CAPÍTULO 26El secreto mejor guardado
El secreto mejor guardado
Cada día que pasaba, Xalara se sentía más integrada en su nueva vida, y ya no se imaginaba otro escenario que no fuera el de quedarse para siempre, aunque eso implicara tener que pelear por la controvertida causa de los arlayinos.
Por primera vez se sentía libre, con una casa para ella sola, que ya había acondicionado más o menos a su gusto. Estaba convencida de haber encontrado al fin su sitio.
Apenas pensaba en que había matado a Diago, y cuando lo hacía no sentía nada. Eso era algo que la reconfortaba y asustaba a partes iguales.
Había desarrollado una estrecha relación con Iwan, con quien fue asignada para realizar patrullas fuera de la muralla, argumentando que ella tenía altas capacidades militares al ser una recluta de Lúgardark. Sin embargo, aún no le permitían alejarse de la Ciudad Negra.
Aun así, Iwan jamás borraría el recuerdo de Michelle y Aden, a quienes continuaba echando de menos, siendo el único punto negativo de vivir allí.
Sin contar a Jeyk, que se mantenía distante por estricta orden de su padre, pero dejaba evidencias de la desconfianza que sentía hacia ella cada vez que sus caminos se cruzaban.
Sobre todo lo manifestó cuando le entregaron una espada arlasófica a Xalara.
En algunos momentos, aunque fueran pensamientos egocéntricos por su parte, albergaba la ilusión de regresar a Lúgardark para convencer a Michelle y a Aden de trasladarse con ella a la Ciudad Negra .
Los golpes resonaron en la puerta como cada mañana. Xalara, que ya había desactivado la fórmula de cierre antes incluso de desayunar, estaba terminando de prepararse para la salida.
—¡Pasa! —respondió la chica, permitiendo la entrada a Iwan, quien ya se soltaba con ella como si se conocieran desde hacía años.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el muchacho nada más entrar.
—¿Por qué lo dices? —contestó Xalara, muy sorprendida, pues no estaba haciendo nada distinto de otros días.
—Hoy no vas a necesitar la espada —aseguró.
—¿Y eso? —preguntó Xalara, percibiendo, puede que falsamente, que el chico estaba conteniendo una sonrisa.
—Ya lo verás… —añadió él de forma enigmática—. Apenas llevas aquí unos días y ya pretendes saberlo todo. Vamos, venga.
Xalara no entendía el repentino cambio de rutina.
Siguió a Iwan por las calles de la Ciudad Negra, donde ya casi nadie la miraba con esa suspicacia del primer día; seguramente ayudaba que ahora vistiese como ellos.
Aún era pronto para que Xalara se orientase con soltura por aquellas estrechas y casi idénticas calles, pero estaba segura de que no se dirigían hacia la abertura de la muralla.
—¿A dónde vamos? —inquirió, notando cómo afloraba su arraigada desconfianza.
—Pronto lo sabrás.
—No —se plantó Xalara, agarrando a Iwan para detenerlo cuando atravesaban un cruce de calles—. Quiero que me lo digas ahora, o no doy un paso más.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan insolente? —protestó el muchacho, en cuya voz se percibía un deje mordaz a pesar de su actitud impertérrita—. No olvides que le estás hablando a un príncipe.
—Siempre lo he sido —aseveró Xalara, muy seria—. Enhorabuena si te acabas de dar cuenta.
—Mira a tu derecha, paranoica —profirió Iwan, esta vez casi esbozando una sonrisa .
Xalara dudó un instante, creyendo que trataba de burlarse de ella, pero finalmente lo hizo para observar que, al final de la calle que quedaba a su derecha, había un pequeño descampado al borde de la muralla, delimitado por un alto y robusto vallado de madera.
Dentro albergaba varios drácojors paseándose y al parecer también alimentándose con algo que desde esa distancia no se distinguía.
—¿Qué me dices ahora? —preguntó Iwan, sonriendo.
—¿Qué se supone que vamos a hacer? —inquirió ella, con una mezcla de curiosidad, emoción y pánico.
—Eres una vigilante de la Ciudad Negra —dijo el chico—. ¿No pretenderás hacerlo siempre a pie?
Las manos de Xalara comenzaron a temblar al mismo tiempo que su pulso se aceleraba.
—Venga, vamos —dijo Iwan, dirigiéndose hacia el cercado.
Ella no dudó en seguirlo, aunque su propio cuerpo manifestase señales que la invitaban a lo contrario.
—Tienes que entrar detrás de mí, porque no te conocen —apuntó Iwan tras abrir una de las numerosas puertas de la valla mediante arlasofía —. Y una cosa más —dijo, dándose la vuelta hacia Xalara—. Veas lo que veas, pase lo que pase, nunca eches a correr, o lo lamentarás.
—Vale —asintió la chica, tragando saliva—. Es porque escupen fuego, ¿no? —preguntó.
—¿Qué? —respondió Iwan, incapaz de esconder la sonrisa—. ¿Crees que un drácojor te abrasará con unas llamas que salen de su boca?
—Bueno, tienen esa capacidad —refutó Xalara—. ¿No?
—A menos que tú hayas visto un drácojor en otro sitio que sí lo haga, creo que estos no. Pero tienen un aliento especialmente cálido, eso sí. ¿De dónde has sacado esa idea?
—Tenía un libro que… —comenzó a explicar ella, aunque se arrepintió enseguida—. Nada, es igual, no me hagas caso.
—A ver… Según dice mi madre, es cierto que las leyendas aseguran que los drácojors , originariamente en la antigua Árlay, sí escupían fuego —admitió—.
Aunque, después del cataclismo, esa habilidad se deterioró hasta desaparecer por completo.
Digamos que le ocurrió como a la arlasofía .
También dicen que estos animales estuvieron a punto de extinguirse, y que en realidad todos descienden de un mismo drácojor llamado Reno.
Pero ya me dirás cómo es eso posible. Se necesita un macho y una hembra, ¿no?
—concluyó Iwan con una expresión un tanto azorada.
Como si el muchacho lo hubiera anunciado de forma indirecta, Xalara vio que, bajo una especie de porche adherido a la muralla, dos ejemplares de drácojor se estaban apareando, y eso le causó una sensación muy incómoda.
Algo compartido por Iwan, o al menos así lo percibió ella.
También buscó si habían puesto huevos de los que nacerían las crías, pero no vio ninguno, y dudó de que fueran ovíparos como se narraba en El niño del drácojor .
Luego se acercaron a los que estaban alimentándose en un comedero de madera.
—¿Qué comen? —preguntó Xalara, bien pegada a la espalda de Iwan, fijándose en que los drácojors llevaban alrededor del cuello un collar de cuero.
—La verdad es que comen de todo, y en grandes cantidades.
Pero poseen una particularidad: si tienen comida a la vista, lo hacen constantemente, pero si no, pueden estar incluso días sin alimentarse ni beber —explicó Iwan—.
Lo que solemos hacer es una mezcla de raíces, carne, algunos frutos secos…
que después molemos para echárselo en los comederos mezclado con agua.
Te aseguro que no te gustaría probarlo. Una vez, hace años, un chico lo hizo y no dejó de vomitar durante un día entero.
Pese al miedo que suponía estar en el mismo lugar que esos animales, Xalara nunca se había sentido más emocionada, puesto que Iwan iba a enseñarle a montar un drácojor para poder usarlo en sus vigilancias.
El chico ignoraba que iba a hacer realidad el sueño de una niña.
Xalara recordó a Víliam. Le habría gustado que estuviese allí, pues fue el culpable de generarle esa ilusión tras regalarle el libro El niño del drácojor antes de mudarse a la capital.
—¡Prego! —gritó Iwan, acompañándolo con un tremendo silbido que le causó un molesto cosquilleo en los tímpanos a Xalara .
Uno de los drácojors que estaban en los comederos más alejados levantó la cabeza y galopó hasta ellos. Sus escamas eran naranjas y destellaban como si el sol rebotara sobre ellas, aunque el cielo estaba nublado. Su crin y cola eran de un color tan blanco como la nieve que los rodeaba.
Xalara se protegió aún más a la espalda de Iwan cuando el drácojor se detuvo a su lado.
Pudo sentir su aliento, tan cálido como si unas brasas ardiesen en su garganta, lo que hacía imaginar que esos animales, en el pasado, sí pudieron expulsar fuego.
Resultaba aterrador, pero el calor fue bienvenido en un ambiente tan frío.
Sus ojos almendrados tenían más de una membrana.
Su pupila era vertical y estrecha, circundada por un iris de color azul que parecía emitir luz propia y que abarcaba la totalidad del ojo, dibujando un patrón de formas complejas.
Su mirada penetrante se clavó en Xalara como un cuchillo.
—No tengas miedo —le dijo Iwan—. Si te nota nerviosa, él también puede alterarse.
—Es fácil decirlo para ti —masculló Xalara, hiperventilando.
—Este es Prego, y es mi drácojor —informó el muchacho, como presentándole a un amigo humano—. Ella es Xalara. Ahora ya os conocéis.
—Genial —asintió la chica con ironía.
—¿Hay caballos en tu pueblo? —preguntó Iwan sin dejar de darle la espalda a Xalara.
—No muchos —contestó ella—. Pero tampoco he montado nunca uno —aclaró de inmediato.
—Vale, de todas formas, lo primero que tienes que saber es que un drácojor no es tan dócil como un caballo —aseguró el chico—. Un caballo medio domesticado permite que casi cualquier persona lo monte. Un drácojor no, ni mucho menos.
Xalara no podía apartar la vista de esos ojos tan curiosos como amenazadores, aun sintiendo que eso era lo menos recomendable.
—Siempre hay que esperar a que dé el primer paso de acercamiento. Nunca lo des tú primero o lo lamentarás —continuó Iwan—. Ahora, cuando me separe …
—Espera —lo interrumpió Xalara—. ¿Vas a dejarme sola con él?
—Cuando me aparte —insistió el muchacho—, tú te quedarás inmóvil y él te olfateará. Seguramente dé una vuelta completa a tu alrededor. Si le convence tu olor, entonces se agachará por completo y eso significará que puedes montar en él.
—¿Y si no? —cuestionó Xalara con la voz entrecortada.
—Vamos a suponer que eso no ocurrirá. ¿Lista?
—¿Qué? No, espera.
Sin embargo, Iwan se apartó dando primero un paso corto y luego otro más largo, antes de alejarse a un par de metros. El animal no dejó de mirar a su jinete hasta que este le hizo un gesto con la mano para señalarle a Xalara, que temblaba de pies a cabeza.