CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado #2
—No le mires directamente a los ojos o lo tomará como una ofensa —le advirtió Iwan en voz baja.
—Podrías haberlo dicho antes —le reprochó Xalara, mirando al chico de reojo y articulando sus palabras con la comisura de los labios para no alterar al drácojor .
—Controla tu respiración, él puede percibir tus emociones a través del olfato —indicó Iwan cuando el animal ya daba el primer paso para acercarse a la chica.
Tiesa como un tronco de madera y con la vista clavada en el cielo, Xalara notó enseguida el calor que desprendía el aliento y las fosas nasales del animal, olfateando con un sonido ronco y profundo muy cerca de ella, pero sin rozarla en ningún momento.
Fue incapaz de seguir mirando al cielo, así que optó por cerrar los ojos, encomendándose a la suerte.
Un gesto que le permitió concentrarse en su respiración para bajar el ritmo cardíaco.
No lo veía, pero sentía cómo el drácojor giraba en torno a ella, según dijo Iwan que haría. No supo cuánto tiempo pasó hasta que el chico le habló.
—Abre los ojos.
—¿Seguro? —dijo Xalara con la voz temblorosa.
—Sí, seguro .
Lo hizo despacio, agachando lentamente la mirada para comprobar que Prego estaba con las cuatro patas dobladas hacia el suelo, dejando su lomo a una altura asequible para que Xalara se subiese encima de él.
—No sé cómo, pero lo has conseguido muy rápido —dijo Iwan, que parecía tremendamente orgulloso del comportamiento de su animal—. Ahora súbete en él.
—¿Subirme? —preguntó Xalara, como si acabase de ofrecerle saltar al vacío desde un puente—. ¿Cómo voy a subirme? Aún es demasiado pronto.
—No tienes otra opción —aseguró él—. Si no lo haces, se sentirá ofendido y puede que te ataque.
—¿Estás de broma?
—No, te lo aseguro —refutó, y en su voz no se percibía burla alguna—. Tienes que montarlo, ahora.
—Vale, de acuerdo —cedió Xalara, nada convencida de ello—. ¿Cómo lo hago?
—Primero pasa una pierna por encima de su espalda y luego siéntate sobre él.
—Ya, qué gracioso —protestó ella—. Me refiero a si tengo que hacerlo despacio o cómo.
—Lo único seguro es que, como tardes más tiempo, te vas a ver envuelta en problemas —aseguró Iwan.
—Vale, ya voy.
Xalara tomó varias respiraciones muy rápidas que ni siquiera llevaron oxígeno a sus pulmones y, de un momento a otro, estaba montada sobre las cálidas escamas de un drácojor .
—Se agradece su calor, ¿verdad? ¿Ahora entiendes por qué son tan necesarios ahí fuera? —dijo Iwan, a lo que Xalara apenas asintió—. Bien, ahora acaríciale la crin. Eso le indicará que puede levantarse.
—De acuerdo —aceptó la muchacha, llevando su mano temblorosa hacia el pelaje del animal.
Nunca había tocado una textura tan suave .
El drácojor se irguió de un respingo que casi tira a Xalara por lo inesperado que le resultó. Tampoco imaginaba que la elevaría a una altura tan alta.
—¡Perfecto! —aplaudió Iwan—. Ahora agárrate al collar y…
Pero a Xalara no le dio tiempo de ejecutar la indicación, porque Prego emprendió la marcha, cabalgando deprisa por la nieve.
El collar estaba demasiado prieto para agarrarse a él en medio del galope, y Xalara, mientras temía que iba a caer en cualquier instante, palpaba desesperada las escamas del animal sin saber dónde sujetarse, escuchando de fondo los gritos inentendibles de Iwan.
Finalmente, llevada por el instinto, se inclinó sobre la crin y se abrazó al caliente cuello del drácojor con los ojos cerrados, suplicando que Prego acabase pronto el paseo.
Sin apenas darse cuenta del momento, el animal ya se había detenido, pero fueron las risas de Iwan las que le hicieron abrir por fin los ojos.
—¿Lo has disfrutado? —preguntó el muchacho mientras acariciaba la crin de su drácojor .
Xalara no respondió, sino que se tiró del animal sin esperar a que este se agachase. Cuando sus pies se apoyaron torpemente en el suelo, las rodillas se vencieron, tan cansada como si hubiera corrido durante una hora. Sus brazos estaban acalambrados por el esfuerzo y la tensión acumulada.
—Esta ha sido la primera toma de contacto —dijo Iwan—. No te preocupes, ya has hecho lo más difícil, las siguientes veces lo vas a disfrutar, cada una más que la anterior, hasta que domines al animal.
Xalara soltó todo el aire, como si lo hubiera retenido desde que montó sobre Prego.
—¿Vamos a compartir drácojor ? —preguntó ella.
—Al principio sí. Pero luego no —se apresuró a aclarar el chico.
—Genial —opinó Xalara mordazmente, mirando a los otros drácojors que se encontraban más lejos—. Entonces, cuando monte en otro, ¿será como una primera vez ?
—Para el drácojor sí —admitió Iwan—. Pero tú ya tendrás experiencia y no sentirás el miedo de la primera vez.
—Pues qué bien —opinó Xalara, que ya no sabía cómo tomárselo.
Demostrando una absoluta indiferencia ante las quejas de la joven y como si estuviera mofándose de la situación, Prego soltó sus heces sobre la nieve, liberando una pestilencia insoportable y una nube de vaho.
—Bueno, creo que por hoy es suficiente —aseguró Iwan, arrugando la nariz mientras Xalara se cubría la cara con una mano para protegerse del hedor—. Además, mi padre quiere hablar contigo.
Eso hizo que Xalara volviera a tensarse.
—¿Sabes sobre qué?
—No tengo ni idea —respondió el muchacho, y a ella le pareció sincero.
Tras darle a Prego la libertad de volver junto al resto de drácojors , Iwan y Xalara salieron del cercado y marcharon hacia la Casa del Rey.
Avanzaron por las calles mientras Xalara intentaba memorizar cada detalle destacable para aprenderse los trayectos.
Cuando llegaron ante la puerta, además de dos guardias, estaba Jeyk, que le mostró un gesto suspicaz a su hermano pequeño. Jeyk tardó en quitarse del medio para permitirles el paso, aunque Iwan tampoco se lo pidió, sino que esperó pacientemente a que lo hiciera.
Dejaron atrás la parte de la estancia que hacía las veces de vestíbulo, donde varias personas hablaban sentadas al calor de la chimenea circular. Los dos jóvenes caminaron ignorando su presencia y subieron el escalón del estrado.
—Pasa —dijo Iwan, apartando la cortina que separaba una habitación de otra.
En la misma mesa donde Xalara había cenado con toda la familia durante su primera noche en la Ciudad Negra, ya aguardaban sentados Ilorio y su esposa Notoryha.
—Buenos días —saludó el rey con una actitud pueril.
—Buenos días —contestó Xalara, sin atreverse a mantenerle la mirada .
—Iwan, hijo, puedes irte, gracias por traerla —le ordenó su padre.
El chico hizo un leve asentimiento y se marchó, no sin antes dirigirle un fugaz vistazo a Xalara.
—Siéntate —dijo Ilorio, y ella obedeció—. ¿Qué tal tus primeros días en la Ciudad Negra? ¿Te vas adaptando?
—Sí, majestad, gracias. Iwan me está ayudando mucho.
El comentario le sacó una sonrisa a Notoryha.
—Hoy habéis ido a ver a los drácojors , ¿verdad? —dijo ella.
—Sí.
—¿Y qué tal la experiencia? —preguntó Ilorio.
—Aterradora —respondió Xalara escueta—. Y fascinante al mismo tiempo —añadió.
—Esa es la descripción más correcta que he escuchado nunca sobre un drácojor —convino Ilorio, esbozando una sonrisa.
—Esos animales fueron una parte fundamental de la historia de Árlay —terció Notoryha—. Y seguro que volverán a serlo en la reconquista.
—Seguro —afirmó la muchacha, sin poder esconder la incomodidad por tratar ese tema.
—¿Recuerdas cuando te dije que ya hablaríamos sobre Lúgardark y que serías una pieza clave en nuestros planes debido al conocimiento que tienes sobre la institución? —preguntó Ilorio, adoptando una actitud muy severa.
Xalara se limitó a asentir, percatándose de que quizá la buena acogida por parte de la familia, a excepción de Jeyk, se debía únicamente a un interés político y militar.
—Pues ha llegado ese momento —certificó el rey—. Lo primero que quiero que me expliques, porque es algo que me ronda los pensamientos desde entonces, es esa competición a muerte que os trajo a ti y a ese chico a las Montañas del Norte.
De alguna forma, Xalara estaba convencida de que ese tema saldría a colación; incluso se alegraba de que así fuera, pues le preocupaba no haber tratado el asunto como se merecía .
—Se llamaba Las Cinco Disciplinas —respondió, y luego realizó una pausa para sopesar si debía explicarlo todo u ocultar algunos detalles—. La presidenta del Gobierno las creó con el único objetivo de matarme.
—Pero ¿por qué motivo? —cuestionó Ilorio, con los ojos muy abiertos.
—Porque, como ya le dije, ella piensa que intenté asesinar a su sobrino.
—¿Y eso es cierto?
—No, más bien fue al contrario.
Ilorio y Notoryha intercambiaron una mirada.
—Entiendo que es una especie de torneo en el que se elimina a los participantes en cada una de esas Disciplinas, ¿no es así? —declaró él.
—Correcto —confirmó Xalara.
—¿Cuántos reclutas comenzasteis?
—Diez.
—¿Y cuántos quedáis ahora? —indagó como si fuese una pregunta más, pero no lo era.
—Puede que solo yo.
—¿Puede?
—Es posible que haya otra chica, pero no lo creo —reconoció Xalara, cabizbaja.
—¿Aquí, en las Montañas del Norte? —presionó Ilorio.
Xalara asintió sin decir nada, con miedo a su reacción.
—¿Eres consciente del riesgo que corremos todos ante esa posibilidad? —le reprochó el hombre, tensando los músculos de la mandíbula—. Si nos descubre y regresa a Lúgardark con la información…