Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 27La última Disciplina #4
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CAPÍTULO 27La última Disciplina #4

Xalara nunca había leído nada sobre el estadio de Bibrébem en particular, pero sí sobre los duelos de espada, utilizados antiguamente como entretenimiento social de masas.

Los duelistas de la época eran considerados incluso héroes, y ganaban mucho dinero.

Por esa razón los jóvenes soñaban con convertirse en uno.

Aunque a temprana edad no eran conscientes de lo que significaba, pues podían morir cualquier día a manos de su compañero de profesión, y la mayoría abandonaba su deseo al comprender las verdaderas consecuencias.

Los minutos se transformaron posiblemente en horas, con una creciente sensación de inquietud por descubrir qué haría Crispina para asegurar la muerte de Xalara. El ritmo de sus latidos se aceleraba cada vez que veía a uno de los cuero negro pasar por delante.

Hubo un momento en el que el perturbador silencio de allí abajo comenzó a romperse.

Pero el ruido no provenía del pasillo subterráneo, sino que lo hacía desde más arriba.

Una especie de murmullo generalizado que se convirtió en algo mucho más notorio, y que hacía vibrar incluso el techo que Xalara tenía sobre su cabeza.

Aquello le hizo sentir escalofríos, pues era la señal de que se acercaba la hora.

En el pasillo se incrementó el movimiento, por el que varios cuero negro desfilaban de manera apresurada, anticipando una llegada que no fue inesperada para Xalara.

Primero asomó en el habitáculo Gustavo Zorien, que estudió a la chica antes de apartarse para dejar su sitio a la presidenta Crispina Streif. Ella lanzó repentinamente su mano hacia el cuello de Xalara, aunque no se lo apretó en exceso mientras escudriñaba su rostro con ojos encolerizados.

—Tenía que tocarte para asegurarme de que no eres un fantasma —admitió Crispina tras separar su mano—. ¿Quién iba a pensar que sobrevivirías a las Montañas del Norte? Es imposible —reconoció como pensando en voz alta.

—A veces el temor solo es lo que nos han infundado sin comprobar siquiera si se sostiene sobre algo real —replicó osadamente Xalara, apretando los dientes por la rabia que le generaba estar a centímetros de esa mujer una vez más.

—Curiosa reflexión para alguien que está a punto de morir —aseveró Crispina—. ¿O aún crees que vas a salvarte una última vez?          —añadió con una sonrisa maliciosa.

—Nunca lo he creído —contestó Xalara—. Pero aquí estoy.

—Esto es Las Cinco Disciplinas, todavía queda una para cumplir mi objetivo —aclaró—.

Toda esa multitud que escuchas allí arriba ha venido a verte morir, ¿por qué piensas que es la primera vez que dejo entrar público en una de las Disciplinas?

—repuso la presidenta—. Sé que mi sobrino te ha ayudado a llegar hasta aquí, pero ya no está.

Ese comentario acabó de desesperanzar a Xalara, temiendo que hubiera matado a Andris.

—Confiaba en él —declaró Crispina sin ocultar el dolor que le causaba—.

Mi sobrino era toda mi vida. Todo lo que hice siempre fue por su bienestar.

Nunca tuve una buena relación con mi hermana, ¿sabes?

Ella era… distinta a mí, o más bien yo era diferente a ella, a todos los miembros de mi familia en realidad.

Pero Andris, él siempre fue mi único apoyo.

Ahora me he dado cuenta de que él también era distinto a mí —Crispina rompió a llorar, pero pudo controlar el llanto enseguida—.

En fin, qué te voy a contar… Sé que tú también eres distinta.

Pero vas a morir igualmente, no hay marcha atrás.

Mi sobrino ya no está aquí para salvarte, esta vez no.

La presidenta respiró profundo y se volvió hacia Gustavo, que estaba a su espalda .

—Capitán, golpea a la participante donde no puedan verse las marcas.

Después salió para dejarle el sitio a Gustavo.

—No te imaginas lo que voy a disfrutar haciendo esto —dijo él, deteniéndose frente a Xalara.

El primer golpe fue una patada en el muslo izquierdo de la joven.

Luego recibió un puñetazo en la boca del estómago que le provocó una tos repentina.

Seguidamente, un puntapié a la altura de la rodilla derecha que le provocó un dolor terrible, como si le hubiera luxado la rótula.

Al momento, otro puñetazo en el costado que le nubló la visión e hizo que todo empezara a darle vueltas.

—Te he dado cuatro golpes por el número de Disciplinas que llevas superadas —explicó él—. Ahora te daré el quinto por la última.

El puñetazo impactó entre el esternón y el abdomen de Xalara, que sintió un amargo sabor metálico, y cuando levantó la cabeza vio la cara sonriente de Gustavo Zorien duplicada y borrosa.

No supo cuándo se marcharon.

Luego presenció, como si estuviera fuera de su cuerpo, a varios cuero negro soltándola de los grilletes.

Tenían que sujetarla para que no cayera al suelo.

Uno de ellos le acercó un frasco muy pequeño a la nariz, cuyo fuerte aroma disipó su aturdimiento, aunque dio paso a un intenso dolor generalizado.

Xalara fue empujada hacia el pasillo, donde también estaba Samanta, que la miró de pies a cabeza: seguramente había escuchado toda la escena del maltrato.

—Andando —les ordenó uno de los cuero negro .

La inestabilidad en la maltrecha rodilla le causaba a Xalara una ostensible cojera, complicándole seguir el paso de los demás. Cada respiración era una tortura, sintiendo que el oxígeno solo penetraba a medias, como si algo dentro de su pecho lo obstruyera.

No tardaron en alcanzar el final de aquel lúgubre pasillo para girar a la izquierda y encontrarse de bruces con una escalera tallada en el suelo, que ascendía hacia una bocana donde la potente luminosidad de los focos exteriores se filtraba entre rejas como los dorados rayos del sol en un atardecer veraniego.

A ambos lados había cadenas ancladas a las paredes que servían de barandillas.

En casi todos los escalones existía la presencia de un cuero negro .

Allí, como una silueta negra generada por el contraluz, estaba Míxiliam Weinter.