CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado #5
—No te fíes —dijo Iwan con seriedad—. Desde aquí no se nota, pero la escalera se vuelve más y más vertical conforme asciende, y la nieve la hace todavía más peligrosa. Lo ideal sería subir en verano, cuando la nieve no está congelada. Pero ya estamos aquí.
—¿Siempre hay nieve? ¿Durante todo el año? —preguntó Xalara.
—Sí, aunque, como te digo, en verano a y finales de primavera pierde dureza y puedes deshacerte de ella con facilidad en las zonas donde no dé la sombra durante demasiadas horas.
A Xalara siempre le había gustado la nieve, pero sintió agobio y congoja al imaginar que todos los días del año fueran así.
—¿Nunca has visto una pradera verde en primavera? —preguntó ella.
—No —admitió el chico—, pero mi padre me lo ha descrito muchas veces. También me ha contado que hay árboles que se llenan de algo llamado «flores» en esa época del año, y que algunos después producen frutos sabrosos.
—Algún día iremos más al sur para que puedas verlo —dijo Xalara con empatía.
—Claro —asintió Iwan—. Cuando reconquistemos el Reino de Árlay.
La chica prefirió no agregar ningún comentario al respecto.
—¿A qué esperamos? —dijo Iwan tras un incómodo momento de silencio—. Tú irás delante, así podré ver si cometes alguna estupidez por el camino.
—Gracias por confiar en mí —dijo Xalara en un tono mordaz, antes de emprender la subida.
El viento azotaba con fuerza, y lo hacía con mayor intensidad cuanto más alto se encontraban, incluso llegando a anular casi por completo la voz de Iwan cada vez que gritaba alguna instrucción. Por esa razón, Xalara dejó de intentar entender lo que decía y se centró en lo que ella misma veía.
Llegaron a un punto donde la escalera alcanzaba una inclinación bastante pronunciada. Xalara miró hacia atrás, esperando a que Iwan le dijera algo, aprovechando que en esa parte de la montaña el viento golpeaba con menos violencia.
—Si quieres podemos dejarlo —sugirió Iwan al ver la indecisión en Xalara—. Esos escalones están demasiado complicados ahora. Ya vendremos más adelante, no tenemos por qué arriesgarnos.
No podía abandonar, solo faltaban esos pocos peldaños para alcanzar la cima. Así que Xalara no respondió, pero negó con la cabeza y comenzó a gatear para bajar el punto de gravedad al máximo.
Subiendo con una precaución minuciosa y cuando atisbaba el final, su pie derecho resbaló al apoyarse en un escalón y Xalara supo que iba a precipitarse al vacío. Todo ocurrió en un instante, pero escuchó cómo Iwan gritaba la fórmula begagxio y ella se detuvo suspendida en el abismo.
—¡Te tengo! —gritó el chico, con la cara pegada a la roca, su mano izquierda agarrada al escalón como si sus dedos fuesen un garfio y el brazo derecho tendido hacia abajo y temblando por el esfuerzo de sujetar a Xalara mediante arlasofía .
Ella pataleó desesperadamente en el vacío hasta que sus botas encontraron un punto de apoyo. Iwan la ayudó entonces a reincorporarse a la escalera por debajo de él.
—¿Estás bien? —le preguntó, casi sin aliento.
Xalara asintió, muy asustada todavía.
—¿Quieres que bajemos?
La chica negó igual que asintió a la anterior pregunta. Aunque no parecía conforme, Iwan volvió a emprender la subida sin insistir en lo contrario.
Obligada a realizar un gran ejercicio de fuerza de voluntad, Xalara cerró los ojos, intentó llenar los pulmones y siguió al chico, confiando en que iban a alcanzar la cima, situada a tan solo unos tres metros de distancia.
Primero lo consiguió Iwan, que por un instante desapareció de la vista de Xalara, hasta que asomó para ofrecerle la mano y ayudarla a dar el último paso .
Notaba los músculos tan cansados que tuvo que tirarse bocarriba, jadeando con virulencia, mirando a un cielo que se despejaba muy rápido. Sin embargo, su atención se vio atraída por la gigantesca y humanoide escultura de brazos abiertos que se alzaba a su derecha.
Iwan le otorgó un tiempo considerable para que pudiera observarla mientras se recuperaba del esfuerzo. Luego la ayudó a ponerse de pie.
—Ven conmigo —dijo él, como si le hablase a una niña.
Al principio, Xalara solo veía el suelo amesetado de la montaña y un horizonte vacío cubierto por una bruma que daba la sensación de desplazarse con el viento.
Pero tras dar unos cuantos pasos, lo presenció: una extensión de agua despejada que parecía no tener fin al otro lado de las Montañas del Norte.
El cielo, mucho más azul que ningún otro, rompía las nubes y se reflejaba sobre el agua.
—¿Qué me dices? —preguntó Iwan, sonriendo al ver la cara de perplejidad de Xalara—. ¿Me crees ahora?
Ella se limitó a asentir como embobada, pues se le habían acabado las palabras de repente. Con una emoción desbordante, avanzó un poco más, con Iwan pegado a ella.
Llegaron hasta el borde de la montaña, donde, más abajo, las olas estallaban contra el alto y escarpado acantilado, volviéndose espumosas. El viento intenso se había convertido en brisa, transportando un pegajoso olor a salitre mientras ondeaba el cabello oscuro de Xalara.
—Esto es… —comentó ella.
—Lo llamamos mar —intervino Iwan—. Antiguamente creo que también lo llamaban océano.
Nadie sabe qué hay más allá, puede que incluso existan otras tierras donde vive otro tipo de gente o de raza; quién sabe.
Mis ancestros decían que el mar rodea todo el terreno conocido.
¿Dónde si no desembocan los grandes ríos?
Xalara miró con ternura y agradecimiento a los ojos del chico.
Iwan le sostuvo la mirada. Entonces se acercó a ella y se lanzó sobre sus labios.
Xalara se quedó rígida, desorientada ante lo que estaba pasando, aunque consciente de cada detalle: la presión de los labios de Iwan sobre los suyos apretados, la temperatura de su aliento y el sonido agitado de su respiración compartida.
Todo resultaba embriagador y al mismo tiempo agobiante.
Era la primera vez que experimentaba un beso.
Girando la cabeza sutilmente, Xalara logró apartarse, rompiendo la alineación frontal de sus cuerpos.
—Lo siento —dijo el muchacho, retrocediendo muy nervioso—. No debí hacerlo, me he dejado llevar.
Xalara no lo miró ni respondió directamente a sus excusas, con una extraña sensación de vacío en el estómago.
—Creo que deberíamos bajar —opinó ella finalmente, de espaldas a Iwan—. Tu hermano nos estará buscando.
—Sí —aceptó él, que no esperó ni un momento para marchar hacia la escalera.
Xalara aprovechó para contemplar nuevamente el mar, con la sensación de que jamás volvería a verlo.
El descenso resultó bastante más sencillo que la subida, pero no menos tenso e incómodo, aunque fuese por circunstancias distintas.
Al llegar abajo, además de Prego, los esperaban Jeyk y los otros arlayinos que los acompañaban en la expedición. Uno de ellos sujetaba a una chica rubia de aspecto demacrado, que vestía con la ropa de abrigo gris oscuro de Lúgardark.
Habían encontrado a Samanta Zolian, y estaba viva.
Xalara, que ni siquiera esperaba volver a verla, compartió una mirada con la chica de la élite, pero esta última apartó enseguida los ojos.
—Mientras vosotros estabais jugando a los exploradores —dijo Jeyk con un tono de reprensión—, yo he encontrado a la chica. Viva. Por eso ahora hay que eliminarla.
El hombre que sujetaba a Samanta, entendiendo la orden como inmediata, la empujó al suelo y desenvainó su espada.
—No —lo frenó Jeyk—. Lo tiene que hacer ella —dijo apuntando con el dedo a Xalara—. Se supone que eres de los nuestros, incluso parece que ya has descubierto nuestro mayor secreto, demuéstralo. Solo así podré confiar definitivamente en ti .
—Ya maté al otro chico —argumentó Xalara, atrayendo otra vez el interés de Samanta.
—No es suficiente —insistió Jeyk—. No para mí. Esta será la prueba definitiva de tu lealtad a mi padre. Dale la espada —le ordenó al hombre que sujetaba a Samanta.
Este lanzó su arma por el aire hacia Xalara, a quien no le quedó más remedio que recogerla.
—Hazlo —la presionó Jeyk.
Xalara miró a Iwan, y este le mostró su aprobación asintiendo. Entonces la chica empuñó la espada con las dos manos, evocando la ocasión en que ella y Samanta pelearon durante una instrucción de Combate en Lúgardark y la maestre la detuvo cuando parecía que iba a rematar a su oponente.
Con una exclamación desesperada que manifestaba físicamente su lucha interna, Xalara levantó el arma y la llevó hacia atrás, lista para agitarla con un rápido movimiento que pondría fin a la vida de Samanta Zolian, quien no lloraba a pesar del terrible escenario que enfrentaba, aunque daba la impresión de estar conteniéndose.
Todo a su alrededor pareció pausarse, incluso la propia Xalara, vislumbrando mentalmente y a toda velocidad pasadas escenas de confrontación con Samanta.
Xalara sabía que, de estar con los papeles invertidos, Zolian no dudaría en asesinarla.
Pero no era como ella, por eso bajó la espada hasta apuntarla al suelo.
—De acuerdo, ha quedado claro ante varios testigos dónde está tu lealtad —dijo Jeyk con un tono victorioso, desenvainando su propia espada.
Al parecer solo buscaba un motivo como ese para tener razón sobre Xalara y de paso satisfacer sus deseos de violencia.
Jeyk hizo un rápido movimiento, y de su arma brotó un haz de luz blanca. La espada de Iwan se interpuso entre el ataque y Xalara, consiguiendo desviar su trayectoria.
—¿La defiendes a ella? ¿Por encima de tu propio hermano? —protestó Jeyk, indignado—. ¿No ves lo que es? Nunca fue de los nuestros.
Iwan no respondió, pero al colocarse junto a Xalara dejó clara su postura, obligando al resto a manifestar la suya.
Como cabía esperar, los dos bandos se establecieron enseguida.
Los integrantes eran dos contra cinco, al menos armados, pues ni Samanta ni el arlayino que le había entregado su espada a Xalara empuñaban una.
—Como quieras… —dictaminó Jeyk, antes de atacar a su hermano. Los otros arlayinos comenzaron a disparar hacia Xalara.