CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado #4
—Ya basta, Jeyk, te has pasado de gracioso por hoy —profirió con una postura brabucona—. Xalara ha sido declarada por padre como una más de nosotros, y te pido que la respetes como tal. Es una pieza fundamental para la reconquista.
Jeyk también se puso en pie, alzándose varios centímetros sobre su hermano.
—Si vuelves a hablarme en ese tono, lo lamentarás —amenazó antes de darle un empujón que provocó que Iwan cayera sentado sobre la nieve.
—Déjalo, no merece la pena —dijo Xalara cuando el muchacho intentaba rebelarse .
—Sí, Iwan escucha a tu novia —aprobó Jeyk, burlándose—.
Y tú no te preocupes, ya me encargaré de hacer el trabajo que mi hermano no se atreve.
Puede que esta misma noche —agregó, volviendo a provocar las risitas de los otros arlayinos—.
Y ahora sigamos, me gustaría encontrar el cadáver de esa chica antes de que anochezca.
—Sería mucho más sencillo si nos dividiéramos —sugirió Iwan, más calmado—. Abarcaríamos mucho más terreno en menos tiempo.
—Y propones irte con ella, ¿verdad? —respondió Jeyk—. De eso nada. Padre nos ordenó partir en grupo y eso es lo que haremos.
—También nos ordenó encontrar a esa recluta cuanto antes —replicó Iwan—. Si ella nos ha descubierto y lo cuenta en Lúgardark…
—Esa ya está muerta —argumentó Jeyk—. No puede haber sobrevivido aquí fuera.
—Aquel chico lo hizo —repuso Iwan—. Xalara tuvo que matarlo.
—Pero era un hombre, y además no estuvo tanto tiempo —aseguró Jeyk—. Venga, montad en los drácojors y sigamos. Mi hermano ya nos ha hecho perder demasiado tiempo. Me encargaré de que padre lo sepa cuando regresemos.
Xalara volvió a subir encima de Prego, a la espalda de Iwan.
La noche no tardó en pronunciarse, sin encontrar ni una sola pista sobre el paradero de Samanta.
—Creo que deberíamos dejarlo por hoy —opinó uno de los arlayinos que los acompañaban, quien parecía el mayor del grupo, arrancando una mueca de odio en Jeyk—. Así no veremos nada aunque la encontremos.
—Activaremos la fórmula volter —discutió Jeyk, reacio a detenerse.
La ventisca arreciaba, y la temperatura era muy baja.
—Se acabó, Jeyk —dijo Iwan—. Yo no sigo más.
—¿Qué? —respondió su hermano, parándose también para girarse hacia él—. Tú seguirás si yo te lo ordeno.
—Tu hermano tiene razón, Jeyk —dijo otro—. Es inútil además de peligroso continuar en estas condiciones.
Parecía que Jeyk iba a desenvainar su espada para matarlos a todos por su insolencia, pero finalmente asintió .
—Paramos hasta el amanecer. Hay que encontrar un refugio.
—Yo conozco una cueva —aseguró Iwan—. Está cerca de aquí.
Todos lo siguieron hasta donde él y Xalara habían pasado la noche tras encontrarse.
Dejaron los drácojors fuera y entraron.
Después de encender una hoguera con leña que el propio Iwan había recolectado de anteriores expediciones, se sentaron en torno al fuego y cenaron en silencio, demasiado cansados para seguir hablando.
Con el hambre saciada y el agradable calor de la hoguera, poco a poco se fueron durmiendo. Jeyk fue el primero en hacerlo, y eso relajó a Xalara, que lo último que recordó antes de ser vencida por el sueño fue ver a Iwan echando varios troncos al fuego.
Cuando volvió a abrir los ojos ya entraba algo de claridad por la boca de la cueva, donde los drácojors se habían convertido en unas siluetas negras por el contraluz.
A su alrededor todos continuaban durmiendo, y tardó varios segundos en darse cuenta de que Iwan, tumbado a su espalda, mantenía la misma postura fetal que Xalara, abrazado a ella, con los cuerpos totalmente pegados.
Un movimiento de la muchacha hizo que él despertara.
Su reacción fue inmediata, separándose bruscamente de ella, seguramente anhelando que estuviese dormida y no se hubiera dado cuenta.
Xalara fingió hacerlo, y solo cuando el chico se puso en pie se mostró despierta; algo que también hicieron los demás, incluido Jeyk.
—Vámonos —dijo este, poniéndose en pie muy nervioso—. Ya deberíamos haber marchado —añadió, como si alguno que no fuese él tuviera la culpa.
—Es mejor que comamos algo —profirió Iwan.
Jeyk se fue hacia su hermano y lo agarró por la pechera.
—Es la última vez que me contradices —amenazó—. Yo soy el primogénito y soy el líder de esta expedición. ¿Te queda claro?
Aunque pareció que iba a rebelarse, Iwan asintió, y solo entonces su hermano lo soltó.
—¡Vamos, moveos! ¡No hay tiempo que perder! —ordenó Jeyk cuando salía apresurado hacia su drácojor .
Los animales estaban todos de pie, como si nada. Al parecer el calor de sus cuerpos era suficiente para no perecer ante el frío.
—¿Qué pasa, amigo? —saludó Iwan, inclinando su cabeza hacia la de Prego mientras le acariciaba la crin—. ¿Tú has pasado buena noche?
Por supuesto, el animal no contestó, pero Xalara intuyó que sí entendía a su jinete.
De nuevo se pusieron en marcha, cabalgando sobre los drácojors . Después del despertar que habían tenido, tanto Xalara como Iwan parecían estar conformes con no hablar ni mirarse.
Por suerte había dejado de nevar, e incluso el sol pugnaba por hacerse un hueco entre unas nubes que parecían evaporarse como si fueran humo y su fuente de alimentación se estuviera apagando: probablemente el fuerte viento tenía la culpa.
Iwan y Xalara cabalgaban a la cola del grupo, incluso retrasados a varios metros de distancia cuando algo llamó la atención de la chica, que emitió un gemido de sorpresa.
La montaña que tenían que fotografiar los participantes de la Disciplina Nº4 se alzaba a su derecha, diferenciándose claramente de todas las demás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Iwan, alertado.
—Es la montaña. La que fotografió tu padre —explicó Xalara, haciendo que el chico mirase también hacia ella.
—Ah, sí —confirmó sin entusiasmo—. ¿Quieres acercarte? —añadió varios segundos más tarde.
—No podemos —lamentó Xalara, que deseaba hacerlo—. Tu hermano…
—A la mierda Jeyk —se sublevó Iwan—. Estoy harto de sus malditas órdenes.
Enseguida hizo que Prego girase hacia su derecha, desviándose del rumbo que seguían quienes estaban delante, seguramente aislados por el estridente zumbido del viento.
Galopaban tan deprisa que Xalara tuvo que aferrarse con fuerza al muchacho de la Ciudad Negra.
También miraba hacia atrás para asegurarse de que ni Jeyk ni los demás se hubieran percatado de su marcha.
La peculiar montaña estaba más lejos de lo que parecía .
Por fin Iwan ordenó a su drácojor que se detuviera, y este dobló las patas para agacharse, facilitando así el descabalgue de ambos chicos.
—Si quieres capturar una imagen es ahora —dijo Iwan, rompiendo el momento de contemplación de Xalara.
Ella ni siquiera lo dudó. Sacó la cámara de la mochila y, a pesar de que nunca había utilizado un aparato de esos, las indicaciones eran bastante claras e intuitivas.
Así que encuadró, enfocó y fotografió esa imitación humana de roca, cuya captura salió de forma física casi instantáneamente por una ranura del aparato.
No pudo contener una sonrisa de satisfacción al imaginar la cara que pondría Crispina Streif si la estuviese viendo.
Al apagarse esas primeras emociones, Xalara empezó a notar que allí el aire era más pesado y húmedo, incluso percibía un tenue y extraño saborcillo salino en los labios.
—Esta montaña me produce escalofríos —reconoció ella—. Parece imposible que la naturaleza haya hecho algo así.
—¿La naturaleza? —cuestionó Iwan, sorprendido—. ¿Crees que una montaña acabaría en esa forma si alguien no la hubiese esculpido?
—¿Quieres decir que fue creada artificialmente?
—¡Pues claro! —respondió Iwan, riendo—. Fue esculpida hace siglos, y según dicen ha perdido bastante de su aspecto original debido a la corrosión.
Mi madre me lo ha contado más de una vez.
Creo que un antepasado de nuestra familia trabajó en ello.
Tampoco es casualidad que eligieran esculpir justo esa montaña: lo que hay detrás los impulsó a hacerlo.
Esa escultura hace la función de guardián, o al menos eso dicen las leyendas.
—¿Qué hay detrás? —preguntó Xalara, invadida por una tremenda curiosidad.
—El ascenso es bastante complicado, pero podríamos subir, si quieres —sugirió Iwan.
—¿Subir? —repitió Xalara, comprobando que la peligrosidad a la que hacía referencia el chico era manifiesta .
—Así verás algo que nunca has visto y que no podrás olvidar el resto de tu vida —respondió él con ilusión—. El secreto mejor guardado de nuestra civilización desvelado ante tus ojos.
—¿Te estás quedando conmigo?
—Te aseguro que no —refutó Iwan, y ni en su voz ni en su expresión se notaba falsedad alguna.
—¿Me prometes que merecerá la pena? —insistió Xalara, deseando que terminara de convencerla.
—Sí, pero tú también tienes que prometerme que harás todo lo que yo te diga durante el ascenso, para no hacerte daño. ¿Me lo prometes? —añadió al no recibir una respuesta instantánea.
—Te lo prometo —asintió Xalara, entregada ya por completo a la causa.
—No exagero cuando hablo de lo peligroso que es —repitió el chico.
—¿Cuántas veces has subido hasta allí? —inquirió Xalara, mirando hacia arriba.
—Un par.
Ella lo miró con suspicacia, pero ya no iba a echarse atrás, pues estaba dominada por el deseo de descubrir aquello que prometía Iwan. Él se acercó a su drácojor .
—Volveremos pronto, ¿vale?
El animal soltó un bufido muy cálido: era difícil interpretar si estaba de acuerdo o en contra de que su jinete lo dejase allí.
—Venga, subamos —dijo Iwan finalmente, pasando al lado de Xalara, tocándole el brazo para ponerla en marcha.
Después de agacharse para esquivar un saliente, se encontraron frente a unos escalones esculpidos en la roca de la montaña, que parecían llegar hasta la cima.
Eran tan estrechos que no podían albergar a dos personas en paralelo, y tampoco existía ningún tipo de barandilla, salvo la pared de la propia montaña por uno de los lados.
—Tampoco parece tan peligroso —opinó Xalara, seguramente influenciada por todas las situaciones límite que había vivido en los últimos meses .