Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado #3
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CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado #3

—Partimos cuatro participantes hacia las Montañas del Norte: dos chicos y dos chicas —explicó Xalara, dispuesta a contar toda la verdad, consciente de que estaba cruzando el límite de la paciencia del rey—.

Acordamos una alianza para sobrevivir hasta llegar a la montaña de la fotografía y poder capturar su imagen; después cada uno regresaría por su cuenta.

Ese era el objetivo de la Disciplina Nº4.

Diago, el chico al que maté —aclaró Xalara—, nos traicionó y nos atacó.

Él asesinó al otro recluta. Yo pude escaparme a duras penas, pero desconozco qué ocurrió realmente con la otra participante.

Lo más probable es que la haya matado Diago, o si no las propias Montañas del Norte.

Pero no puedo asegurarlo. Lo siento, majestad, mi intención nunca ha sido mentirle.

—No es la primera vez que lo haces —profirió Ilorio—. Y tampoco la primera vez que me ocultas información de suma relevancia. Esto no puede quedar sin castigo.

—Hay que entender a Xalara —intervino Notoryha, posando una mano sobre el hombro de su marido con ternura—.

Todo lo que le ha pasado, esa atrocidad de competición, el haberse encontrado con nosotros aquí, debe de resultarle difícil de asimilar.

Recuerda cómo lo viviste tú al principio, y ella solo es una muchacha, Ilorio.

Debemos darle otra oportunidad para demostrar su verdadera lealtad.

Es evidente que no ha llegado hasta aquí por casualidad, la arlasofía tiene reservado para ella un papel importante en el cumplimiento de la profecía, estoy segura de ello.

Ilorio rechinó los dientes mientras parecía meditar qué hacer con Xalara tras escuchar los argumentos de su esposa.

La joven notaba cómo su corazón acelerado temía la respuesta del rey. Él se levantó de golpe y salió disparado hacia la cortina, la cual apartó.

—¡Jeyk! ¡Iwan! ¡Venid! —reclamó.

Unos segundos después volvió hacia la mesa acompañado de sus dos hijos.

—Es posible que haya una recluta más de Lúgardark merodeando por aquí —les informó su padre, y Jeyk miró a Xalara como si fuese a matarla allí mismo, entendiendo la situación—.

Reunid a varios jinetes para una partida.

Coged todo lo necesario y peinad cada metro desde la Ciudad Negra hasta Lúgardark.

Partid lo más pronto posible, cada minuto cuenta.

No regreséis hasta dar con esa chica: viva o muerta.

—Sí, padre —asintió Jeyk, al parecer complacido por la misión.

—Os llevaréis a Xalara —apuntó Ilorio—. Ella os será de gran ayuda —añadió mirando a la chica con desdén .

Xalara estaba convencida de que a continuación también los advertiría sobre no perderla de vista, porque era una mentirosa y no confiaba en ella, pero por suerte no lo hizo.

—Partid cuanto antes, hay mucho en juego. Eso es todo —concluyó el rey.

De nuevo en la plaza, y aprovechando que su hermano se había marchado para reunir a un grupo de personas, Iwan se acercó a Xalara.

—¿Sabes volver a tu casa? —preguntó.

—Sí, eso creo —respondió ella con más dudas de las que dejaba entrever en el tono de su respuesta.

—Vale, entonces ve y coge todo lo que creas necesario: ropa de abrigo y comida sobre todo.

No sabemos cuánto tiempo estaremos ahí fuera, y el clima parece que se está complicando —añadió Iwan mirando al cielo, que mostraba un color blanco opalino anunciando la inminente llegada de una nevada sostenida.

—Sí, vale —asintió Xalara, haciendo ademán de marcharse, pero Iwan la sujetó por el brazo.

—No abras la puerta a nadie que no sea yo, ¿queda claro? —le advirtió.

—Sí —asintió ella una vez más, antes de que el chico se fuera en la misma dirección que su hermano.

Seguro que había dado un rodeo, pues no recordaba que la última vez hubiera tardado tanto en llegar desde la Casa del Rey, pero al menos llegó. Xalara realizó la fórmula de abertura y entró deprisa, volviendo a cerrar mediante arlasofía , como le aconsejó Iwan.

Ese chico no era consciente del aprecio que Xalara empezaba a sentir por él. Estaba convencida de que a Michelle le encantaría conocerlo.

Xalara se obligó a espabilar y comenzó a reunir toda la comida que había en la casa.

Aunque no sabía dónde guardarla para poder llevársela, por eso la dejó encima de la mesa, esperando las indicaciones de Iwan.

Luego tuvo la idea de ponerse el uniforme de Lúgardark debajo de los ropajes que le habían proporcionado en la Ciudad Negra.

Así tendría un refuerzo extra contra el frío y nadie sabría que lo llevaba puesto .

Un rato más tarde, mientras Xalara estaba sentada junto a la chimenea para aprovechar hasta el último momento su calor, unos golpes resonaron en la puerta. Se levantó y caminó despacio, intentando no hacer ruido, pero la voz de Iwan la sacó de dudas enseguida.

—¡Xalara, abre, soy yo!

Cuando ella desactivó la fórmula arlasófica , el chico arlayino abrió, y lo primero que vio entrar Xalara no fue a Iwan, sino la mochila que había traído de Lúgardark y que él mismo le había arrebatado.

—¿No pensarás meter la comida en los bolsillos? —comentó él con una sonrisa.

—He reunido todo lo que tenía —aseguró Xalara, señalando la mesa mientras recogía la mochila del suelo, notando que ya había algo dentro—. ¿Has traído la cámara fotográfica?

—Sí —confirmó el muchacho—. Es bastante probable que nos encontremos con la montaña que capturó mi padre. Pensé que te gustaría capturarla a ti misma, ya que eso es lo que te trajo hasta aquí, ¿no?

Xalara sonrió, y se quedó mirando a Iwan sin hacer otra cosa.

—Vamos —dijo él—, ya nos esperan en la muralla.

El gesto de Iwan cambió radicalmente al decirlo, como si acabara de volver a la realidad y quisiera que ella hiciese lo mismo para no engañarse con la situación.

Cuando salieron fuera, tras echarle Xalara un último vistazo al fuego de la chimenea, como quien se despide de un amigo, se llevó un gran sobresalto. Prego, el drácojor de Iwan, esperaba imponente en la calle, atado con una cadena a un hierro de la pared.

—¿Vamos a ir montados en drácojors ? —preguntó Xalara, aunque conocía la respuesta.

—Ya te dije que era la mejor forma de hacerlo —aseguró Iwan—. Lo agradecerás cuando estés ahí fuera y el frío se vuelva insoportable.

El chico se acercó a su drácojor para desencadenarlo, y el animal se agachó para facilitar el montaje a su jinete. Lo que Xalara no entendía era por qué, cuando se conocieron, Iwan no tenía a Prego.

—Vamos, ¿a qué esperas? —la apremió para que se montara tras él .

Aunque lo hizo de forma inconsciente para retrasarlo, Xalara se ajustó las correas de la mochila a su espalda y finalmente se subió encima de Prego, que la siguió con la mirada en todo momento.

Iwan acarició la crin blanca del animal para ordenarle que se irguiera y Xalara tuvo que agarrarse al muchacho para no caer hacia atrás.

Sobre todo cuando el drácojor arrancó a correr por las calles, donde un par de mujeres tuvieron que apartarse para no ser atropelladas por el animal.

—¿Puedes ordenarle que vaya más despacio? —exclamó Xalara.

—¿Qué dices? ¡No te oigo! —dijo Iwan, con los brazos bamboleándose mientras sujetaba las riendas.

Esa actitud y el ambiente de burla se acabaron cuando llegaron a la abertura de la muralla, donde se unieron a otros seis jinetes de drácojor , entre los que estaba Jeyk. Todos montaban de forma individual.

—Has tardado mucho —le reprochó este a su hermano pequeño, pero Iwan no le respondió—. Partamos de caza.

Al escucharlo, Xalara tomó conciencia de lo que iban a hacer si encontraban a Samanta, y pensó que lo mejor sería que ya estuviera muerta.

No le entregaron una espada arlasófica como sí hicieron en anteriores salidas, pero tampoco protestó por ello.

Empezaba a nevar con fuerza cuando atravesaban el umbral de la muralla.

Ante ellos se extendían las enormes cumbres que flanqueaban el valle donde se ubicaba la Ciudad Negra.

Xalara se fijó en que los copos se deshacían de forma instantánea cuando tomaban contacto con las cálidas escamas naranjas de Prego.

No así en la ropa de quienes iban sobre él.

La piel escamosa del drácojor que cabalgaba Jeyk era gris y oscura, reflejando el carácter de su jinete, como reflexionó Xalara.

—¡Tened los ojos bien abiertos! —advirtió Jeyk—. ¡Estad muy atentos ante cualquier cosa que veáis!

Sin embargo, fueron avanzando hacia el sur sin encontrar nada más que nieve, que caía con mayor intensidad conforme transcurría el día, lo que también disminuía la sensación térmica .

No hicieron una parada hasta unas cuantas horas más tarde, deteniéndose bajo el resguardo de una oquedad en la montaña, donde había un par de troncos dispuestos en forma de asiento.

Xalara no sentía el trasero y le dolía la parte interior de los muslos debido a la abertura de sus piernas sobre la ancha espalda del drácojor .

—¿Cómo era el lugar donde estabas la última vez que viste a esa recluta? —le preguntó Jeyk a Xalara, pero esta se encogió de hombros mientras masticaba un trozo de pan al lado de Iwan.

—¿No lo recuerdas o no lo quieres decir? —la presionó Jeyk, bajo la atenta mirada de los demás arlayinos.

—Había una ventisca terrible y estaba anocheciendo —explicó ella.

Jeyk emitió un gruñido de desaprobación.

—Creo que, en vez de ayudarnos, lo que pretendes es despistarnos todavía más. Eres una maldita embustera, por eso has mentido tantas veces a mi padre; intentas engañarnos a todos.

—Ya está bien —intervino Iwan—. El que no ayuda eres tú con esa actitud.

—Parece que mi hermanito se ha enamorado de la chica de Lúgardark —opinó Jeyk de manera ofensiva, desatando las risas contenidas de los otros arlayinos y el enrojecimiento en los pómulos de Iwan—. Si tanto te gusta, ¿por qué no te acostaste con ella cuando la tuviste a tu merced aquella noche?

Iwan se levantó y se acercó a su hermano, poniéndose frente a él.