CAPÍTULO 28Máscaras negras
Máscaras negras
Todo ocurrió muy deprisa, pero Xalara pudo observar cómo Gustavo Zorien se lanzaba sobre la presidenta para esquivar el ataque, provocando que este terminara estrellándose sobre el torso de otro miembro de la Escolta Presidencial, situado tras ellos.
El sonido resultante fue sordo, dando paso a un silencio inquietante que, sin embargo, duró muy poco.
En medio del desconcierto, decenas de personas con máscaras negras se pusieron de pie entre el público, y antes de que cualquiera pudiera comprender qué sucedía, empuñaron espadas arlasóficas y abrieron fuego a discreción, causando numerosas bajas en cuestión de segundos.
—¡¡Proteged a la presidenta!!
Entremezclándose con los gritos desesperados de quienes intentaban escapar de aquel horror en las gradas, las súplicas de Gustavo alcanzaron los embotados oídos de Xalara que, sin ser consciente de ello, se había acuclillado en la arena con los brazos sobre la cabeza a pesar del dolor en su rodilla.
En esa postura vio cómo Samanta Zolian corría para dirigirse hacia la zona donde estaba su familia.
Accidentalmente o no, los focos del estadio se apagaron en medio de una lluvia de agua y haces de luz, creando un ambiente espeluznante.
Xalara buscaba casi a tientas la espada que había tirado, tanteando la arena con sus manos .
—Vamos —dijo alguien que de pronto estaba a su lado—. Tenemos que irnos.
Solo cuando Xalara reconoció la voz de Andris Bóstoul se permitió alzar la cabeza para mirarlo. El hombre vestía como un cuero negro y empuñaba una espada.
La muchacha se puso de pie con su ayuda, reprimiendo un alarido por el dolor en su rodilla.
—Apenas puedo moverme —aseguró ella.
—Ten, toma esto, deprisa —dijo Andris, sacando un frasco del bolsillo—. Es un tónico analgésico. Bébelo todo.
Aunque era imposible distinguir el contenido, Xalara no lo dudó y descorchó el frasco para vaciarlo en su boca. El sabor le resultó familiar, y la mejoría fue casi instantánea. Incluso sintió una energía desmesurada.
En cuestión de segundos, corría junto a Andris mientras este esquivaba o repelía cualquier haz de luz con el que se topaban.
—Ven, conozco una salida segura —dijo él, cogiendo de la mano a Xalara para cambiar radicalmente de dirección.
En medio de la intermitente oscuridad tropezaron con algo tirado en el suelo. Cuando un haz de luz voló sobre sus cabezas iluminó brevemente la escena y pudieron comprobar que era el cuerpo sin vida de un cuero negro , cuyos ojos estaban muy abiertos.
—Es por aquí —indicó Andris, dando otro tirón al brazo de Xalara, que se había quedado momentáneamente paralizada.
Consiguieron llegar al pie de las gradas, y antes de entrar por una bocana que los introduciría en las tripas del estadio, Xalara miró un instante hacia el palco, donde vio a duras penas cómo los cuatro miembros de la Escolta Presidencial que aún quedaban en pie rodeaban a Crispina, repeliendo ataques sin cesar.
—Rápido —la apremió otra vez Andris.
Ahora se hallaban en un túnel estrecho con peldaños que descendían, ayudados por la lúgubre iluminación de las lámparas que allí abajo seguían funcionando.
No obstante, en una bifurcación al final de la escalera, aparecieron dos cuero negro , quienes, tras observarse mutuamente, enseguida adquirieron una actitud bélica.
—Quédate detrás de mí —ordenó Andris, al tiempo que un destello lanzado por los cuero negro volaba hacia ellos.
Con alguna dificultad, Andris desvió el ataque hacia el techo, del que se desprendieron fragmentos de hormigón que cayeron sobre la cabeza de Xalara sin causarle mayores daños, aunque estaba demasiado drogada para percibir cualquier dolor.
Con una habilidad asombrosa, Andris no solo se defendió con soltura, sino que tumbó con relativa facilidad a sus dos contrincantes, quienes quedaron inertes en el suelo: uno encima del otro, en una postura tétrica bajo una columna humeante que se elevaba de su ropa chamuscada por los haces de luz.
—Sigamos, es por ahí —dijo Andris, como si para él no fuese destacable lo que acababa de conseguir.
Pasaron por encima de los cadáveres y doblaron la esquina a la derecha para acceder a una larga y empinada rampa sin peldaños que subía hasta una puerta.
— Dunoxdita —pronunció Andris sobre la cerradura mientras hacía el giro preciso con su mano izquierda, que acababa de liberar cambiando la espada a la otra.
La cerradura chasqueó y la puerta se abrió para alivio de Xalara cuando Andris la empujó hacia adentro.
Salieron del estadio a un callejón donde la única farola existente se encontraba apagada.
Desde allí vieron a una multitud que corría por una calle colindante, huyendo despavorida del caos.
Algunos incluso, como pudo comprobar Xalara, tenían la ropa manchada de sangre, aunque quizá no fuera suya en todos los casos.
—Tenemos que alejarnos —aseveró Andris, echando a correr en dirección contraria a la calle atestada para que Xalara lo siguiese.
La lluvia era torrencial, y sus pies chapoteaban sobre los charcos que ya se habían formado. El callejón no tenía salida aparente, pero Andris volvió a activar la fórmula de abertura sobre otra puerta de un edificio y entraron por ella .
Solo cuando ya estaban dentro, Xalara se permitió apoyarse en la pared para recuperar el aliento.
—No podemos quedarnos aquí —advirtió Andris perentoriamente—. Aún no estamos seguros.
—Solo dame un momento —suplicó ella, que a pesar de tener los síntomas derivados de la paliza relativamente bajo control gracias al tónico, notaba como si un gas tóxico interno le oprimiera el pecho.
—Tenemos que irnos —insistió Andris tras concederle unos segundos.
—Vale —aceptó Xalara, realizando el esfuerzo.
Salieron del edificio, aparentemente desocupado, tras recorrer un largo pasillo y se encontraron en otra calle vacía, donde, sorpresivamente, sus farolas también estaban apagadas.
Aquello no podía ser casualidad, como pensó Xalara.
—Vete a mi espalda y no te separes de mí, ¿de acuerdo? —indicó Andris, enarbolando la espada como si tuviera que utilizarla en cualquier instante.
Siempre pegados a la pared de los edificios, vagaron por varias calles desiertas y oscuras, acompañados por el sonido de la incesante lluvia al rebotar sobre el pavimento.
—¿A dónde vamos? —preguntó la muchacha, perdiendo un poco la paciencia debido al cansancio y a una niebla mental que se volvía cada vez más espesa.
—A un lugar seguro —contestó Andris, que añadió—. Te dije que no iba a dejarte morir.
El hombre miró hacia atrás fugazmente para sonreírle a Xalara de forma paternal, transmitiéndole un soplo de confianza y seguridad.
—Ya estamos cerca —comentó él cuando se encontraron ante una salida que daba a las afueras de la capital.
Sin embargo, no parecía una de las cuatro puertas situadas en los diferentes puntos cardinales, lo que Xalara confirmó tras leer un cartel que indicaba: «Villa de la Élite».
Supo entonces dónde estaban: en el lugar al que ella y Víliam se dirigían cuando fueron sorprendidos por Samanta Zolian, su madre y su prima .
Cruzaron el arco de entrada y se toparon con una garita de vigilancia que estaba vacía. Así que cruzaron el acceso sin complicaciones, entrando en una urbanización donde se alzaban grandes mansiones a ambos lados de la calle.
—¿Hacia dónde vamos exactamente? —inquirió de nuevo Xalara, pero esta vez no obtuvo respuesta.
Dejaron atrás varias mansiones. Una llamó especialmente la atención de la joven, dado que estaba totalmente calcinada.
Andris se detuvo ante un camino de grava conectado con la avenida, flanqueado a ambos lados por una hilera de cipreses altos y secos.
Al final se alzaba, cercada por un muro gris oscuro, una mansión del mismo color, con el tejado repleto de chimeneas y sin ninguna luz encendida en sus numerosas ventanas.
Verla le causó un escalofrío a Xalara y la llenó de una extraña incertidumbre, por lo que se detuvo y no siguió a Andris cuando este se internó en el camino de grava.
—Vamos, no podemos quedarnos aquí —profirió él, girándose hacia la chica cuando se dio cuenta.
—¿Por qué tenemos que ir ahí?
—Es la mansión de mi familia materna —explicó Andris con un tono desenfadado—. Ahí estaremos seguros por ahora.
—Pero entonces es también la mansión de tu tía —dijo Xalara, recelosa.
—Sí —admitió Andris, esta vez con un deje distinto—. Pero ella no va a venir ahora. Dudo incluso que haya podido salir con vida del ataque.
—¿Fue usted? —preguntó Xalara—. ¿Usted inició el ataque?
—No, por supuesto que no —contestó con efusividad—. Jamás le haría daño a mi tía.
—¿Por qué está vestido de cuero negro ?
—Para infiltrarme en el estadio —aclaró—. Crispina me prohibió la entrada, así que he tenido que ingeniármelas para poder acceder. De no haber sido así, tú ya estarías muerta.
—Pero ¿y todos esos herederos ?
—No tengo ni idea —reconoció Andris—. Pero te aseguro que nos ha venido de perlas para poder rescatarte.
—¿Crees que el ataque ha tenido algo que ver con el Lórdezeit o los hermanos Kéitel? —inquirió Xalara, cuyo instinto de desconfianza estaba disparado a pesar de que su capacidad mental parecía consumirse a marchas forzadas.
Andris dio un paso hacia ella.
—No te quiero engañar —aseguró él—. Ese ataque no me huele nada bien.
¿Viste la cantidad de enmascarados? Todos son herederos clandestinos, y si ha ocurrido esta noche no ha sido por mera casualidad.
Algo se ha estado orquestando en las sombras y hoy se ha manifestado —concluyó—.
Pero ahora lo más importante es ponerte a resguardo cuanto antes.
Reflexionó durante unos segundos, y finalmente Xalara accedió a la petición de Andris, caminando juntos bajo la lluvia, haciendo crujir la grava mojada.
Se encontraban ya casi junto a la entrada al cercado de la mansión cuando Xalara percibió un sonido lejano, parecido al graznido de unos cuervos. Creyó que solo estaba dentro de su cabeza, hasta que presenció la reacción de Andris, que se detuvo en seco.