Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 27La última Disciplina
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CAPÍTULO 27La última Disciplina

La última Disciplina

Xalara no tenía ni idea de cómo regresar a Lúgardark. Pero, incluso si hubiera conocido el camino de vuelta, tampoco habría sabido llegar en esas condiciones. Por eso confió en el drácojor , abrazándose al calor que emanaba de él como si su vida dependiera de ello.

Evidentemente, no era la primera vez que Prego realizaba ese trayecto.

Cuando el animal aflojó la marcha, Xalara despertó como de una ensoñación. Ante ellos estaba el pasillo natural de roca que finalizaba en una estrecha puerta de hierro.

Como si de un acto reflejo se tratara, se percató de que ya no estaba sujetando a Samanta. Por un instante pensó que la habían perdido durante el viaje, pero la chica de la élite se encontraba abrazada a ella, dormida.

Un brusco movimiento de Xalara consiguió despertarla. Samanta se apartó como si estuviera aferrada a un brasero, dejando en los ropajes de su acompañante una mancha de sangre procedente de la herida en su antebrazo.

Xalara acarició la crin de Prego para que doblara las patas y Samanta cayó al suelo. Aunque parecía que no podría ponerse de pie sin ayuda, lo hizo.

En otras circunstancias, Xalara debería haberle preguntado cómo se encontraba, pero ya había hecho por ella mucho más de lo que merecía .

Se acercó a la cara de Prego, y cuando iba a darle las gracias, el drácojor se dio la vuelta y cabalgó a toda velocidad hasta perderse de vista. Xalara solo deseaba que pudiera proteger a Iwan.

Ahora tenía que llamar a la puerta, confiando en que alguien estuviese detrás, a la espera del improbable regreso de algún participante.

Al menos por el momento, Xalara estaba decidida a esconder cualquier información sobre la existencia de los arlayinos: se lo debía a Iwan.

Por esa razón se quitó los ropajes típicos de la Ciudad Negra, introduciéndolos en un recoveco de la roca para quedarse con el uniforme invernal de Lúgardark que tenía puesto debajo.

Esperaba que Samanta, por alguna extraña razón, también hiciese voto de silencio respecto a los arlayinos.

De todas maneras, si solo ella lo aseguraba, nadie creería su relato: era demasiado inverosímil para todo aquel que no lo hubiera visto.

Renqueante, Samanta se acercó a Xalara y esta se puso en alerta, desconfiando de sus verdaderas intenciones. Sin embargo, pasó de largo y comenzó a aporrear con su brazo sano la puerta de la caseta.

Al principio no ocurrió nada, dando la impresión de que habían conseguido lo imposible solo para descubrir que nadie las esperaba.

Cuando Samanta se giró hacia Xalara, seguramente para compartir ese miedo, un ruido metálico comenzó a escucharse, precediendo a la abertura de la puerta, que se deslizó hacia arriba.

Lo primero que vio Xalara al otro lado fueron unos pies, hasta que progresivamente apareció la cabeza calva de Míxiliam Weinter.

El hombre se les quedó mirando, como si no pudiera creer lo que sus ojos presenciaban, inmóvil salvo por el temblor en sus manos, con un rictus serio que no varió ni un ápice hasta que Samanta entró en la caseta, obligándolo a tener que apartarse para cederle el paso. Xalara lo hizo tras ella.

—¿Sois las únicas? —preguntó el árbitro entrecortadamente, sin dejar de mirar hacia las Montañas del Norte, donde había comenzado a nevar de nuevo y el frío viento empujaba los copos hacia el interior de la caseta.

—Ellos han muerto —respondió Xalara .

Al escuchar la confirmación, Míxiliam se volvió hacia dentro, estudiando primero a Xalara y luego a Samanta. La inexistente reacción de esta última respaldaba la respuesta. Solo entonces el árbitro empujó hacia abajo la puerta.

Mientras veía cómo se cerraba, Xalara tuvo un pensamiento que intentó proyectar hacia el norte, en el cual le enviaba los mejores deseos a Iwan, sintiéndose responsable de su más que posible muerte.

—¿Qué ha pasado ahí fuera? —cuestionó Míxiliam, sin duda realizando un gran esfuerzo para deshacerse del shock inicial.

Ninguna de las dos participantes contestó, como si continuasen compitiendo, esta vez para no ser la primera en equivocarse.

—¿Tenéis las fotos? —indagó el árbitro después de unos cuantos segundos de silencio.

Xalara metió la mano en un bolsillo interior y sacó la fotografía de la montaña.

Míxiliam no esperó a que ella se la entregase, sino que se la arrebató de la mano, quedándose estupefacto al corroborarlo.

Pero el hombre no levantó la vista hacia Xalara, sino hacia Samanta, quien, con dificultades debido a su brazo herido, el cual parecía haber dejado de sangrar, rebuscaba también para acabar sacando la misma fotografía, aunque la suya con un encuadre y angulación diferente.

Esta vez Míxiliam sí esperó pacientemente a que la recluta se la entregara. Luego comparó ambas fotografías. El árbitro no hizo comentarios, sino que esquivó a las dos participantes y a una silla para ir hacia la puerta que daba al lago de Lúgardark.

Fuera, en medio de una niebla tan cerrada como de costumbre, había un par de cuero negro apostados, abrigados hasta las cejas, que se arquearon después de que Míxiliam les dijera algo que Xalara no pudo entender pero sí intuir desde su posición.

Los dos cuero negro se asomaron a la caseta para comprobar que era cierto. Luego Míxiliam se acercó a las reclutas.

—Tenemos que regresar —les anunció, antes de coger un cubo con agua y arrojarlo al fuego de la chimenea, que se apagó provocando una asfixiante nube de vapor—. Vamos —insistió innecesariamente, pues ellas ya se movían .

Después de soltar amarras, los cinco se subieron a una barca y los cuero negro remaron hasta la otra orilla.

Tuvieron que caminar bajo el túnel que atravesaba las escaleras exteriores de Lúgardark, por las que accedieron y subieron hacia el vestíbulo.

En la puerta, todos los cuero negro que montaban guardia compartieron la misma expresión de incredulidad, siguiendo con la mirada la entrada de las dos participantes en el vestíbulo, como queriendo asegurarse de que eran reales y no un producto de su imaginación.

No obstante, su reacción fue incomparable con la exhibida por Ozora, cuando esta, sentada en su garita, presumiblemente leyendo un periódico, vio aparecer por delante a las dos supervivientes.

La guardiana de Lúgardark salió como una exhalación, colocándose delante de Míxiliam y las dos jóvenes, interrumpiendo su paso.

Por un momento, Xalara creyó que se abalanzaría sobre ella para estrujarla entre sus robustos brazos.

—¿Cómo… cómo es posible? —balbució Ozora.

—No hay tiempo para esto —rezongó Míxiliam, apartándola con el brazo—. Céntrese en lo suyo; esta tarea no le incumbe.

La guardiana no protestó, pero tampoco fue capaz de cambiar el gesto, y Xalara sintió necesidad de abrazarse a ella, a la espera de ver a sus amigos. La certeza del inminente reencuentro la llenó de una energía positiva que parecía haberse esfumado para siempre.

La noche empezaba a caer sobre Lúgardark cuando llegaron al patio delantero.

Desde allí fueron conducidas al claustro.

No se detuvieron hasta llegar a la sala donde fotografiaron a todos los participantes antes de marchar hacia la Disciplina Nº1.

Resultaba curioso que ahora se cerrase el círculo de alguna manera con otras fotografías en el mismo lugar.

—Sentaos —ordenó Míxiliam, que se quedó apostado frente a la puerta, dejándola abierta, con la mirada clavada en las dos chicas, como si aún no creyera posible estar en su compañía.

Xalara se fijó en el maltrecho brazo de Samanta, apoyado sobre el tablero de la mesa.

La sangre seca cubría gran parte del tejido de la manga, pero la herida distaba de ser tan grave como aparentaba en un principio.

Lo que aún no entendía era cómo pudo sobrevivir Zolian tanto tiempo sola en las Montañas del Norte.

Era evidente que de alguna manera encontró refugio, y además tenía comida en la mochila, pero, de todos modos…

Tras un indeterminado tiempo ensimismada, en el que nadie volvió a abrir la boca, Xalara escuchó unos pasos apresurados reverberando en el pasillo, donde inmediatamente apareció la maestre Gúlfrica Estéinar, casi resollando, con la espada envainada a su espalda, recién llegada de la instrucción.

Ella también abrió los ojos más allá de los límites fisiológicos al comprobar que la noticia era cierta.

Aun así, después de entrar y escudriñar a las participantes, Gúlfrica no comentó nada, recuperando su gesto de seriedad habitual, aunque con ciertos matices de asombro todavía presentes en él.

No tardó en oírse otra llegada. Esta vez la del maestre Tíndrac Zoris, mentor de los reclutas del Noreste, quien, tras observar con cierto recelo a las muchachas, desvió su atención hacia el árbitro.

—¿Y Paris? —inquirió con un deje de reconvención.

Míxiliam se limitó a negar con la cabeza. Luego Tíndrac se acercó a las reclutas.

—¿Vosotras lo visteis morir? —les preguntó, apremiante.

Ambas asintieron casi al unísono.

—¿Cómo ocurrió?

—Diago Zúnkerberg lo mató —explicó Samanta.

Cuando parecía que el maestre iba a continuar interrogándolas, una nueva presencia, que no se anunció por el inexistente sonido de sus pasos, lo evitó.

La presencia de Andris Bóstoul provocó que el corazón de Xalara se disparase.

Al contrario de los demás, él no compuso un evidente gesto de asombro, sino que, tras observar sobre todo a Xalara con un semblante ligeramente cenceño, esbozó una sonrisa dedicada a su participante.

—Sabía que lo conseguirías —declaró Andris.

A nadie pareció extrañarle que no preguntase por el paradero de Diago, de quien también era mentor .

—¿Las fotos? —le preguntó de repente al árbitro.

Míxiliam las sacó de uno de sus bolsillos, pero no se las entregó a Andris, sino que las tiró sobre la mesa, a la que los tres mentores se lanzaron como una jauría famélica.

—La de la izquierda pertenece a la participante Verdreven; la derecha a Zolian —explicó el árbitro.

Tras observarlas durante demasiado tiempo, Gúlfrica se apartó primero.