis padres —manifestó Xalara, estirando el cuello para alejarlo inútilmente de la fría hoja del cuchillo—. Los delataste ante el Lórdezeit como líderes y fundadores de la Resistencia. Tú los mataste .
—No, no fui yo —explicó Huberto, sonando indignado.
—Te vi —aseguró Xalara, anticipándose a una posible excusa—. Vi en una de mis visiones del pasado cómo te enfrentabas a mi padre en aquel callejón cuando erais jóvenes. Estabas decidido a matarlo.
La confesión pareció dejar sin réplica a Huberto, que tardó en contestar.
—Sí, nos peleamos —reconoció, apretando el cuchillo sobre la garganta de Xalara peligrosamente—.
Éramos jóvenes y estúpidos. Pero los dos amábamos a tu madre.
Te aseguro que nunca llegarás a imaginar cuánto lo hacía yo.
El amor a veces te obliga a cometer estupideces, especialmente a esa edad —insistió—.
Pero la amaba tanto que jamás la habría delatado para que muriese, y tampoco a tu padre.
Al final las cosas entre nosotros se arreglaron, como los buenos amigos que un día fuimos.
A pesar de que Arturo fue un heredero, igual que él —dijo Huberto, señalando a Andris con la mano que portaba el cuchillo—.
Él fue quien delató a tus padres, igual que traicionó más tarde a Alexios.
—¡Apártate de él! —bramó Andris, soltando un haz de luz después de agitar su espada, aprovechando que Huberto había retirado el cuchillo del cuello de Xalara.
El ataque impactó en el suelo, cerca de ellos, pero lo suficientemente alejado para no causarles daño.
Huberto soltó a la chica y se puso en pie, con una agilidad que no parecía acorde a su deplorable aspecto físico. Logró esquivar otro ataque antes de volver a esconderse en la arboleda. Xalara también se levantó y corrió hacia la protección de Andris.
—No creas ni una palabra que salga de su boca —aseguró él—. Solo trata de embaucarte para que te posiciones a su favor. Ya viste lo que hizo: ha estado a punto de degollarte. Si no llegas a descolocarlo tras mencionarle a tu madre, lo habría hecho sin dudar.
Andris hablaba mientras giraba en semicírculo, arrastrando con él a Xalara.
Ambos trataban de encontrar una señal que delatara la ubicación de Huberto cuando percibieron de nuevo el aleteo sordo de decenas de cuervos, que solo comenzaron a graznar cuando se mostraron ante sus ojos.
—¡Agáchate! —le advirtió Andris a Xalara cuando él comenzaba a agitar su espada para atacar a las aves, que se tiraron desde el aire sobre ellos.
Aunque pudo matar a varios, eran demasiados, y Andris se vio atrapado entre una montonera de plumas negras, llegando incluso a perder su espada, por lo que se vio obligado a tirarse al suelo hecho un ovillo para protegerse.
Xalara notaba el impresionante aire que desprendía el aleteo de los cuervos, impotente ante la desventaja, pero sin ser atacada en ningún momento.
Seguramente convencido de su victoria, Huberto volvió a dejarse ver, pero sin dejar de controlar a sus aves, que seguían desgarrando a Andris, siendo imposible adivinar si aún continuaba defendiéndose o ya había perdido.
Aunque aturdida, Xalara buscó algo con lo que poder atacar a Huberto, dado que la espada de Andris había quedado inaccesible para ella. Sus ojos se toparon con una rama seca de ciprés tirada en el margen del camino.
— Begagxio —pronunció, estirando el brazo hacia la rama.
Esta se alzó de inmediato y la muchacha la dirigió con todas sus fuerzas hacia Huberto, logrando golpear su zona cervical. El hombre cayó de rodillas, grogui.
Los cuervos se desperdigaron en varias direcciones, dejando a la vista el cuerpo de Andris, quien, para alivio de Xalara, comenzó a moverse, demostrando que seguía vivo, ni siquiera inconsciente.
Lo que más llamó la atención de la chica no fue que el uniforme de cuero negro que llevaba puesto estuviera hecho jirones, sino que Andris, cuando se incorporó, llevaba una máscara de heredero que al parecer le había servido para protegerse el rostro del ataque de los cuervos.
Cuando la exhausta mente de Xalara intentaba interpretar todo aquello, unas manos frías y unos brazos fornidos la abrazaron con fuerza por la espalda, a la altura del cuello .
Mientras era arrastrada hacia atrás sin poder evitarlo, vio cómo Andris, por medio de la arlasofía , recogía la espada del suelo, atrayéndola hacia su mano para disparar hacia Huberto, quien ni llegó a reaccionar antes de que un destello le destrozase la cabeza.
Xalara se desmayó.